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*LAS PASTORELAS DE DON ÁLVARO Y LETI.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

Eran principios de los años 70 y la modernidad avanzaba a pasos agigantados, los vecinos de la Avenida Lázaro Cárdenas en Jalpa veíamos con júbilo a las cuadrillas de trabajadores de Luz y Fuerza plantar los postes para tender el cableado que, por fin, llevaría energía eléctrica a nuestras viviendas; dejaríamos de prender velas y cuando la ocasión lo ameritaba una lámpara de gas con una pantalla que alumbraba bastante bien. los señores se organizaron para construir un depósito para agua en lo alto de una loma, llevaban tubos y abrían zanjas para construir una red y poder surtir a todas las casas de la colonia.

Las viviendas apostadas sobre la avenida no eran muchas y predominaban enormes pirules apostados a sus costados, la mayoría de las personas usaban bicicletas para trasladarse a sus trabajos, sobre todo quienes laboraban en La Tolteca. Al mediodía la algarabía de un claxon llamaba a las amas de casa a salir de sus viviendas para comprar tortillas calientitas, envueltas en papel de estraza que iba a repartir un personaje también vecino de Jalpa, de aspecto serio pero sonriente, bien peinado y afeitado, vestido siempre con camisa blanca de manga corta y pantalón caqui, conocido como “don Álvaro”, montado en una moto de carga y en otras ocasiones en un pequeño auto de carga de la marca Datsun, comúnmente acompañado de alguno de sus hijos a quienes cariñosamente llamábamos por sus sobrenombres: “chito”, “nene” y “niño”. Los chiquillos que salían a comprar las tortillas le pedían a don Álvaro que les dibujara un puerquito en su envoltorio y él de buena gana tomaba una pluma y dibujaba con rapidez la cara de un cerdito, para de inmediato partir a continuar con sus entregas.

Las tortillas de don Álvaro se producían en un expendio establecido en el mercado y de un pequeño local ubicado en Avenida del Trabajo en la esquina de General Anaya, atendidos por sus hijas Mireya y Leti con algunas ayudantes. A unos pasos de esta última tortillería se encontraba un molino en donde se preparaba el nixtamal y salía la masa para alimentar a las poderosas máquinas que producían las deliciosas tortillas, para beneplácito de los consumidores que hacían largas filas para comprarlas.

El trato cotidiano nos llevó a varios chamacos de Jalpa: Cali, Raúl, Güicho, Pablo, Bertha, Héctor, Thelma, Concha, el gordo y el flaco, Rosa Elena y a mí, a entablar amistad con los hijos de don Álvaro, al grado que los miércoles ellos gestionaban el permiso de su mamá, doña Thelma, para invitar a sus amiguitos a ver la tele, pues no todos teníamos el prodigioso artefacto que atraía la atención de chicos y grandes. Esos miércoles, por el canal 5 se podía ver el maravilloso mundo de Disney que programaba hermosas series e historias que de niños disfrutamos mucho.

Al paso del tiempo don Álvaro construyó en su propiedad una pequeña cancha empastada para jugar futbol y otra para jugar voli o tenis, además de una alberca y un pequeño foro teatral con una fuente y abrió el restaurante “La Fuente”. Los amigos de sus hijos, de todas las edades, ya no salíamos de su casa, era nuestro cuartel general y en una ocasión, quizá sería el mes de octubre la invitación llegó para que participáramos en una pastorela que se presentaría en el forito teatral el 21 de diciembre, fecha del cumpleaños de Chayo, una de las hijas pequeñas de doña Thelma y de don Álvaro; sumándose al grupo de vecinos se sumaron los sobrinos de don Álvaro: Thelma y su hermano, “los espartacos”, también hijos de sus amistades: Adriana de la popular papelería, los Zavala del Centro, Maribel de Jalpa, entre otros.

Me platica Leti, muy gentilmente cómo surgió en su papá y ella la idea de montar una pastorela infantil: “Mis papás se casaron en Tula, por motivos de trabajo se mudaron a Mazatlán. Mi hermano “el niño” nació en Culiacán, los demás nacimos en Tula. De regreso en su terruño, mi papá compró una tortillería y en sus entregas a domicilio encontró una casa en Jalpa y en acuerdo con mi mamá la compró y la arregló muy bonita.”

“Ya en Jalpa, mi papá comenzó organizando posadas por el cumpleaños de mi hermana Chayo, cada 21 de diciembre, eran fechas muy bonitas porque mi papá compraba grandes canastos de fruta para los aguinaldos; hasta que las posadas se desorganizaron porque unos vaguillos les prendieron fuego a unas piñatas. Entonces vi en una revista una pastorela, se la mostré a mi papá y a los dos nos interesó mucho hacerla con actores infantiles. Así que mi papá la tomó como base y escribió una obra más larga que duraba como unos 30 minutos. Esa fue nuestra primera pastorela; recuerdo que el guion se lo presté a una maestra y no me la devolvió. La segunda pastorela ya fue de la inspiración de mi papá, era más larga, con la presencia de varias brujas y diablillos. Recuerdo con mucho cariño a quienes actuaron en las pastorelas.”

