Por José Antonio Trejo Rodríguez.

Eran los primeros años de la década de los 80, ya desde esa época se vivía el furor de la temporada de futbol americano. Los vaqueros de Dallas y los acereros de Pittsburg dominaban el mercado, eran los equipos más populares en México, gracias a sus resultados deportivos y Tula no podía estar exenta de la fiebre por el deporte de los emparrillados y las tacleadas, los muchachos que tenían oportunidad de hacerlo se hacían de un jersey, comúnmente importado de los Estados Unidos; otro paso era conseguir un balón, para echar tochito a la hora del recreo, al salir de clases o en fin de semana.

Un grupo de jóvenes avecindados en la Calle Guerrero de Tula organizaron un equipo, por las tardes se les veía cascarear por los rumbos del cine Lindavista: corrían hacia Nantzha, se ejercitaban en las manzanitas y contagiaban la alegría del futbol americano entre chicos y grandes. Cabe señalar que no usaban ningún equipamiento, jugaban por el gusto de hacerlo y disfrutaban al hacerlo.

Quién sabe cómo ocurrió, pero corrió la noticia que habían recibido un reto para jugar un tochito contra unos chavos que vivían en la colonia de los ingenieros de la refi y allá acudieron para perder el encuentro. Lo bueno, decían, es que habían hecho efectiva la opción de la revancha y se enfrentarían el siguiente sábado al mediodía en el pastizal que se encontraba atrás del panteón del Huerto.

El pastizal era regado por una zanja de agua limpia, vertida por el río Rosas gracias a represas cuyo origen data de la época colonial. Los agricultores elevan el nivel del agua gracias a la represa y la canalizan para regar sus plantíos, con el compromiso de devolver al Rosas el agua sobrante. Así que ese espacio era tan bonito que abundaban los borregos pastando y bebiendo. Allí sería el encuentro.

Los jugadores de la Guerrero entrenaron a tope, reclutaron a sus mejores muchachos, limpiaron el campo de juego y convocaron a su familia y amigos para que asistieran al encuentro para apoyar con porras. El día del partido amaneció espléndido, los vecinos y amigos se preguntaban si irían a ver el partido que tanta expectativa había generado, recibiendo una afirmación por respuesta.

Por las calles se veía a los jugadores dirigirse al improvisado emparrillado, dispuestos y animados a lavar la afrenta sufrida a manos de un grupo de muchachos que ni siquiera se dejaban ver en Tula. Así que hicieron valer su localía, decenas de vecinos, la mayoría adolescentes y jóvenes se dieron cita para aplaudir a sus amigos, entre ellos estaba un muchacho que practicaba el futbol americano en un equipo del Estado de México. Al percatarse de su presencia no dudaron en invitarlo. Ahora sí, estaban más que armados para lavar la afrenta.

La confianza de los locales y de su porra recibió un balde de agua fría, los adversarios llegaron muy fuertes, tacleaban sin piedad a sus rivales, anotaron primero y comenzaron las burlas hacia sus rivales, incluso se daban el lujo y la maña de echar a la zanja de riego a los de la Guerrero. Era el colmo, todos estaban molestos, pero el joven jugador recién reclutado hizo valer su experiencia, aún empapado por haber sido empujado a la zanja, comenzó a dar indicaciones, recomendó no enojarse y si concentrarse. La receta surtió efecto y casi de inmediato empataron el partido.

Los visitantes continuaron con su táctica de desgaste mental, pero ya no les funcionó, los locales se aplicaron a defenderse con inteligencia y fuerza, minando la condición física de los jugadores contrarios y atacando en su oportunidad con mayor énfasis. No tardaron en ponerse arriba en el marcador, cosa que enfureció al equipo visitante que no cesaba de provocar a los cada vez más dominantes Guerreros.

Pases, carreras, tacleadas se sucedían sin cesar, al igual que las anotaciones de los de la Guerrero que hacían felices a la porra. Los visitantes ya no sabían qué hacer, la camiseta de su jugador líder mostraba los estragos del partido, a final de cuentas terminaría hecha girones. Con gallardía, ambos equipos concluyeron el encuentro. Se dieron las manos y se felicitaron por el esfuerzo brindado. Ambas escuadras habían dado todo de sí.

Exultantes los de la Guerrero y sus amigos acordaron celebrar el triunfo esa noche en la Disco Trinos de Manuel “El negrito”, para danzar al compás de los ritmos de moda. Actualmente, la mayoría de ellos deben frisar las seis décadas. Imposible no recordar la historia de un tochito en Tula, más en los días previos al juego del super bowl 58 que se realizará en Las Vegas el próximo 11 de febrero, con la actuación de Usher en el espectáculo del medio tiempo. Hay que verlo y disfrutarlo. *NI*

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *