*Un grito de resistencia: sin miedo y sin tregua
Por Esteban Ángeles
En tiempos de oscuridad política, cuando el autoritarismo se disfraza de democracia y la ley se tuerce al servicio del poder, las palabras cobran un nuevo valor. Y es precisamente en ese contexto que el reciente discurso de Alejandro Moreno —firme, enérgico, sin medias tintas— se convierte en un acto de resistencia que no puede ni debe pasar desapercibido.
No fue un mensaje rutinario ni un arrebato retórico. Fue la voz de alguien que ha vivido en carne propia los embates del poder cuando se convierte en instrumento de persecución. No es retórica hablar de ataques a su familia; no es exageración denunciar el uso faccioso de una fiscalía para fabricar culpables. Es la cruda realidad de un régimen que ha confundido gobernar con someter, y administrar con aniquilar a la disidencia.
Alejandro Moreno puso sobre la mesa lo que muchos temen decir: en México se está gestando una dictadura. Una donde la justicia se utiliza como venganza, donde se encarcela a funcionarios por motivos políticos, y donde el poder judicial se convierte en arma de intimidación. Cuando se normaliza el acoso a los opositores, la democracia se debilita, y el
Estado de Derecho se convierte en una cáscara vacía.
Pero lo que distingue su mensaje no es solo la denuncia, sino el carácter. La decisión de no doblegarse, de no esconderse tras el fuero, de mirar al poder a los ojos y decir: “Los enfrento, aunque me cueste la cárcel”. Esa valentía no es solo personal: es un llamado a todos los que creen que este país merece más que una simulación democrática.
Moreno también recordó las cifras que muchos intentan ocultar bajo discursos triunfalistas: más de 220,000 homicidios, 125,000 personas desaparecidas, y una tragedia sanitaria manejada con criminal negligencia. ¿Cómo puede un gobierno que arrastra este historial hablar de moral, mientras persigue a quienes lo cuestionan?
Es tiempo de cerrar filas. Como bien lo señaló: hoy es él, pero mañana puede ser cualquiera. Y eso incluye a todos los ciudadanos que ejercemos el derecho a disentir. Esta no es una disputa entre partidos; es una lucha por defender las libertades que nos ha costado décadas construir.
El gobierno actual ha dejado claro que no tolera la crítica ni respeta los contrapesos. Por eso, apoyar a quienes alzan la voz no es solo un acto de solidaridad política: es un deber cívico.
Porque lo que está en juego no es el futuro de una fuerza política, sino el alma misma de nuestra democracia.
Frente al cinismo del poder, la respuesta debe ser clara: sin miedo y sin tregua. Si algo puede salvar a este país, es la dignidad de quienes deciden no arrodillarse.
