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*El Desarrollo Urbano y el derecho a la ciudad.

Este concepto surge en 1968 cuando el francés Henri Lefebvre escribió el libro El derecho a la ciudad, como respuesta a las necesidades y problemas de la realidad urbana suscitados en esa época, tales como su crecimiento y la falta de planificación, producto del proceso de industrialización.

Sobre el particular, Lefebvre determinó que antes de ese fenómeno, las ciudades constituían centros urbanos de vida social y política, con un carácter orgánico de comunidad del pueblo que apoyan a comerciantes, artesanos, campesinos, donde se acumulaban riquezas, conocimiento, técnica, obras de arte y monumentos, y se poseía un sentimiento de pertenencia.

No obstante, después, surgió la ciudad en donde prevalecía el comercio y los productos. Así, las tendencias se centraron en: 1) Un urbanismo que trataba de erigir edificios y ciudades a la medida de los consumidores; 2) el urbanismo de los administradores vinculados al sector público, el cual descuidaba el factor humano, y 3) el urbanismo de los promotores, quienes actuaban para el mercado, con propósito de lucro, y vendían inmuebles y urbanismo. Luego, el urbanismo se extendió sobre las periferias de los centros y se acrecentó el problema de la sociedad urbana.

Como resultado, señala Lefebvre prevaleció lo monetario, el intercambio, el comercio, los productos, la generalización de la mercancía, que son valor de cambio, lo cual tendió a destruir a la ciudad y a subordinarla. Es decir, la economía industrial negó lo social urbano, por lo que la industrialización asoló las estructuras establecidas, la creación de productos reemplazó la producción de obras y de relaciones sociales vinculadas con esas obras, y la explotación redujo o desapareció la capacidad creadora.

Para Lefebvre esas tendencias de la sociedad de consumo dirigido, se concretaron en la construcción de centros comerciales, centros de consumo privilegiados, de consumo programado y cibernético, centros de decisiones que concentran los recursos de poder: información, formación, organización y operación, represión, y persuasión (ideológica y publicidad). En torno a estos centros, en orden disperso, se repartieron sobre el terreno las periferias, y en consecuencia “la urbanización desurbanizada”.

Este urbanismo contribuyó a imponer una ideología de la felicidad generadora de satisfacciones, de explotación de la gente como productores y consumidores de productos y espacio. Todo ello, planteó el problema político de la sociedad urbana. De modo que Lefebvre abogó por redefinir las formas, funciones y estructuras económicas, políticas, culturales y las necesidades sociales inherentes a la sociedad urbana; y por ende, el establecimiento de una ciencia de la ciudad.

Los conceptos y teorías de esta ciencia debían avanzar conforme se suscitará la realidad urbana, la praxis de la sociedad urbana, la práctica social. Su objeto lo constituiría la ciudad, utilizaría métodos, procedimientos y términos tomados de otras ciencias, y partiría de la ciudad histórica como texto social.

En consecuencia, la ciudad lograría esbozar su contorno, imaginar el reverso de la situación existente, intentar recuperar el lugar primordial, y poner el arte al servicio de lo urbano. “Esto quiere decir que los tiempos-espacios se conviertan en obras de arte y que el arte pasado se reconsidera como fuente y modelo de apropiación del espacio y del tiempo.”

En resumen, Lefebvre promueve poner en un primer plano, junto con una transformación política, una revolución teórica y urbana, una reforma urbana y de estrategia urbana, cuya filosofía otorgue un sentido de lo total y no de lo fragmentario, y apunte a la realización de otra humanidad liberada de la escasez y el economicismo, de conformidad con las técnicas, el arte y el conocimiento, y sobre la base de una industrialización avanzada y planificada.

La urbanización es una de las tendencias globales más importantes del siglo XXI. Actualmente, más de la mitad de la población mundial vive en zonas urbanas, y se estima que en 2030 esta cifra ascenderá al 60 por ciento.

En muchos lugares, la tendencia hacia la rápida urbanización va de la mano con la creación de más barrios pobres, con más personas en condiciones de vida inadecuadas y sin seguridad de tenencia de sus viviendas y de la tierra, así como con mayores disparidades, desigualdades y discriminación.

Sin embargo, los procesos de urbanización en que se respetan y promueven los derechos humanos tienen el potencial de transformar este fenómeno de uno en que los derechos de las personas son a menudo ignorados o negados, a una fuerza que contribuya positivamente a las vidas de la mayoría de la población mundial.

Esta es la visión que promueve la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en la que los gobiernos se comprometen a "lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles” (Objetivo 11).

Desafortunadamente, hoy en día la mayoría de los municipios no cuentan con un Plan de Desarrollo Urbano o el que tienen no está actualizado ni articulado con los Derechos Humanos.

Los derechos humanos son la clave para promover y desarrollar procesos de urbanización sostenibles y socialmente inclusivos, que promuevan la igualdad, combatan la discriminación en todas sus formas y empoderen a los individuos y las comunidades.

En ese sentido, uno de sus grandes logros será fomentar la participación ciudadana –lo cual incluye al sector privado– con una visión de largo plazo, sustentable y competitiva, que le da continuidad a planes y proyectos locales y regionales.

Un enfoque de derechos humanos es vital para que las ciudades funcionen como lugares con igualdad de oportunidades para todos, donde las personas puedan vivir con seguridad, paz y dignidad. *NI*



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