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*La esperanza política.

Por MIGUEL ANGELES ARROYO

Faltan 137 días para que más de 6 millones de ciudadanos vuelvan a las urnas para elegir a sus nuevos gobernadores. El próximo 5 de junio, los ciudadanos de Aguascalientes, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Tamaulipas y Quintana Roo elegirán a su nuevo gobernador; Estados en los cuales de acuerdo con encuestas, en cinco de esas seis entidades podrían decantarse por una alternancia política.

Cada estado tiene sus propias fechas para la organización de sus procesos electorales, en Hidalgo del 2 de enero al 10 de febrero será para la precampaña.

Durante este tiempo, los precandidatos a los cargos de elección popular debidamente registrados por los partidos políticos, pueden realizar actividades de proselitismo como reuniones publicas, asambleas, marchas o cualquier evento dirigido a afiliados, simpatizantes o al electorado en general; con el objetivo de obtener respaldo para ser postulados como candidatos.

Habrá que exhortar a los precandidatos, partidos políticos y, en general, a todos los actores políticos que están involucrados en el proceso electoral en curso, a dar su mayor esfuerzo para generar y desarrollar precampañas y campañas de altura, acordes a las demandas ciudadanas, en las que destaquen las propuestas y el debate, y no tengan cabida los descalificativos.

Pero, también corresponde al ciudadano practicar la cultura política, entendida como la manera en que las personas entienden, se relacionan y llevan a la práctica ciertos valores, es decir, la cultura responde a qué piensa la población de las instituciones, cómo las evalúan, su grado de participación o no en la actividad política, la manera de cumplir la ley, su relación con el otro en la construcción de ciudadanía entre exigencia de derechos y cumplimiento de deberes.

Hay un patrón que se repite en la cultura política de quienes han manejado el poder, indistintamente del partido al que han pertenecido y de la ideología que han profesado, si es que hubo alguna vez ideología.

Hay ciertas expectativas en torno a este debate, en el sentido de conocer si, efectivamente, la cultura política de la mayoría de la población se expresa en la actuación de los políticos que tenemos; o si, acaso, las aspiraciones de la gente están muy lejos de la gestión de sus líderes.

¿Los políticos son el reflejo de la cultura política? O ¿La cultura política explica los políticos que tenemos? ¿Qué es lo primero: el huevo o la gallina? Más allá de las respuestas, sin embargo, la actuación de quienes hacen política ha sido la misma en la búsqueda de soluciones a las crisis económicas e institucionales y casi ninguna a la descomposición social, la violencia y la delincuencia.

Quizás un buen ejemplo de inmadurez en términos de cultura política es la idea que las preferencias electorales personales son, al mismo tiempo, una suerte de pacto ontológico.

Parecería que es muy difícil entender que una cosa es tomar una decisión electoral cada tres o seis años y otra la concepción del mundo, de la vida y de los afectos que cada quien tiene.

Cierto, hay ocasiones en que ambas coinciden pero, por regla general, las preferencias electorales se ejercen o manifiestan en el marco de cuatro opciones limitadas, que poco tienen que ver con la vida como tal:

a) El abstencionismo (de plano no se vota ni se participa en un proceso electoral, lo cual no quiere decir que se tenga una indiferencia generalizada hacia la existencia)

b) El voto por convicción (no importa quién sea el candidato o programa, siempre se ha votado por un Partido determinado y se mantiene esa inercia tradicional)

c) El voto coyuntural (dado un número limitado de opciones, se elige aquella que se considera la mejor o la menos mala en un momento específico, lo cual tampoco quiere decir que se ha firmado un contrato de por vida)

d) El voto nihilista (se acude a votar pero con la certidumbre que ninguno de los candidatos y/o partidos vale la pena e intencionalmente se anula el voto)

Distinguir entre una elección más o menos racionalizada--que en el mejor o en el peor de los casos dura sólo seis años-- y una convicción personal--que en el mejor o en el peor de los casos dura toda un vida-- ayudaría mucho a superar ese ámbito de encono y descalificación irracional que ha marcado la vida política en México y en buena parte del mundo esta última década. *NI*



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