Parte 2

Por José Guadalupe Rodríguez Cruz

Antes de que sea la hora acordada para el desayuno, salgo a caminar por los alrededores del centro de Bogotá. Son las 6.45 de la mañana y ya con luz del día me doy cuenta de varios museos, literalmente uno tras otro. El de la Independencia, el arqueológico, el militar, el de Bogotá. Descubro una iglesia con una fachada muy interesante, está la misa de 7. Es el Santuario Nacional de Nuestra Señora del Carmen de la Sociedad Salesiana, ahí junto la universidad La Salle, un letrero que indica las carreras de Derecho y Filosofía.

En punto de las 8, ya con la familia, listos para desayunar en el restaurante del hotel. Pequeño pero muy bien decorado. Me llama la atención una leyenda: “El 90% del éxito se basa simplemente en insistir”: Woody Allen. Fruta, huevos revueltos con dos piezas de pan tostado y una taza de café y listo.

Justo a las 9 llega don Ricardo Sánchez, muy parecido a un homónimo suyo amigo nuestro que hace muchos que no veo y que alguna vez fue comisariado parece que de Santa María Ilucán. Es una camioneta corta, para seis pasajeros y por 90 dólares nos lleva al pueblo Zipaquirá. La distancia nos es mucha, apenas 50 kilómetros, pero el tráfico es muy pesado y tardamos una hora y media y de regreso estuvo peor, cerca de tres horas.

En el camino nos enteramos de que Ricardo el conductor, ¡también lo es del profesor Medina! “Ya son dos o tres veces que me ocupa, al parecer viene aquí porque cada año hay un evento muy grande de la religión evangélica; y si ayer me dijo que se encontró con unos conocidos de México, y mire resulta que son ustedes”, nos dice sonriendo todos.

Pero ya estamos en nuestro destino y casi a la entrada paramos para comprar los boletos de acceso a la mina, aprovechamos para ir al baño en un restaurante, localizado enfrente, “Brasas del Llano”, en donde por cierto vemos que en un horno de leña se cocina carne de cerdo, de ternera y de capibara –que nos dicen es una especie de ratón enorme o cerdo pequeño. Las carnes huelen rico y se antojan para al rato.

Enseguida llegamos a la catedral de sal, es una mina que se promueve como “La primera maravilla de Colombia”. Es una joya arquitectónica, religiosa, cultural y por supuesto turística. Antes de comenzar el descenso estamos en la plaza del minero, enseguida a la fila para ingresar a la mina a través de un torniquete que lee el QR impreso en el ticket. Pagamos mil 600 pesos colombianos por los cuatro.

Es una ruta tierra adentro de 180 metros. Una guía de nombre Martha nos acompaña. Comienza por explicarnos que el lugar funcionando como lo vemos tiene alrededor de 30 años. Apreciamos con trabajos en piedra -85% de sal nos dicen- las 14 estaciones del Viacrucis, la Cruz y figuras religiosas de la época, con una interesante iluminación que hacen el lugar más atractivo.

A lo largo del recorrido disfrutamos también de otros atractivos como una proyección de mapping, que es un espectáculo de luz y sonido cada hora que representa un mensaje de creación, fe y esperanza. Conocemos también el espejo de agua, con sorprendente efecto generado por las arcillas de sal, el agua saturada y la luz, todo pone a prueba el sentido de la vista.

De la misma forma podemos disfrutar de un cortometraje de 15 minutos. Es un corto animado el cual permite conocer la historia de la formación del domo salino, los métodos de explotación y la razón que llevó a la construcción de esta majestuosa catedral de sal.

Admiramos la nave del nacimiento, con su pesebre, siempre en piedra, que nos recuerda el nacimiento de Jesús. En la nave de la vida se encuentra una enorme Cruz, nos dicen que la más grande del mundo bajo tierra, además del imponente medallón de la creación de Adán. Una cámara que está soportada por cuatro columnas que simbolizan los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan, pilares de la fe cristiana.

Llegamos al fondo de lo que sería la nave mayor de la catedral. La guía nos explica que aquí hay misa todos los domingos e incluso matrimonios. Por varias rutas recorremos la zona comercial, objetos de todo tipo religiosos principalmente, hechos muchos de ellos a través de la sal. En algún momento nos perdimos de la guía, pero el regreso no representa dificultad alguna y en 15 minutos a buen ritmo ya estamos a flor de tierra.

Ha sido una experiencia inolvidable que sin darnos cuenta nos llevó tres horas, es hora del regreso, antes recorremos en el vehículo el pueblo de Zipaquirá y ya de salida cumplimos la amenaza de pararnos a comer en las Brasas del Llano. Pedimos costilla de cerdo a la BBQ y ternera a la llanera. Hay música viva, si lo pedimos nos ponen en la mesa la bandera de nuestro país. Vemos a varios paisanos, también hay gente de El Salvador, Costa Rica, Brasil, Canadá, Dominicana. Y los músicos interpretan algo de cada lugar. Obviamente disfrutamos de “Cielito Lindo”.

Ya vamos de regreso y ciertamente el tiempo de traslado es de cuando menos una hora más; en Bogotá son cerca de las 6 de la tarde y pronto será de noche. Tenemos ya cinco minutos en el hotel y Laura preocupada se da cuenta que olvidó el celular en el vehículo de don Ricardo. Al recepcionista le pedimos que nos ayude buscando por teléfono a don Ricardo –a través de ellos lo contratamos-, contesta diciendo que va llegando a casa, verifica del cel y confirma que sigue en el asiento trasero. “Mañana entre seis y siete de la mañana lo llevo”, ofrece.

Todavía salimos a caminar, lo hacemos por la séptima, una amplia avenida peatonal llena de negocios y pues en la calle. Antes de las ocho ya todo está solo, casi no hay iluminación y nos movemos dos cuadras para llegar a las inmediaciones del centro cultural García Márquez para tomar un café o té y de ahí en cinco minutos ya estamos en el hotel listos para dormir, son cerca de las 10 de la noche.

A la playa en Cartagena

Es viernes y a las siete de la mañana estamos listos para el desayuno en el hotel. No hay mucho que elegir, fruta, huevos, pan tostado, café o té, eso sí la dama de muy buen modo nos atiende y sin chistar nos sirve doble ración de café. En esas estamos cuando la recepcionista se acerca a nuestra mesa para indicarnos que ya llegó don Ricardo, Laura se levanta y va en su encuentro en seguida regresa sonriente. Teléfono celular recuperado.

Son las ocho y nadie llega por nosotros, hablamos por teléfono y nos hace saber que hay una confusión, la recogida nuestra la tienen programada hasta las 10. Imposible, el aeropuerto no está muy lejos pero el vuelo es a las 10.52. Nada que no pueda solucionar Pepe en México y en cinco minutos está resuelto nuestro problema.

Ahora estamos en el aeropuerto El Dorado, sin problema documentar y en punto de la hora ya en el avión la salida tarda casi media hora. El piloto de AVIANCA ofrece disculpas a los pasajeros, las salidas están saturadas y habrá que esperar unos minutos más, se justifica. Finalmente levanta vuelo a las 11.33 y el viaje dura exactamente una hora. Ya estamos en Cartagena de Indias.

La salida es rápida, se trata de un vuelo doméstico, aun en nuestra condición de extranjeros. Al salir abordamos a una dama que trae en un cartón el nombre de mi hija; ella nos conduce al estacionamiento del aeropuerto Rafael Núñez y nos deja en manos de un hombre moreno de tal vez 60 años que ya con maletas y pasajeros a bordo emprende el camino al hotel. El calor se siente, y mientras en Bogotá estábamos a 8 grados aquí vemos que la temperatura es de 30 grados.

Nada que no podamos aguantar. La ciudad tiene cerca de un millón de habitantes, nada comparada con los 10 de Bogotá. Calles angostas, tráfico fluido, vemos la muralla que allá por 1600 sirvió para proteger a Cartagena de los piratas que buscaban llevarse el oro. En 25 minutos el conductor nos dice aquí es el hotel Pedro Heredia, está en el centro histórico en la calle Primera de Badillo y resulta imposible no acordarse de lo que ocurre en Tula.

El lugar es acogedor, la habitación es amplia; dejamos maletas y a buscar un lugar para comer. Son las 2.30 de la tarde y no olvidar que a las 4 está programado iniciar el tour por la ciudad. Las calles con mucha gente, de inmediato se nota que la mayoría somos turistas. Prestadores de servicio ofrecen viajes a diferentes puntos del mar caribe. El de tres islas, el de cuatro y hasta el de cinco islas. Los precios oscilan entre 250 mil y 300 mil pesos, siempre colombianos.

