• nuevaimagendigital3

*CAMINANDO POR LA AVENIDA NACIONAL.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

Quizá sería 1978 cuando un grupo de adolescentes, estudiantes de la Tollan, acordamos vernos el siguiente sábado a media mañana para realizar un trabajo en equipo; una de las compañeras ofreció su casa como sede, ubicada en lo que hoy es el callejón Colosio. El argumento que a todos convenció es que su mamá era maestra y podría auxiliarnos para que el trabajo en equipo resultara todo un éxito.

La mayoría de alumnos que, en esos lejanos años, acudía al turno matutino de la Tollan provenía de municipios vecinos: Tepetitlán, Tepeji, Tezontepec, Tlahuelilpan; por lo casi todos los integrantes del equipo no sabían cómo llegar al domicilio de nuestra compañera; así que muy quitado de la pena me ofrecí a esperarlos en el jardín del centro de la ciudad y caminar hasta San Lorenzo, desoyendo a nuestra anfitriona que recomendaba tomar el camión con rumbo a México, pasando por Cruz Azul y Tepeji.

En aquellos ayeres, el jardín de Tula, llamado Plaza de la Constitución, estaba rodeado por un circuito de calles, no era exclusivamente peatonal. Los negocios que la rodeaban eran emblemáticos de la época, como la zapatería Canadá, en donde se podían adquirir los fabulosos “Vagabundo” cuya publicidad a cargo del “Loco” Valdez establecía: “Para caminar, caminar sin descansar, sólo con vagabundo Canadá”; tenían unos zapatos muy de moda hippie que eran la sensación, causaban furor: tacón alto, plataforma, con la figura de un pato en los costados.

Otro edificio emblemático era el palacio municipal, con su gran reloj que recibía mantenimiento de empleados municipales entrenados para ello, como don Jorge Vega. Otra de las construcciones importantes de esa época resultaba la central camionera y precisamente, frente a la pequeña puerta que la conectaba a la calle frente al jardín me puse a esperar a mis condiscípulos de la Tollan para irnos a San Lorenzo y realizar nuestro trabajo en equipo.

De excelente humor nos juntamos una media docena de chamacos y emprendimos la caminata por la calle Juárez, después Leandro Valle y Melchor Ocampo; al paso por el Club de Leones algunos se empezaron a quejar de que íbamos muy lejos y a pata, que mejor tomáramos un taxi. A la altura de la capilla de San Lorenzo les señalé que estábamos muy cerca, que sólo era cosa de caminar por esa carretera y a unos metros encontraríamos la casa de nuestra compañera. Escépticos me miraban, pero como no tenían de otra me creyeron.

En esos ayeres, la Avenida Nacional era una carretera angosta y poco transitada, por ambos lados los terrenos tenían cercas de piedra y enormes pirules brindaban su sombra todo el día. Las pocas casas sobre la avenida terminaban con la Verbena, la socorrida tienda de la familia Rodríguez Benítez, todo un oasis para los trabajadores que tarde con tarde pasaban a saciar su sed después de una larga jornada en el campo o en La Tolteca.

El paso de un auto y una sonriente cara nos sacó de la concentración requerida para caminar en fila india por la Avenida Nacional, se trataba de una compañera que, llevada en auto por su papá, se dirigía a la cita del equipo; algunas compañeras hicieron el intento de que se detuviese y aprovechar el raid, pero eso no ocurrió. Unos metros más adelante, mis compañeros me volvieron a cuestionar la, según ellos, enorme distancia que les hacía caminar, incluso unos amenazaban con regresar a tomar un camión y hasta con ya no participar. Sólo el temor a no recibir una buena calificación los hizo desistir de su cometido, así que molestos siguieron preguntando si ya pronto llegábamos, recibiendo la misma respuesta: “ya estamos cerca”.

La mañana seguía avanzando y el cansancio de mis compañeros también, una tercera vez me preguntaron si ya íbamos a llegar, les dije que ya, que incluso se veía el barandal de la casa de nuestra compañera, sólo eso los tranquilizó y animó a dar los últimos pasos, hasta que por fin tocamos a la puerta de la compañera, quien muy feliz nos hizo pasar y acomodó en su casa; su mamá muy gentil nos dio la bienvenida y ofreció agua fresca. Al escuchar las penas de mis compañeros me llamó la atención por no avisarle a efecto de que en su auto fuera por nosotros al centro.

Ya relajados, dedicamos toda la mañana y medio día a realizar nuestro trabajo; la maestra lo revisó, realizó sugerencias que seguimos y muy contentos terminamos y nos quedamos a comer con la familia. Aún faltaba el regreso y todos sufrían por ello, sólo que la maestra pareció adivinar el pensamiento y de inmediato nos acomodó en su vagoneta para dejarnos en un santiamén en el centro de Tula, desde donde cada uno tomó hacia su destino final.

Con la experiencia de lo que mis compañeros calificaron como larga caminata, el equipo decidió que, en lo futuro, los trabajos en equipo de fin de semana, mejor los realizaríamos en los prados de la catedral, lo cual les platicaré en otra entrega. Eso sí, no me salvé de que durante unos días me trajeran en bromas por haberlos llevado caminando por una de las avenidas más bonitas que ha tenido nuestra ciudad, la Avenida Nacional. *NI*



38 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo