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*RADIONOVELAS: APAGUE LA LUZ Y ESCUCHE.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.


“Apague la luz y escuche” anunciaba una voz seguida de música que hacía sentir el ambiente lleno de misterio para enseguida anunciar: “La serie radiofónica de más impacto, con la actuación del primer actor de habla hispana Arturo de Córdoba. Apague la luz y escuche, programa de terror y suspenso en la inigualable voz del gran actor Arturo de Córdoba. Pónganse cómodos y dispónganse a escuchar este interesante capítulo de apague la luz…” La música de suspenso continuaba para dar paso a la voz del protagonista de la serie: “Fue electrocutado en la silla eléctrica pagando así su nefasto crimen. Con su permiso”.


Una carcajada siniestra y un comentario irónico se escucha: “¡Vaya! Hoy Robert Cogan viene de mal humor… y no le queda mal el mal humor al verdugo” La carcajada y la música sigue hasta dar paso a la voz de Arturo de Córdoba: “¿Pero, será posible? Será posible que esos hombres, los hombres que Dios nuestro señor ha hecho a su imagen y semejanza. Los hombres a quienes ha impuesto como primera, como única, como suprema ley, el amor al prójimo. Los hombres a quien Dios ha concedido para expresar su pensamiento rían. Rían antes de un acto que debería de avergonzarlos: la muerte de un semejante. ¡Honor a los hombres, obra maestra de la naturaleza y reyes de la creación!” Puede escuchar la grabación https://wradio.com.mx/radio/2013/08/26/audios/1377533580_957720.html


La radionovela era transmitida por las noches desde la década de los años 40 por la XEW, “La voz de la América Latina desde México”. A principios de los años 70, siendo pequeño recuerdo a mi mamá sintonizando el programa justo antes de acostarnos a dormir. La grave voz de Arturo de Córdoba inundaba la habitación a oscuras; el suspenso se acrecentaba a medida que su narración avanzaba. El dramatismo crecía, merced al talento de quien, desde 30 años atrás, se había apoderado del gusto del público.


Alrededor de los 30 años, el primer actor había tenido en 1937 un protagónico en la película “La bestia negra” filmada en buena parte en los patios y sitios aledaños a la antigua estación del ferrocarril de Tula, al lado de Fernando Soler, Carlos López Moctezuma y Antonio R. Frausto, entre otros. En esa cinta no usaba bigote, incluso un actor contemporáneo, Roberto Cañedo, guardaba fuerte parecido con él, véase como muestra la película de 1944, basada en la obra de Pedro Antonio de Alarcón: “El sombrero de tres picos. El amor de las casadas” con las actuaciones de Joaquín Pardavé y Sofía Álvarez en los papeles estelares.


En el sitio de Internet “Selección. Joyas de Fonoteca Nacional” que puede ver en el enlace https://rva.fonotecanacional.gob.mx/fonoteca_itinerante/radionovelas.html además del fragmento de un capítulo de “Apague la luz y escuche”, se encuentran fragmentos de “La Tremenda Corte”; “La Policía siempre vigila” que los polivoces convirtieron en “La polecía siempre en vigilia”, de “Anita de Montemar”; de “Chucho el roto” y de “El derecho de nacer”. También se pueden disfrutar voces, programas y comerciales.


Encontrará una parte del capítulo de un frustrado asalto a un banco por parte del personaje realizado por Arturo de Córdoba y un cómplice. Ante su fracaso Arturo de Córdoba se refugia en su barrio, renegando por su pobreza y haciendo un acto de contrición. De repente llega la policía a tocar a su puerta “Abra en nombre de la ley”, él se siente perdido y sin más remedio abre para escuchar que el agente le reclama por no tener limpio el frente de su vivienda “No se conforman con ser pobres, si no sucios. Si a la otra vuelta no barres la calle, te llevaré a la cárcel”.


Se sorprende de no ser buscado por el asalto frustrado y al salir a la calle en su desesperación por encontrar “Una mano amiga que nunca acudió a mí. Un consejo sano que nadie quiso darme.” escucha las campanas de la iglesia y se recrimina por no haber volteado hacia ella. “La iglesia llamando al rosario. Nunca había volteado a la iglesia del lugar. Nunca… Pero esta casa de Dios no es como mi casa. Aquí siente uno una cosa extraña. Un suave recogimiento.” Tiene el deseo de hablar con alguien para descargar una pena que le atosiga desde hace mucho. El cura de la parroquia lo invita “Yo soy tu amigo. Vamos al confesionario hijo mío.”


Uno de sus capítulos se me quedó grabado por su dramatismo. Arturo de Córdoba interpretaba el personaje de un juez intachable, conocido por su rigidez en la aplicación de la ley sin cortapisas y juzgaba a un joven criminal. Hace pasar como testigo a una mujer madura que se identifica como la tía del acusado. En su narración la mujer deja ver que su hijo, primo del acusado, tiempo atrás había sido juzgado por el intachable juez y fue condenado a la pena capital, lo que le acarrea el odio instantáneo del joven acusado. Pero la narración de la mujer llega al punto en que el juez se da cuenta de que también, es hermana de un amor de juventud y que el acusado es el fruto de aquella pasión. La tía del acusado lo había orillado a delinquir a efecto de vengarse del juez. Las pruebas del crimen del joven son irrefutables y la revelación de su paternidad es demoledora en el talante del juzgador, así lo deja ver el tono de voz entrecortada, llorosa, acongojada, llena de dolor, con que el primer actor cierra el programa: “Condeno a mi hijo… a la silla eléctrica.”


“¿Qué tendremos los verdugos que somos imán para nuestras víctimas?” Se preguntaba Arturo de Córdoba caracterizado como Robert Cogan en el capítulo citado al principio de este escrito. Lo que tenía “Apague la luz y escuche” era suspenso, infundía el temor y el ansia de enfrentarse a lo desconocido, de los seres humanos, a las razones que, a juicio del autor y libretistas, movían el complejo mecanismo de las personas para actuar de forma determinada. Y por supuesto, el talento de un grupo de escritores, técnicos, actrices, actores y la voz del genial Arturo de Córdoba. *NI*




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