Encontramos un buen restaurante, no precisamente para turistas porque vemos gente que aquí vive, seguramente empleados de negocios y oficinas de la zona. Tres de los cuatro pedimos filete 1595, que además es el nombre del negocio; mi hermana pide pechuga de pollo, rellena de jamón y queso. El servicio es rápido, antes del plato fuerte sopa de lentejas para todos, agua de varios sabores de fruta natural. Pedimos tortillas y no había; tampoco pan, pero todos quedamos satisfechos.

Regresamos al hotel y está listo don Raúl Córdova, de nombre. Nos dice que el recorrido será a pie y más vale iniciar a la voz de ya. El calor es intenso, pero todos vamos bien armados con un enorme sombrero. Caminen por aquí es la indicación y comenzamos con las tres esquinas, en cada una de ellas una casa de color diferente azul, amarrillo y blanca las fachadas del lugar que le da nombre a conocido ron de estas tierras. “Ron Tres Esquinas”.

Ahora vamos a la iglesia de Santo Toribio. Conocemos (por fuera) el convento de Santa Clara, el de San Agustín en donde hoy existe una universidad pública. Nos muestra un edificio antiguo de lo que fue el cuartel general del ejército real español, luego el antiguo convento de la moneda, que hoy es el teatro Heredia.

Llegamos a una calle que de lejos nos permite ver la cúpula de la Catedral, para enseguida observar el convento de Santo Domingo, que hoy es la sede de la embajada de España y ya estamos afuera de la catedral de Santa Catalina de Alejandría, en este momento hay una misa y justo ahora el sacerdote procede al ceremonial. Por mientras nosotros a seguir.

Cabe mencionar, y el guía lo reconoce, lo que parece un error en la ubicación de la construcción de catedral, no tiene atrio y lo que sería éste lo tiene de lado. ¡Qué extraño!

Aquí está la Plaza de Bolívar y es que en Colombia como en otros países de América, Simón Bolívar es figura principal en lograr su independencia. Tenemos que anotar a Venezuela y Ecuador y agregar a Panamá y Perú. Estamos en el palacio de la Inquisición.  No olvidar que en Colombia confluyen tres razas. Negros, españoles o blancos e indígenas.

El recorrido parece interminable y llegamos al museo de Oro Zenú; luego al edificio del Banco de la República, la plaza de San Pedro Claver. Hay aquí unas bellas figuras en hierro. Dos jugadores de ajedrez sentados frente al tablero, por ejemplo.  Vamos adelante para llegar a la plaza de la Aduana a un lado de la Alcaldía Mayor de Cartagena de Indias. Minutos después ya estamos en la torre del reloj, punto tradicional de visita para el turismo.

Raúl nos recuerda que desde 1984 esta ciudad es considerada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Fue fundado en 1533 por don Pedro de Heredia. Mientras el calor ya cedió y pronto llegará la noche. Hacemos un receso y nuestro guía nos advierte que como parte del trabajo nos invita algo de comer y beber. Ninguno los desprecia y le hacemos el gasto a las empanadas, la mías muy sabrosa rellena de queso.

 Reanudamos el caminar y entramos, nos dice, a lo que es el barrio de Getsemaní. Aquí recorremos el parque del Centenario, construido en 1911, justo cuando Colombia celebra sus primeros cien años de independencia. La noche se nos vino encima y ahora atravesamos la Plaza de la Trinidad para entrar al llamado callejón ancho. Lugar muy iluminado, lleno de negocios con sillas y mesas para venta de cervezas y no sabemos si algún otro tipo de bebidas espirituosas.

Pero eso no es todo, al terminar la calle, damos vuelta a la derecha y ahora en sentido contrario recorremos el callejón angosto, negocios del mismo tipo, pero en una calle efectivamente más angosta. El guía nos dice que aquí termina el recorrido, al tiempo que nos pregunta si queremos ver otra cosa, la respuesta inmediata es no y apresuramos el paso para llegar de regreso al hotel.

Griselda propone ir a la alberca y quién soy para negarme. Allá vamos, después se incorpora Laura que nos dice “Mi tía Neya ya está durmiendo” –la caminada no fue para menos-. Es una piscina pequeña, el agua templadita y la estadía no es mayor a una hora, porque el horario es hasta las nueve y ya son 8.30 de la noche. *NI*

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