Por José Antonio Trejo Rodríguez.

“El Cristo de tu montaña del cerro del cubilete, consuelo de los que sufren y adoración de la gente”.

Medio siglo sin la presencia física de quien César Rosas, guitarrista y cantante de la banda californiana Los Lobos, dijera que es “El más mero mero de los compositores” José Alfredo Jiménez. A mediados de los años 70s, las vacaciones de verano en tren pasajero nos llevan rumbo a Lagos de Moreno, Jalisco; mi papá quería que visitáramos la basílica de la virgen de San Juan de Los Lagos y en la familia aceptamos gustosos.

El viaje en el tren resultaba sensacional, subíamos en la antigua estación de Tula y de haber suerte podíamos sentarnos, aunque fuera en diferentes lugares del largo carro; ya habría oportunidad de juntarnos habida cuenta del largo trayecto. La vista de los campos, los animales de granja, las poblaciones, las paradas en las estaciones con su amplia oferta de alimentos y bebidas. Y lo mejor de todo: el lonche preparado con antelación, consistente en un paquete de pan Bimbo, pollo frito, a esa hora ya frío, pero delicioso; algún refresco embotellado de preferencia Titán o Pepsi.

Al pasar por Querétaro, su bella estación nos daba la bienvenida, el trajín de subida y bajada era interminable; mi papá iba en busca de mi tío Quico que trabajaba de motorista y su base se ubicaba pasando las vías enfrente de la estación. Mi tío Quico siempre nos saludaba con mucho amor, éramos además sus ahijados y gustoso nos acompañaba de Querétaro hasta Celaya o Salamanca, desde donde se regresaba en tren o en autobús.

De repente, una bella estampa nos sorprende gratamente: en la cima de una montaña destaca la gigantesca figura de Cristo que nos saluda con los brazos abiertos ¿Es Cristo Rey del cerro del cubilete? Pregunto con ansiedad y ante la respuesta afirmativa de mi familia, vuelvo a inquirir si es el mismo de la canción de José Alfredo Jiménez y mi papá comienza a entonarla; a cada estrofa le pregunto en dónde quedan las poblaciones y ciudades que la popular canción menciona y mi papá me señala rumbos y direcciones. Todos preguntamos cuándo tendremos la dicha de visitarlo y acordamos felices que las siguientes vacaciones estaremos allí.

“Yo quiero que el silencio de la noche nos envuelva y quiero que un rayito de la luna nos cobije. Y quiero que levante ya por fin la niebla y comprendas por favor lo que te dije”.

Dicho y hecho, el año siguiente viajamos toda la noche en el tren desde Tula hasta Silao. Hacía calor y mi cuñada Lucha caminaba descalza por el largo vagón; a la hora de dormir abrió la ventanilla de su asiento y se acomodó de tal forma que pudo sacar los pies para que el viento le refrescara. Llegamos a nuestro destino en la madrugada, un puesto de café recibía a sus primeros clientes. Mi papá pidió a un taxista que nos llevara al cerro del cubilete. El auto siguió hacia las afueras de la ciudad y comenzó a escalar por una terracería con curvas cerradas, en el camino veíamos a grupos de jóvenes y de religiosas que emprendían la escalada. Las llantas del taxi patinaban con la tierra suelta, pero sin contratiempo llegamos hasta el templo.

Los primeros rayos del sol nos recibieron, felices mirábamos las poblaciones que se ubican alrededor del cerro del cubilete. Mi papá señalaba hacia León, en donde se apuesta la vida y se respeta al que gana. Las religiosas y los jóvenes que subían caminando llegaron pronto y nos invitaron a escuchar misa. Yo estaba feliz, admirando la enorme figura de Cristo Rey. Me acercaron con una religiosa que me hizo preguntas sobre el catecismo y de buenas a primeras, previa confesión, recibí la primera comunión. Todos estábamos felices. Era la hora de comprar recuerdos de nuestra visita y yo escogí una pequeña reproducción de Cristo Rey, con imán en la base que permite hasta la fecha mantenerla pegada en mi cama de la casa familiar.

Bajamos en autobús hacia León, la ciudad que en ese entonces contaba con dos clubes de futbol de la primera división profesional: el Unión de Curtidores y los Panzas Verdes del León. Recorrimos sus mercados, comimos en alguno de ellos, compramos calzado y continuamos nuestro viaje.

En el año 2019 tuve oportunidad de visitar León en un viaje relámpago de trabajo; de regreso por carretera pude apreciar con júbilo el Cristo del cerro del cubilete, consuelo de los que sufren y adoración de la gente. Hoy, con el inminente regreso de los trenes de pasajeros, no puedo ocultar el anhelo de volver a visitarlo como lo hicimos en familia hace medio siglo. Ya que serán tres rutas de pasajeros que cruzarán por Tula y alguna de ellas nos conducirá al bellísimo estado de Guanajuato, la tierra del gran José Alfredo Jiménez. NI

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