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*Rosario Ibarra de Piedra y la defensoría de los Derechos Humanos.

Por Miguel Angeles Arroyo

Las defensoras y defensores de los derechos humanos son personas que, a título individual o colectivo, trabajan para hacer realidad los derechos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En el Reglamento sobre Derechos Humanos y Atención de las Personas con Discapacidad para el Municipio de Tula de Allende, se instituye la Conmemoración del Día Municipal de los Derechos Humanos, donde, el diez de diciembre de cada año, en coordinación con la conmemoración del aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se hará: El Reconocimiento Municipal a la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, El Reconocimiento Municipal a la Promoción y Defensa de las Personas con Discapacidad y El Reconocimiento Municipal a la Promoción y Defensa de la No Discriminación.

En la Declaración de la ONU sobre los Defensores de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General el 9 de diciembre de 1998, las Naciones Unidas reconocieron su legitimidad al considerar la defensa de los derechos humanos como un derecho en sí mismo y también el papel decisivo que desempeñan.

Las defensoras y defensores son aquellas personas que actúan pacíficamente, sin recurrir a la violencia, para promover y proteger la universalidad e indivisibilidad de los derechos de pueblos e individuos. Podrán ser personas muy diversas, podrán actuar por cuenta propia o de forma asociativa; algunas actuarán a título personal, otras en el marco de su profesión; defendiendo los derechos humanos en sus actividades cotidianas o tras una acción individual a favor de esa causa.

Una defensora ejemplar fue la recién fallecida a la edad de 95 años Rosario Ibarra de Piedra, mujer coahuilense, pero que vivió y formó su familia en Monterrey, Nuevo León.

Su incursión en la política fue algo forzado, luego del secuestro de su hijo Jesús Piedra, acusado de pertenecer a la guerrilla Liga Comunista 23 de Septiembre y desaparecido durante la llamada "guerra sucia".

Ante la falta de esclarecimiento del paradero de su hijo fundó el Comité Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, que contabilizó al menos 564 desaparecidos por la represión del Estado mexicano durante la década de 1970.

Lo que dio origen al Comité Eureka, con el objetivo de exigir la verdad y la justicia y, desde entonces, se han sumado a esta lucha colectiva miles de personas.

El activismo de Rosario despertó miles de conciencias sociales que, ante la falta de un Estado protector, encontraron en ella un corazón lleno de bondad y dignidad.

Su congruencia la empujó a ser la primera mujer en postularse a la Presidencia de la República en dos ocasiones, y aunque por el régimen autoritario del siglo pasado no consiguió la victoria, alcanzó a ocupar en dos ocasiones una diputación federal y una senaduría.

Quedará en nuestros corazones como una persona que encauzó una de las luchas más nobles y dolorosas, la desaparición de uno de sus hijos pasó de ser una causa personal a una causa política llena de lucha, encuentro con otras madres y familiares y personajes políticos que deseaban lo mismo que ella, un Estado democrático.

Debemos reconocer que la defensa de los derechos humanos es una actividad esencial durante periodos de emergencia y garantizar que quienes realizan esta labor pueden hacerlo sin sufrir represalias, intimidación ni amenazas, para que entre todos y todas podamos afrontar esta crisis.

Es esencial que los gobiernos reiteren su compromiso de proteger y reconocer a quienes, individual o colectivamente, emprenden acciones para proteger nuestros derechos humanos.

Hoy lamentamos la partida física de doña Rosario Ibarra de Piedra, nos enorgullece el ejemplo de dignidad y de lucha frente al abuso del poder. Necesitamos que las presentes y futuras generaciones sepan quién fue doña Rosario y conozcan el legado libertario y democratizador que dejó. *NI*



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