*UN RELATO DE BRUJAS.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

El siguiente relato me lo platicó hace muchos años mi papá Antonio. Ocurrió cuando él era un niño y fue una experiencia vivida por su hermano mayor de nombre Elpidio, mi tío. Ahora se los comparto.

Mi tío Elpidio era un adolescente que ayudaba a pastorear las vacas de una familia de Nantzha, lugar en el que se asentó la familia de mis abuelos paternos: Balbina y Ponciano. Salía temprano de su casa para arrear al ganado hacia el cerro, buscando siempre buenos pastos. Sus travesías lo llevaron de la mesa chica a la mesa grande, nombre que aún recibe un conjunto de cerros que vigilan el lado sur oeste de Tula.

En ocasiones, el hato llegaba hasta el cerro grande, ubicado más al oeste de la mesa grande; el chiste era que las vacas comiesen bien, para luego devolverlas a su corral a pasar la noche. Día tras día se repetía la rutina hasta que una de las vacas más grandes, conocida como la mariposa, se mostró desmejorada. Mi tío Elpidio trató de averiguar qué le pasaba al noble animal, verificó que no le hubiese mordido una serpiente, que se hubiese clavado alguna vara o espino, o que hubiera comido algo dañino.

Llegó el momento en que la gigantesca vaca murió, dejando muy triste y preocupado a mi tío que, sin dudarlo emprendió el regreso a la casa de sus patrones para resguardar el ganado y dar aviso de la pérdida de la mariposa. Al saberse la noticia, los peones de aquella familia se organizaron de inmediato y salieron a caballo, llevando a Elpidio para que les mostrara el sitio y poder rescatar la carne del animal antes de que cayera la noche y los carroñeros se dieran un festín.

Llegaron al sitio en el que yacían los restos de la mariposa, sacaron sus cuchillos de las alforjas y con velocidad procedieron a limpiarla y desollarla. Sacaron las tripas, el corazón, la panza, el hígado; cortaron las patas y quitaron la piel. La noche estaba por caer y el más viejo de los peones previno que no terminarían su labor y decidió que trabajarían toda la noche para destazar a la vaca y regresar a la finca con su preciada carne.

Los muchachos prepararon una gran fogata, necesitarían de su luz para trabajar esa noche y de su calor para apaciguar el frío. El viejo que iba al mando ordenó que improvisaran una parrilla y se dieran a la tarea de asar el hígado para cenar. Sacó un paliacate en el que llevaba envuelto un puño de sal gruesa y todos pudieron degustar un trozo de sabrosa carne.

Ya con el apetito saciado, los trabajadores acometieron de excelente humor las labores. Eligieron un alto y grueso pirul para colgar el canal de la mariposa y empezaron cortar la carne. La noche había caído y entre canciones y bromas avanzaban sus labores. Jamás se hubieran imaginado lo que en breves momentos les sucedería.

Empacaron las partes de la res, terminada su labor buscaron una piedra para sentarse bajo el pirul, recargar la espalda en su tronco les sería útil pues de madrugada emprenderían el regreso. De repente distinguieron un par de luces que parecían saltar de un árbol a otro, no se veían tan lejanas, tampoco dejaban de brincotear de un lado a otro. Una de las luces saltaba y la otra también, solo intercambiaban lugares.

Uno de los trabajadores, de edad avanzada, dando una bocanada a su cigarro, comentó a sus compañeros: no se espanten, esas son brujas y vienen a tratar de quitarnos la carne. Con tranquilidad, pero con firmeza, sacó su paliacate, lo extendió y dobló a lo largo. Se quitó el sombrero para colocarlo sobre el suelo, enseguida se hincó, tomó el paliacate con ambas manos y comenzó a rezar el padre nuestro y al concluirlo rezaba de nueva cuenta, pero al revés y enseguida hacía un nudo a su paliacate.

El buen anciano seguía de rodillas, rezaba un padre nuestro y lo repetía al revés y trenzaba otro nudo en su paliacate. Así prosiguió ante la mirada expectante de sus compañeros, entre los que se contaba mi tío Elpidio. Después de un rato, comentó, ahí va el último, sus compañeros vieron el paliacate convertido en una gruesa trenza de nudos. El viejito concluyó su rezo y realizó el último nudo a su paliacate.

Enseguida, pudieron ver que las luces cayeron al suelo, como si la energía que las impulsara se hubiese extinguido. El viejito dijo con tranquilidad a sus compañeros: si vamos a buscarlas las encontraremos amarradas en el piso. Nadie se animó a verificar lo que el anciano decía, pero dejaron de ver las extrañas luces y a respirar un ambiente de tranquilidad que solo fue interrumpido por el canto de las aves, anunciando la llegada del nuevo día.

Los trabajadores cargaron sus mulas con la carne de la mariposa, ensillaron y al trote emprendieron el retorno a la finca de sus patrones; en sus alforjas también traían una experiencia extraordinaria que llegaría a otras generaciones gracias al relato de un adolescente que, maravillado lo trasmitió a su familia. NI

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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