Por Carlos Villalobos

Así como en la vida en general, el ámbito educativo sigue tendencias. Hoy confiamos en el sistema por competencias y mañana depositamos las esperanzas de nuestro futuro en una educación tecnológica, sin saber con certeza qué sucederá. Dado que la educación no es una ciencia exacta, basada en el estímulo y respuestas de estudiantes, prever el destino de planes ambiciosos se torna difícil y casi imposible. Y, en el peor de los casos, ¿qué ocurre cuando estas tendencias se adaptan en países menos favorecidos?

Pero antes, un poco de contexto.

En el mundo educativo de Suecia, tierra de constantes tendencias, las pantallas se erigieron como la promesa de un futuro educativo tecnológico. Sin embargo, ¿qué sucede cuando esta revolución digital se vuelve en contra? La ministra de educación sueca, después de más de una década de inmersión tecnológica, ha admitido una “Crisis de lectura”, promovida principalmente por el abuso de dispositivos tecnológicos en la educación.

En este escenario educativo que abrazó la tendencia de la educación basada en herramientas tecnológicas, se torna desafiante prever el destino de planes educativos ambiciosos. La educación, siendo una ciencia inexacta, depende del estímulo y las respuestas de los estudiantes, aumentando la incertidumbre sobre las consecuencias de las tendencias adoptadas.

Desde el auge de las Tecnologías de la Información, se esperaba que estas transformaran la educación, y Suecia adoptó las tablets, y demás dispositivos tecnológicos, como norma hace más de una década, pero los resultados han dejado mucho qué desear.

Por un lado, de acuerdo con el artículo “Efficient, helpful, ¿or distracting? A literature review of media multitasking in relation to academic performance” realizado por Kaitlyn E. May y Anastasia D. Elder, publicado en el “International Journal of Educational Technology in Higher Education” en 2018, se ha revelado que la multitarea digital interfiere con la atención y la memoria de los estudiantes, afectando negativamente la comprensión y la autorregulación durante las clases.

Y es que el romance del papel y la tinta no es solo nostalgia. El análisis “Don’t throw away your printed books: A meta-analysis on the effects of reading media on reading comprehension” realizado por Pablo Delgado, Cristina Vargas, Rakefet Ackerman y Ladislao Salmerón, publicado en el Educational Research Review, sugiere que el formato digital de los libros supera al formato físico en la fatiga visual, la dificultad para la memorización y la comprensión del contenido.

En Suecia, las pantallas han ido desplazando gradualmente a los libros durante quince años. Los estudiantes de secundaria usan computadoras más que nunca, y análisis nacionales han indicado que solo el 44% de los preescolares cumplen con las recomendaciones diarias de actividad física, haciendo así que desde muy temprana edad tengan que estar inmersos en entornos tecnológicos.

Las autoridades suecas comparan la digitalización temprana con aprender a conducir antes de caminar y andar en bicicleta. Aunque los suecos siguen siendo buenos lectores en la Unión Europea, los niveles educativos han disminuido, llevando a una inversión de 60 millones de euros en 2023 en materiales impresos y el cambio de estrategia educativa, para tratar revertir el daño.

El caso sueco es una advertencia para México, donde la tecnología en la educación es vista como la panacea. En un mundo donde hoy nos presentan a las inteligencias artificiales como la solución a todos nuestros problemas, la realidad es que el pensamiento crítico, la concentración y, sobre todo, la salud mental de generaciones enteras está en riesgo si no tomamos medidas, regulamos y cuidamos de nuestras infancias, adolescentes y estudiantes.

Ante la encrucijada de la revolución tecnológica, ¿México está preparado para navegar el desafiante mar de la educación del siglo XXI?

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