*La política de intimidación.

Por Esteban Ángeles

La irrupción violenta en las instalaciones del PRI Hidalgo no es un hecho aislado ni menor: es un mensaje político. No se trató de un robo, sino de un acto de intimidación. Revisaron documentos, dejaron amenazas y confirmaron lo que ya se percibe en la calle, que la inseguridad no solo afecta a la ciudadanía, también se utiliza como herramienta de persecución

contra la oposición.

La violencia contra el PRI encaja en esa lógica de amedrentamiento y constituye, al mismo tiempo, un ataque contra la pluralidad y una señal del fracaso gubernamental para garantizar seguridad y estabilidad. Y si el mensaje fue claro, más clara debe ser la respuesta: la democracia no puede sostenerse bajo la sombra de la violencia.

En este contexto, el gobierno pretende disfrazar la crisis con llamados a la “cordura”. Pero lo cierto es que Morena no gobierna: intimida. Su dinámica interna se encuentra desbordada por guerras intestinas que exhiben la descomposición de su proyecto. Quien gobierna con miedo, pierde el poder. Los pleitos entre Tello y Mendoza, o entre Viggiano y Simey Olvera, muestran que el poder ha perdido el control de su narrativa y la confrontación se convierte en el sello de la política hidalguense.

La persecución no se limita a la oposición partidista. Las agresiones contra líderes sindicales del municipio de Pachuca y del propio Gobierno del Estado confirman un patrón de hostigamiento. A ello se suma el caso del senador Cuauhtémoc Ochoa, condenado no por un fallo judicial sólido, sino por no complacer al grupo político del gobierno. Estos hechos envían un mensaje inequívoco: quien incomode al régimen será castigado.

En paralelo, la revocación de mandato se ha convertido en la nueva apuesta del oficialismo.

Grupos ligados a Armando Mera, jubilados afines a Víctor Licona y la fracción sosista del PT ya la promueven, mientras Morena prepara a sus operadores para convertirla en ratificación forzada. No se trata de un ejercicio ciudadano auténtico, sino de un nuevo campo de batalla para legitimar al poder o desgastarlo prematuramente. Esto no es democracia: es simulación, es polarización fabricada para prolongar un poder en evidente deterioro.

Todo ocurre mientras los problemas reales permanecen sin solución. El Sistema Estatal de Salud se hunde entre la falta de medicinas y la deficiente atención; las ciudades y carreteras se deterioran sin mantenimiento; la inseguridad, el narcotráfico y el contrabando de combustibles mantienen en zozobra a las familias. Mientras tanto, Morena prefiere desgastar a la oposición antes que responder a lo que verdaderamente importa.

El ataque al PRI Hidalgo debe leerse como advertencia: cuando un gobierno falla en resolver lo esencial -seguridad, salud, infraestructura— se refugia en la intimidación y en la persecución

política. La ciudadanía está harta de pleitos, amenazas y de un oficialismo más preocupado por controlar que por gobernar.

El oficialismo confunde autoridad con amenaza. Pretende sustituir resultados con persecución y política con amedrentamiento. Pero se equivoca: la violencia no doblega a la ciudadanía, solo revela la fragilidad de un gobierno que ya no tiene respuestas y exhibe su verdadera derrota: el fracaso frente a la gente.

La pluralidad política es indispensable para la democracia. Cuando la intimidación sustituye al diálogo, lo que se instala es el autoritarismo. Y frente al autoritarismo, la oposición tiene la obligación de resistir, denunciar y mantenerse firme.

Porque cuando gobierna la intimidación, se pierde el rumbo, se persigue a la oposición y se abandona al pueblo, la respuesta ciudadana debe ser la resistencia democrática. *NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

Medio de comunicación impreso que nació en 1988 y con el correr de los años se convirtió en un referente en la región de Tula del estado de Hidalgo. Se publica en formato PDF los miércoles y a diario la página web se alimenta con información de política, policíaca, deportes, sociales y toda aquella información de interés para la población.

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