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*METIDAS DE PATA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

En la biblioteca. La tarde caía y la cálida temperatura ambiental se tornaba placentera en el interior de la inmensa biblioteca, un estudiante repasaba sus clases, prácticamente embrocado en una caballeriza; siendo descubierto por un par de sus compañeros e invitado a compartir un cubículo: “Para repasar bien los ejercicios matemáticos” le argumentaron para convencerlo. Sin perder el tiempo, los tres amigos se dirigieron a buscar un cubículo desocupado, sin hallarlo; así que decidieron sentarse en una gran mesa para poder discutir y practicar los problemas escolares que les apremiaban.

Eligieron lugar y uno de ellos, bastante jocoso, decidió tomar asiento enfrente del cubo de la escalera, “Para ver quién sube” dijo entre risas a sus compañeros. Se concentraron en sus labores: consultaban libros, repasaban apuntes, repetían los ejercicios de clase con la calculadora en la mano y al cabo de un rato el que estaba enfrente de la escalera alzó la cara y vio a un grupo que iba terminando de subir y como si nada comentó: “¡Que fea está la chava que llegó!”

Sus amigos rieron animosamente, casi se carcajearon, aguantándose sólo por el hecho de estar en una biblioteca, y sin dejar de reír voltearon de inmediato hacia la escalera para ver a los recién llegados y estupefacto uno dijo “¡No inventes, es mi hermana!”. Al chistoso se le fue el habla y solo atinó a balbucear algún pretexto que, nadie en su sano juicio podría haberle creído, mientras que el tercero seguía riendo a más no poder, incluso cuando los recién llegados se acercaron para saludarlos.

En el trabajo. Aquel señor saldría de sus céntricas oficinas a realizar una revisión en una de las sucursales de la empresa, con ánimo y buen humor convocó a los colaboradores que le acompañarían, solicitó un vehículo y pidió a uno de ellos que manejara. Caminaron hacia la salida, en el camino el jefe iba dando indicaciones y resolviendo entuertos que sus colaboradores presentaban, aprovechando que podían verlo y sabedores que saldría por unas horas del lugar de trabajo; el jefe atendía de buenas a todos, giraba instrucciones salpicadas con chistes y ocurrencias que a todo mundo hacían reír, contrastando con la solemnidad de sus acompañantes.

Llegaron al estacionamiento, abordaron el vehículo y partieron a la sucursal a visitar, a la que sin contratiempo llegaron; saludaron a la gerente y comenzaron sus actividades. Los colaboradores del jefe se dispersaron en las áreas administrativas, interactuando con los empleados de la sucursal; el jefe por su parte visitaba las áreas de producción acompañado por una de sus colaboradoras, quizá la más seria de todos. Recorrieron pasillos inmensos, el jefe lleno de buen humor platicaba con todo mundo, escuchaba sugerencias, quejas y brindaba soluciones inmediatas. Confiando en su colaboradora le soltó a bocajarro: “Estos muchachos necesitan aplicarse más, hasta parece que no aprovechan las capacitaciones. Mira a aquel.” dijo dirigiendo la vista a uno de los técnicos que se hacía bolas con su computadora y una memela repleta de frijoles y salsa y agregó entre risas “Creo que su señora no le da de almorzar.” Recibiendo una fría respuesta de su colaboradora: “Es mi marido”. El jefe se rio nerviosamente e incrédulo le dijo “Es broma ¿Verdad?” A lo que su colaboradora le respondió más secamente: “Es mi esposo”. En ese momento otro de sus colaboradores los había alcanzado y estando ubicado a espaldas de la licenciada le hacía señas con la cabeza al jefe, diciéndole que era cierto. Apenado, el jefe solo atinó a disculparse.

En la fila de las tortillas. Esa mañana los consumidores llegaban a la tortillería y se encontraban con la sorpresa de que estaban arreglando la máquina, “No tardamos” decían para mantener la esperanza en sus compradores y lo cumplieron, en un par de minutos la máquina comenzó a chirriar y a esparcir el característico olor de las tortillas recién hechas. La fila había crecido. Las personas que estaban en la punta de la fila comenzaron a salir con sus bolsas y paquetes de tortillas bien calientes.

Una de ellas, señora entrada en años cargando su bolsa llena de recaudo, terminó de comprar sus tortillas y muy sociable comenzó a saludar a quienes aguardaban su turno. Feliz de la vida preguntaba a cada una de las personas formadas sobre su estado y el de la familia y vecinos. Se notaba que conocía a todos sus vecinos. Se entretuvo con uno de ellos, platicaron de todo y antes de despedirse centró su atención en un joven que también hacía fila, rauda le saludó, el joven correspondió al saludo; ella aprovechó para preguntarle de amistades en común a lo que el joven respondía, dándole razón de quienes ellas preguntaba.

Muy contenta por haberse informado de sus amistades, la vecina envió saludos a todos y confiadamente le dijo al joven: “Me dio mucho gusto verte, ya ves que también tuve buena amistad con tu mamacita, que en gloria esté”. A lo que el joven respingó: “¡No! ¡Si mi mamá todavía vive!”

La vecina desconcertada se disculpó y tratando de arreglar su error le soltó: “Me equivoqué. La que falleció fue la segunda esposa de tu papá”. El joven, estupefacto, respondió de inmediato “¡No! ¡Mi papá no tiene una segunda esposa!”. En ese momento todos en la fila se carcajeaban de las metidas de pata de la vecina, incluso su joven interlocutor.

Otro vecino intervino y con buen humor le pidió a la vecina que mejor ya no dijera nada, que se defendía mejor callada y que con el saludo bastaba, a lo que todos asintieron. Ella, también de buen humor se disculpó con el joven y siguió su camino despidiéndose alegremente de todos, mientras que la fila de las tortillas avanzaba con mayor rapidez. *NI*




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