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En la cotidianeidad de un lustrador de zapatos

Actualizado: 5 may

*Ahí hallamos a don Miguel, con 35 años en esta actividad en el centro de Tula.


Por MARLENE GODÍNEZ PINEDA


Lo primero que me comenta es sobre la guerra en Ucrania, para abrir la conversación que le urge entablar antes de comenzar a trabajar, poco antes de las 12 del día. Al corazón de la ciudad de Tula llega como todos los días con su carrito de bolear zapatos, el que guarda en una tienda cercana para no tener que caminar con él hasta las alturas de la colonia San José, donde él vive.


Es don Miguel, el bolero de la esquina derecha del jardín municipal, en la línea donde además de él otros hombres se dedican a lustrar los sueños atrapados en los zapatos, ávidos por recorrer kilómetros para por fin hacerlos realidad. Intento guiar la conversación hacia la difícil situación que vivieron por la pandemia y después con la inundación.

Pero se resiste a hablar del tema, sólo reconoce que ha bajado mucho la cantidad de zapatos a lustrar. Su contagiosa alegría se niega a quejarse de la situación y sólo lo hace al hablar de sus hijos, solamente procreó varones y cada uno ya hizo su vida, tan es así que de él no mucho se acuerdan.

Hace 35 años bolea zapatos en el centro de la capital tolteca; ahí su don de gente hace que lo busquen y lo esperen hasta que llega con su sonrisa que contagia. Tiene 72 años, la mayoría de ellos vividos en Tula, antes estuvo en la Ciudad de México procedente de su natal Puebla. Recuerda que un amigo le enseñó el arte de lustrar zapatos, actividad que sustituyó al comercio.

Don Miguel se apura en disponer de todo lo necesario para comenzar su jornada; de repente se acuerda que trae su comida y debe guardarla en el refrigerador de una tienda cercana, donde desde hace tiempo se lo permiten. Es la ventaja de hacer amigos, comenta sin desdibujar su sonrisa.

Lleva cinco años viudo y debe arreglarse la vida que conlleva vivir solo. No es tanta su soledad, dice, porque Dios está con él y se manifiesta de manera diferente; lo mismo lo ve en la cruz que se forma con los cascarones de los blanquillos con los que se prepara de comer, como en otros objetos que de manera caprichosa le recuerdan a Jesucristo.

Retrasa el momento de preparar su carrito, se sienta a mi lado, pero ya urge abrir su negocio. En tanto recuerda que boleaba zapatos en Ventas, la Terminal de Distribución de Pemex; una persona lo ayudó, contra la opinión de los demás, con el superintendente para que le dieran permiso y resulta que es mi padre. No puedo evitar sentirme orgullosa.

Se alegra por coincidir conmigo; llega una cliente, acompañada de otra mujer, que le entrega sus zapatos para que les saque brillo. Comienza su labor, pero nos anuncia que nos cantará una canción. “Mujeres divinas” se le oye interpretar y otras más. A don Miguel además del canto le gusta componer melodías, las tiene escritas y nunca las ha grabado.

No por nada le dicen poeta algunos de sus conocidos y amigos, que no son pocos; don Miguel de Jesús no sólo bolea zapatos, regala su espíritu alegre en cada lustre que le da al calzado y en su cotidianeidad nos recuerda lo verdaderamente importante: ser felices a pesar de las circunstancias adversas, por eso no me permite escudriñar en las inconveniencias de su actividad luego de una larga pandemia y no menos desastrosa inundación. *NI*






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