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*LOS DELFINES

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

Eran los primeros años de la década de los 70, hace ya medio siglo, cuando una noticia dio vuelta por todo el país, tele, radio y periódicos anunciaban que en la Ciudad de México entraría en operación un moderno autobús para el transporte de pasajeros llamado “Delfín”, pues en ambos costados de su carrocería pintada de blanco y con dos rayas: una gris y otra color melón, lucía una bonita figura en relieve de un delfín; los camiones fueron construidos por DINA – CASA con motor a diésel y resultaban bastante cómodos, con 41 asientos mullidos y además no se permitía viajar de pie; todos los pasajeros debían viajar sentados.

En esa época el transporte de la capital del país contaba con tranvías, taxis, metro y camiones llamados “chimecos”, por lo que el servicio de los delfines derivó en una agradable novedad para la movilidad citadina. La primera vez que vi y utilicé el servicio de un delfín fue debido a que acompañé a mi papá a las oficinas de su trabajo en el Instituto de Capacitación Ferrocarrilera, ubicado a un costado de la estación de trenes de Buenavista; recuerdo que muy temprano salimos de casita para dirigirse caminando a la antigua central de autobuses de Tula.

Yo me admiraba de ver las altas banquetas de la calle Hidalgo grafiteadas por los estudiantes que decían venían del Mexe a realizar protestas y signaban leyendas como “Viva Pancho Villa” o “Zapata vive”, siendo un niño yo tomaba dichas expresiones a la letra y le comentaba a mi papá que no era posible que no supieran que tanto Villa como Zapata estaban muertos, mi papá sonreía y me respondía que seguramente no sabían de historia.

Llegamos a la entonces nueva y moderna central camionera de autobuses del norte, cuando un hombre sonriente nos abordó saludando con un afectuoso abrazo a mi papá y a mí, se trataba de Juan García, primo de mi mamá, avecindado en Querétaro y también instructor ferrocarrilero, sólo que, de motores, a diferencia de mi papá que instruía sobre vías. Ambos intercambiaron algunas palabras y al darse cuenta de que se dirigían al mismo sitio nos fuimos juntos. Afuera de la central del norte, pasando la Avenida de los Cien Metros (en ese tiempo aún no existía la línea 5 del metro) se encontraban los modernos delfines y raudos abordamos uno que recorrería la Avenida de los Insurgentes hasta dejarnos en Buenavista. Recuerdo que ya estando en camino Juan decía que deberíamos haber tomado el chimeco, pues el pasaje costaba un tostón (50 centavos) a diferencia del delfín que costaba el doble.

Pasaron unos años y sería quizá en 1977 cuando se anunció que a Tula llegarían los famosos delfines; era para no creerse. En esa época el escaso servicio de transporte colectivo de pasajeros era brindado con viejos autobuses que escasamente salían hacia las comunidades más alejadas dando tumbos sobre polvosas terracerías. En muchos casos, el transporte colectivo de pasajeros en zonas urbanas y periurbanas era suplido por las unidades que brindaban servicios foráneos, por ejemplo: para viajar del Centro a Jalpa había que tomar un autobús que fuera a México por Tepeji y eso si el chofer aceptaba llevarte y bajarte en tu destino. Lo mismo ocurría si el pasaje quería viajar del Centro a San Marcos.

Ese domingo, al ir caminando a la tortillería de don Mundo Castelán vi bajar de la curva y deslizarse elegantemente por la recta de Jalpa a un delfín. Me emocioné al pensar que la modernidad en el transporte colectivo de pasajeros había llegado a nuestra ciudad, pero a diferencia de los delfines de la Ciudad de México, el delfín de Tula llevaba pasaje parado, iba lleno hasta las puertas de entrada y de salida.

De regreso a casa platiqué lo que había atestiguado y mi hermana Lola me dijo que uno de nuestros vecinos empezó a trabajar en la naciente empresa y le había platicado que tendrían dos rutas cuyo origen y destino sería el Centro, a un costado del tianguis dominical: una pasaría por Jalpa, La Tolteca, El Carmen, El 61, las entradas de San Ildefonso, la de Santa María Ilucán y la de San Lucas, Monte Alegre, Cruz Azul (en esa época el tránsito vehicular pasaba por en medio de la planta de cemento), San Miguel Vindhó, Zaragoza, San Marcos, San Lorenzo y el tianguis. La otra ruta correría en sentido inverso. El pasaje en general, subieras y bajaras, en cualquier punto de la ruta, parece que era de tres pesos.

Ya se me hacía tarde para buscar la primera oportunidad de ir a tomar el delfín y disfrutar de un cómodo viaje, así que, ahorrando las monedas del domingo, al salir el lunes de la Benito Juárez caminamos hacia el tianguis en lugar de ir hacia Jalpa, qué necesidad tendríamos, ya lo haríamos en un cómodo transporte colectivo. Llegamos al tianguis y preguntamos qué autobús seguiría la ruta de El Carmen, esa era la nuestra, los operadores eran muy gentiles y nos explicaron que también había otra ruta que llegaba a Tepeji, por si nuestro destino era Monte Alegre u algún otro, lo mejor sería que tomáramos el que hacía el circuito arriba descrito.

Subimos al cómodo autobús, la mayoría de los asientos estaba ocupado por los estudiantes de la Tollan, nos acomodamos a fin de estar cerca de la puerta de bajada e hicimos bien, pues de inmediato se llenó con estudiantes de la Teresa Martín; los de la Tollan eran cábulas y entre risas comenzaron a gritar “huele a madres”. El camión salió y corrió por la calle 5 de Mayo, dio vuelta en Morelos e hizo parada en la esquina de Hidalgo, subieron más personas que venían del mercado, se infería porque iban cargadas con bolsas de mandado, dio vuelta por Atanasio Bernal, cruzó las vías con precaución y continuó por Lázaro Cárdenas. El delfín que iba a San Marcos hacía el mismo circuito, sólo que después de parar frente a la farmacia Hidalgo daba vuelta para tomar Manuel Rojo del Río y luego vuelta por 5 de Febrero hasta entroncar con Melchor Ocampo y de allí hasta la Avenida Nacional.

Los bonitos delfines fueron desapareciendo paulatinamente, es importante recordarlos, pues iniciaron el transporte colectivo de pasajeros en la zona urbana y periurbana de Tula en un par de rutas que, tomando en cuenta la frecuencia de camiones y camionetas que se ven circular, hasta la fecha parecen ser las más demandadas. Otro punto importante es que la ruta seguida en el Centro de Tula por los delfines era muy cómoda para el pasajero, no tenía uno que desplazarse a puntos alejados de los centros de abasto, de comercio y de servicios, cargando bolsas y canastas para poder viajar a su destino con el menor esfuerzo y al menor precio. ¡Qué bonitos eran los delfines! *NI



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