*Moralidad social

Por Esteban Ángeles

Friedrich Nietzsche, uno de los pensadores más radicales de la modernidad, advirtió con lucidez que la moral tradicional —la moral de rebaño, como la llamó— es el principal instrumento con el que el poder doméstica al hombre. Bajo el disfraz del bien común, los valores impuestos por las instituciones buscan que el individuo renuncie a su voluntad, a su capacidad crítica y a su fuerza interior, para someterse dócilmente a lo que le dictan desde arriba. En otras palabras, la moralidad social se convierte en una herramienta de control.

Si Nietzsche viviera hoy en México, vería en nuestra sociedad el ejemplo perfecto de esa “moral de esclavos” que él denunció. Millones de ciudadanos han sido reducidos a una existencia donde la supervivencia sustituye a la dignidad. Se les ha enseñado que aceptar una dádiva de tres mil pesos mensuales es un acto de gratitud hacia un gobierno “benevolente” ,cuando en realidad es el precio simbólico de su sometimiento. Esa transacción, en la que se vende la voluntad por una migaja, no solo destruye el sentido de responsabilidad individual, sino que también perpetúa un orden político que se alimenta de la dependencia y el conformismo.

Nietzsche sostenía que la verdadera moral del hombre libre no es la que obedece, sino la que crea valores propios. El individuo superior —el Übermensch— es aquel que se emancipa de la moral de rebaño y actúa conforme a su propia conciencia y fuerza interior. En México, sin embargo, esa figura ha sido desplazada por una masa anestesiada, que confunde la caridad estatal con justicia y la sumisión con patriotismo. Esta degradación no ocurrió de la noche a la mañana: es el resultado de décadas de desigualdad estructural, abandono educativo y manipulación política.

No se trata de culpar a los pobres por su pobreza ni a los marginados por su desesperación. Nietzsche no despreciaba al débil, sino a la debilidad convertida en virtud. Y eso es exactamente lo que el oficialismo promueve hoy: la exaltación del sometimiento como forma de vida. Se glorifica al que “agradece” su apoyo, no al que exige derechos; se premia al que calla, no al que piensa; se venera al que sigue órdenes, no al que cuestiona.

La moralidad social mexicana se ha convertido en un espejo que refleja la derrota de la autonomía ciudadana. Mientras persistan las desigualdades que condenan a millones a la precariedad, el discurso moral del poder seguirá utilizando el hambre como argumento y la dádiva como dogma. Pero el desafío ético de nuestra época consiste precisamente en romper esa cadena: recuperar la dignidad no como una palabra vacía, sino como una forma de resistencia.

Nietzsche nos invita a destruir los ídolos morales que nos mantienen sometidos y a crear un nuevo orden de valores fundado en la responsabilidad, la conciencia y la libertad interior.

México necesita ese renacimiento moral: ciudadanos que no se arrodillen por una limosna, sinoque levanten la mirada y exijan un país donde la justicia no dependa de la obediencia, sino del respeto a la dignidad humana

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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