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*MITOS SETENTEROS EN TULA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

Corrían los primeros años de la década de los 70, la cabecera era la zona más urbanizada de todo el municipio; a un minuto caminando del centro de Tula el paisaje era bucólico, tan sólo bastaba andar por la vía rumbo a la Tolteca para ver grandes árboles. Unos metros adelante, el río Tula bañaba con sus limpias aguas los campos sembrados de maíz y repletos de árboles frutales. La entonces angosta carretera que enlazaba el centro con El Carmen estaba pletórica de grandes pirules a la altura de la recta de Jalpa; lo que hoy es una zona comercial y culinaria.

Ignoro de dónde o cómo se originó el rumor de que un sujeto aparecía “encuerado” a las mujeres. Se decía que merodeaba por las calles, brechas y caminos concurridos. En las historietas de la familia Burrón, la matriarca de la casa, de nombre Borola, se refería a andar “en traje de rana” al hecho de estar desnudo. Pues el rumor también corría por Jalpa y las vecinas y vecinos se organizaban para cuidarnos entre todos, los chamacos curioseábamos las pláticas de los adultos y nos contagiaba el espíritu que invadía a la comunidad; no era de miedo, porque las señoras y los señores de esos tiempos eran muy entronas y aventados, estaban hechos para resolver entuertos y lavar ofensas a punta de varazos; nunca permitirían que nadie robara la apacible y sosegada vida que llevábamos.

En cierta tarde apareció un sujeto por el rumbo en donde hoy colindan una gasolinera y una casa de servicios fúnebres; como relaté al principio, el lugar estaba repleto de grandes pirules a lo largo de la carretera, también había milpas y una alcantarilla que permitía el paso del agua de lluvia por debajo de la carretera, llevándola por una pequeña zanja hacia el río.

El citado señor estaba parado a orilla de la carretera, sin hacer mayor cosa; al no ser conocido por las vecinas, de inmediato enviaron a un chamaco en su bici para informar a la jueza de la colonia, señora de armas tomar quien, de inmediato se apersonó en el lugar, acompañada de una de sus vecinas, armada con una navajita de exploradora para averiguar las intenciones del desconocido. Solo que, en el periodo de tiempo que le llevó a la jueza llegar al sitio citado, el sujeto de marras abordó un coche de sitio que pasaba por allí y se alejó. Con el paso del tiempo se fue diluyendo el mito del hombre encuerado. Al menos nunca me enteré de que por esos tiempos hubieran sorprendido a sujeto alguno exhibiéndose en traje de rana por las calles.

Ya para fines de la década de los 70, la construcción de obras de infraestructura acarreó otro mito: se decía que, misteriosamente desaparecían infantes para cortarles la cabeza y arrojarlas a la mezcla utilizada para fortalecer las estructuras de los puentes que en ese entonces se construían: el del paso a desnivel de la vía doble del ferrocarril a la altura del Llano y los del libramiento carretero que cruzan la carretera hacia Tepeji y el río Tula. Cabe señalar que el escuchar dicho mito producía, naturalmente, carretadas de carcajadas burlonas entre chicos y grandes, otorgándole nula credibilidad a quienes lo externaron con seriedad. No obstante, había quienes sí lo creían y extremaban precauciones para no ser víctimas de tal sacrificio.

Uno de mis compañeros de la secundaria, avecindado en la Segunda del Llano, decidió ahorrar para adquirir un balón de futbol americano, así que caminaba todas las tardes de la escuela a su casa. Así, cotidianamente, nos narraba los avances de la obra del puente de la vía doble, la cual veía a su paso y parecía que lo disfrutaba, hasta que escuchó acerca del mito de los niños arrojados a la mezcla y decidió, precavidamente bordear la mentada obra.

Su precaución la extendía hacia sus amigos y preguntaba si en nuestro camino no corríamos riesgo. Yo acostumbraba a caminar de cuando en cuando hacia Jalpa por la vía del tren y pasando el Chayote, en donde la vía forma una curva, había ocasiones en que el tren carguero se detenía, estrechando el camino en virtud de que hay un corte de una colina para permitir el paso de la vía. Al saberlo, mi amigo se preocupaba de sobremanera y me recomendaba evitar el trayecto, aunque diera un rodeo más largo para llegar a casita. Para calmarlo le decía que así lo haría, aunque prefería caminar por allí para ahorrar tiempo en mi traslado.

Llegó el momento en que mi amigo reunió dinero suficiente para comprar su balón de futbol americano, deporte que le fascinaba; así que dejó de caminar hasta su casa en la Segunda del Llano y volvió a utilizar el transporte público y se olvidó del mito. Lo que sí nos compartió fue que, por bordear la obra del puente, en una ocasión lo corretearon a pedradas unos chavos, vecinos del lugar, pues lo confundieron con otro de sus vecinos y pretendieron cobrarle agravios, cosas de chamacos. Respecto al mito, se acabó en cuento los puentes estuvieron concluidos. Al cabo, mito. *NI*



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