Leti continúa con su interesante relato: “Siendo joven, mi papá vivía con mis abuelos en lo que era el cine Lindavista, que también fue hotel y foro para la presentación de obras de teatro. Al casarse e independizarse, mi tío Rodolfo le vendió un cine en Tepeji, por lo que no era ajeno a la organización de espectáculos. A mi papá le gustaba escribir poesía, era medio poeta, tenía esa vena literaria quizá desde pequeño; también le gustaba declamar, yo lo vi en una fiesta hacerlo. Se aprendía de memoria versos y los recitaba. Era una persona muy culta, leía, leía, leía y leía todo el tiempo. Si no lo veías trabajando, lo veías con un libro en la mano. Leía el periódico todos los días, el Novedades y el Excelsior. Mis primos “los espartacos” lo apreciaban y gustaban de platicar con él de todos los temas posibles. Mi hija le preguntaba muchas cosas de las tareas de su escuela.”

“Tengo una pastorela escrita por él, con fecha de 1983, la estoy pasando a un archivo electrónico, cuando lo tenga completo te lo compartiré. Debes recordar que los diálogos se escribían en verso. En algunas ocasiones nos invitaron a poner la pastorela en la Catedral y en la calle Guerrero. Mi papá cargaba su camioneta Datsun verde con todos los actores, quienes en el camino iban recitando la pastorela: buenas y santas noches, tengan todas sus mercedes…” dice alegremente Leti, recordando aquellos felices días.

A la par de los ensayos que ambos dirigían, don Álvaro construyó un armazón de tubo galvanizado para sostener una lona y cubrir al público del forito del frío y de la lluvia; mientras su hijo “el nene” preparaba sobre papel la escenografía que los pequeños actores utilizaríamos y le plasmó a manera de firma: “D. Rivera y R. Tamayo”. Leti preparó los trajes para nuestro debut artístico: jorongos de jerga, calzones de manta, sombreros de paja para los pastores y lustrosos vestidos largos para los ángeles y la sagrada familia. Don Álvaro se encargó de construir un armazón de alambre y Leti las forró con papel para darle forma a las alas de los ángeles, además de hacer los disfraces con todo y capa, cola y cuernos para los traviesos diablillos. En una ocasión Leti utilizó el traje de ángel en una escenificación que se realizó en la capilla de San Martín de Porres en Jalpa, en donde ella fue catequista de los niños más pequeños que acompañaban a sus hermanitos a la doctrina.

La noche del debut teatral todo fue ajetreo, nervios, ansiedad por la presentación. Los invitados, familiares y amigos de doña Thelma y de don Álvaro, además de las familias de los actores, llenaban las sillas dispuestas para el público. Los hijos de don Álvaro y sus amigos hacían de técnicos y preparaban a los actores en su peinado y arreglo, seleccionaron la música, instrumentos y hasta la pólvora que se usaría para la aparición de los diablillos. He de decir que tantas tardes de ensayos rindieron frutos, los ademanes y diálogos de los actores, además de sus disfraces produjeron una carretada de aplausos del público que, felices, pidieron la repetición de la obra. Terminada la pastorela seguía la posada: piñatas, aguinaldos, ponche, juegos, que disfrutábamos hasta caer rendidos.

Con mucha emoción Leti comparte: “Para mí la verdad es el recuerdo más bonito y cercano que tengo de mi papá. Él era un hombre de trabajo y se dio tiempo para escribir y organizar las pastorelas; además me daba oportunidad de meter la mano en el guion y confeccionar los trajes a los actores. El falleció el 31 de julio de este año, un día antes entré a verlo y le agradecí esa experiencia maravillosa al realizar las pastorelas y permitirme convivir con él, por darme ese ejemplo de vida, porque me enseñó a levantarme temprano, a ser limpia, a vivir de mi trabajo de manera honesta.”

Actué en dos de las pastorelas de don Álvaro y de Leti. Para el tercer año don Álvaro la canceló, quizá cansado de las travesuras que sus actores realizábamos en los ensayos. Siendo chamacos, dedicados a la escuela, a los juegos y a ayudar en las labores familiares, el hecho de participar en una actividad cultural, artística que demandaba horas de ensayos, estoy seguro de que influyó positivamente en muchos de aquellos que alguna vez contamos con la confianza de don Álvaro y de Leti para actuar en sus pastorelas ¡Gracias por ello don Álvaro y Leti! *NI*





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