*Federalismo o Sumisión
Por Esteban Ángeles

El federalismo mexicano está en ruinas. Lo que alguna vez fue un pacto de soberanías hoy es apenas un recurso retórico en los discursos oficiales. Raúl Arroyo ha puesto nuevamente el dedo en la llaga al anunciar que esta semana presentará en la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, desde el sillón número 19 que ahora le honra ocupar tras don Carlos Sánchez Mejorada y Velasco, una propuesta para replantear nuestro pacto federal. Ese planteamiento habrá que conocerlo, porque la discusión no es académica: es política y urgente.

El federalismo mexicano ha sido reducido a un cascarón vacío. Lo que alguna vez fue un pacto de soberanías hoy es un recurso retórico en los discursos oficiales. Y no es casualidad: el centralismo actual es una política deliberada del régimen en turno para controlar contrapesos, someter a los estados y domesticar a los municipios.

Se nos quiere convencer de que el presidencialismo es el único motor del país, mientras se cancela la capacidad de decisión de las entidades federativas. Gobernadores, congresos locales y alcaldes han aceptado su papel de subordinados, más preocupados por congraciarse con el poder central que por defender a sus comunidades. El Senado, que debería ser la voz de las 32 entidades, se ha convertido en una extensión dócil del Ejecutivo. Esa pasividad no es inocua, es complicidad.

Ese no es un error histórico; es un proyecto político que busca silenciar la pluralidad nacional.

Con leyes y programas “nacionales” se arrasa con la diversidad de regiones, culturas y realidades sociales. México es tratado como un país uniforme, cuando su riqueza está precisamente en la diferencia.

No podemos quedarnos en la queja. La ciudadanía debe entender que sin autonomía local no hay democracia real. Los gobiernos estatales y municipales deben romper la comodidad de la obediencia y convertirse en contrapesos efectivos. Y la oposición tiene que dejar de titubear: o se asume como defensora del federalismo o se resigna a ser cómplice del centralismo autoritario.

Hoy la disyuntiva es clara: federalismo o sumisión. La primera opción exige resistencia democrática, organización ciudadana y valentía política. La segunda conduce a la anulación total de los estados, a la homogeneización cultural y a la concentración de poder que ha marcado las peores etapas de nuestra historia.

El anuncio de Raúl Arroyo es un buen punto de partida. Pero la tarea no puede quedarse en las academias. No basta “Imaginar un nuevo federalismo”, es una aspiración legítima, pero

insuficiente. El federalismo hay que construirlo desde abajo, con regiones que reclamen su voz, con ciudadanos que exijan gobiernos locales fuertes y con una oposición que se atreva a levantar la bandera de la autonomía. Solo así el pacto federal dejará de ser farsa y volverá a ser herramienta de libertad.

El poder central no cede espacios con discursos ni con metáforas; se le enfrenta con acción política, organización ciudadana y valentía institucional.

Por eso, el dilema ya no admite evasivas: o recuperamos el federalismo como causa de resistencia democrática o aceptamos la sumisión absoluta al centralismo autoritario. El tiempo de la teoría se agotó.

Ahora es tiempo de decisión y de lucha.

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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