*México con una diplomacia rehén del abandono y la mediocridad.
Por Esteban Ángeles
En su reciente artículo titulado “El fin de los amigos”, David Penchyna advierte que enfrentamos el cierre de una etapa histórica: aquella en la que México y Estados Unidos parecían, al menos en el discurso político y económico, caminar como socios estratégicos bajo una narrativa compartida.
Sin embargo, como esa era ha terminado, lo que debe preocuparnos aún más es la manera en que México está enfrentando este nuevo tiempo sin las herramientas necesarias para reposicionarse como una nación con visión, soberanía y diplomacia eficaz.
La diplomacia mexicana, tradicionalmente una de las fortalezas del Estado, vive hoy una profunda degradación. Lo que alguna vez fue un cuerpo profesional respetado —el Servicio Exterior Mexicano— se ha visto reducido por la lógica clientelar, el abandono presupuestal, la improvisación administrativa y, sobre todo, por la pérdida de valores fundamentales como la integridad, la dignidad y el compromiso con el interés nacional.
En lugar de responder con altura a los nuevos desafíos geopolíticos, estamos presenciando una diplomacia burocratizada, desmotivada y, en no pocos casos, francamente ausente.
Debe decirse con claridad: la relación México-Estados Unidos no ha sido la de aliados confiables, sino la de vecinos tensos, con intereses comunes pero prioridades divergentes. Y en este nuevo contexto, el desmantelamiento paulatino de nuestra política exterior es más que un error: es una irresponsabilidad.
En un mundo en transformación, donde emergen nuevos polos de poder, bloques regionales y tensiones globales, no contar con un cuerpo diplomático fuerte y estratégico equivale a renunciar al papel que México podría —y debería— jugar en la defensa de sus intereses.
Si, como se sugiere, estamos presenciando el nacimiento de un nuevo orden mundial, lo natural sería preparar a México para actuar con inteligencia, firmeza y visión. Y eso exige una diplomacia profesional, entrenada, respetada y dotada de recursos.
Bien lo dijo la senadora Carolina Viggiano: no puede haber soberanía sin representación internacional efectiva. No puede haber defensa de nuestros connacionales sin embajadas sólidas ni consulados capaces. No puede haber voz mexicana en el mundo sin diplomáticos que entiendan, defiendan y proyecten nuestros valores.
Lamentablemente, hoy predomina la lógica inversa: embajadores sin carrera, nombramientos por afinidad política, consulados debilitados y una cancillería replegada.
La falta de visión ha dado paso al desdén, y el resultado es una política exterior que reacciona con torpeza, cuando no con silencio, ante agresiones como los operativos antiinmigrantes o las amenazas comerciales. Esto no es sólo un fracaso institucional: es una traición al interés nacional.
La única manera de enfrentar con dignidad esta nueva etapa —marcada por una relación asimétrica con Estados Unidos, la competencia con China y la reconfiguración del multilateralismo— es con un servicio exterior renovado, robusto y ético.
El pragmatismo que se demanda no puede confundirse con resignación ni con sumisión. El realismo diplomático debe ir acompañado de una estrategia de fortalecimiento institucional y de una narrativa que, sin caer en el nacionalismo vacío, sea capaz de sostenerse con argumentos, resultados y legitimidad moral.
México necesita recuperar el orgullo de su política exterior, no para simular grandeza, sino para reconstruir su capacidad de interlocución internacional. El momento exige claridad, pero también convicción. No basta con advertir el fin de una etapa: hay que construir la siguiente con las herramientas adecuadas, y una de ellas —quizá la más importante— es un servicio exterior que no sea rehén del abandono ni de la mediocridad.
¿Podremos ser una ciudadanía activa y una oposición responsable?
Superar esta crisis diplomática implica asumir una corresponsabilidad cívica. La ciudadanía debe exigir rendición de cuentas, profesionalismo y transparencia en la política exterior. Es momento de alzar la voz frente a los nombramientos diplomáticos por cuota o lealtad política, y de impulsar desde el Congreso reformas que garanticen el fortalecimiento del Servicio Exterior Mexicano con presupuesto, carrera y ética.
La oposición tiene una oportunidad histórica: convertirse en contrapeso real, no solo denunciando la degradación diplomática, sino proponiendo alternativas concretas para recuperar el rumbo. La vigilancia parlamentaria, la conformación de un bloque de respaldo al servicio exterior profesional y la vinculación con mexicanos en el exterior pueden ser parte de una estrategia para rescatar la dignidad de la diplomacia mexicana.
El futuro exige más que crítica: demanda acción. Y para construirla, necesitamos una ciudadanía activa y una oposición responsable. *NI*
