*PARA GANARSE LA VIDA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

En los años 70 trabajaba de operador en un camión de servicio foráneo, me la pasaba en la carretera, hasta que mis compañeros se fueron a huelga; la central camionera fue cerrada y colocaron las banderas rojinegras en el zaguán que daba a la calle Leandro Valle. Yo estaba muy metido en mi chamba y ni enterado estaba del paro. Afortunadamente las personas podían viajar en el tren hacia México o hacia Pachuca, pero los trenes no tenían la frecuencia de salida de los autobuses y la huelga perjudicaba al pasaje, además de a los patrones. 

Quise seguir laborando como si nada hubiera ocurrido, me acicateaba la necesidad de llevar dinero a la casa, pero ya no pude, pues las actividades de la empresa estaban detenidas. Para resolver el asunto, se autorizó a otra compañía para dar el servicio y busqué se me contratara, pero no querían saber nada de los huelguistas, aunque, repito, yo jamás me fui a huelga, ni la decisión tomé.

Hasta eso que el patrón me lo reconoció y me entregó una liquidación, de esa forma dije adiós a la empresa y busqué iniciar un negocio que me permitiera mantener a mi familia. En esos años la colonia era nueva, no tenía tienda, así que pensé que sería una buena oportunidad para nosotros. Estando ya en servicio, la clientela pedía que, además de abarrotes, ofreciéramos recaudo y así lo hicimos, enseguida empezamos a vender pollo y luego carne de cerdo y de res. No tenía idea de cómo se manejaba un negocio, pero allí aprendimos.

Me levantaba muy temprano, iba en mi carcachita al tianguis y al mercado para surtir el negocio, cuando se me descomponía tomaba coche de sitio; visitaba a los matanceros del rastro para pedir media canal de res, medio puerco y regresaba a abrir. Me hice de una vitrina refrigerador, allí guardaba la carne; tenía mis cuchillos, mi báscula, el papel para envolver y despacharla. Vendía bien, tenía de clientela a toda la colonia, con ello pude contratar a un señor que tenía experiencia y viéndolo aprendí a sacar los cortes, así que no batallé cuando él se fue para abrir un negocio en su tierra.

En la tiendita se vendía recaudo, abarrote, refresco, cerveza, pan, maíz, artículos para el aseo y la limpieza, pero mi fuerte era la carnicería. Tenía buena fama y venían a comprarme las señoras de la colonia que está en la refinería, ya era todo un carnicero. Otros buenos clientes eran los amigos que hacían carnitas, así que también comencé a criar puercos, para engordarlos y venderlos.

Llegó un momento en el que reflexioné viendo mi estado del banco: era millonario. Pensé que habían sido muchos años de trabajo duro y necesitaba darle a mi familia y darme un descanso. Decidí traspasar la carnicería y rentar el local que es de mi propiedad ¡Ya era millonario! ¡No necesitaba trabajar!

Estaba terminando el sexenio de López Portillo y la devaluación del peso y la nacionalización de la banca me regresaron a la realidad. De la noche a la mañana mis millones de pesos perdieron su valor adquisitivo y me vi en la necesidad de buscarme otra actividad. No podía volver al negocio de la carne, pues ya lo había traspasado y lo que tenía en el banco no me alcanzaba para iniciar otra vez en algún otro lado. Tenía una inversión a medias en un sembradío de chiles en Zaragoza, así que pensé que, si me iba bien, seguiría por el camino de la producción de alimentos. 

La de malas nunca llega sola, cayó una granizada y la producción no fue la esperada. El día que vendimos la cosecha, mi mediero y yo echamos cuentas y teníamos 64 pesos de ganancia. Le dije que teníamos dos opciones, repartirnos 32 y 32 o de plano completar para comprarnos una botella de presidente y olvidarnos de las penas. Optamos por la segunda opción. Hasta allí quedó mi incursión en la actividad agrícola.

Uno de mis antiguos clientes de la carnicería me pidió que le ayudara en la matanza de unos puercos para prepararlos en carnitas para una fiesta. Necesitaba trabajar, ganar un dinero, así que fui a ayudarle no una, muchas veces y le aprendí cómo preparar carnitas. De chiripada me encuentro a un señor que me conocía por la carnicería y me pregunta si podía recomendarle alguien que supiera echar carnitas y que me apunto. Me quedaron deliciosas y mi fama trascendió. Ya tenía una nueva actividad. Gracias a Dios.

Mis clientes eran exigentes y luego me pidieron mole de guajolote, iba por ellos a Jilotepec y me los traía para que mi esposa los preparara con su arroz rojo con chícharos y zanahorias y sus tortillas de comal. Luego me pedían una barbacoa. Esa nunca la había hecho, pero la cosa no estaba para rajarse y dejar de ganar un dinerito que tanta falta hacía, así que ahí me tienen, echando unos borregos. Y así le seguí, hasta que de plano me dediqué solo a hacer barbacoa, por eso te decía una vez que en realidad mi fuerte son las carnitas, que por cierto ya no preparo. Ahora mi negocio es la barbacoa. *NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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