*Generación Z: El grito que el gobierno no quiso escuchar

Por Esteban Ángeles

La marcha de la Generación Z del 15 de noviembre no fue un episodio aislado de inconformidad juvenil ni un desfile de consignas pasajeras. Fue un mensaje histórico, directo y demoledor para un gobierno que ha decidido no escuchar y, peor aún, ha decidido abandonarlos.

Miles de jóvenes, estudiantes, trabajadores precarios, emprendedores emergentes y ciudadanos sin más poder que su voz y su presencia en las calles, se unieron bajo un grito que resume una década de frustraciones acumuladas: “¡Ya basta!”

Ese ya basta no es un estallido impulsivo; es una advertencia profunda. Expresa la certeza de que el país está perdiendo su futuro, y con él, el de toda una generación que se niega a vivir arrodillada ante la violencia, la corrupción y la incompetencia gubernamental.

A la administración federal parece haberle pasado inadvertido —o quizas ha preferido ignorar— que estos jóvenes no están protestando por moda ni por contagio digital. Protestan porque han crecido en un país donde estudiar no garantiza seguridad, donde emprender es una apuesta contra el crimen, donde trabajar implica exponerse a un mercado laboral precario y a un entorno económico que se desmorona mientras el oficialismo presume triunfos imaginarios.

La Generación Z no pide privilegios; exige condiciones mínimas para vivir con dignidad: un país donde ir a la escuela no sea un acto de valentía, donde un negocio nuevo no sea objeto de extorsión, donde ser joven no equivalga a ser víctima potencial.

El caldo de cultivo que explica esta explosión de indignación venía hirviendo desde hace años, pero alcanzó su punto más crítico apenas hace unos días, con el brutal asesinato de Carlos Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, Michoacán. Su ejecución —ocho balas contra un representante popular que intentó gobernar con dignidad— fue un recordatorio contundente de que en México el crimen opera con una impunidad que ya no distingue cargos, territorios ni edades.

La muerte de Manzo no solo estremeció a sus cercanos; sacudió a todo un país que entiende el mensaje: si un alcalde puede ser asesinado sin consecuencias, ¿qué esperanza tiene un joven de 18 años que solo quiere estudiar, trabajar o regresar vivo a casa?

La marcha reveló otra imagen poderosa que el gobierno tampoco quiso mirar: las vallas de acero que se colocaron para contener la protesta. No para proteger monumentos, sino para blindar al poder de sus propios ciudadanos. Vallas frías, metálicas, distantes… sobre las cuales manos jóvenes escribieron una palabra que lo sintetiza todo: “NARCO ESTADO”

Ese mensaje, simple y brutal, no fue un insulto ni una exageración retórica: fue el diagnóstico crudo de una generación que vive cada día la colusión, la infiltración y la derrota institucional del Estado frente al crimen organizado. Fue el reflejo de una verdad que el gobierno se empeña en negar, pero que millones perciben con claridad: que en México, las estructuras del Estado han sido perforadas por el crimen hasta volverse irreconocibles.

El gobierno, atrapado en su narrativa triunfalista, ha fallado en comprender que los jóvenes no son votantes manipulables ni masa amorfa. Son la generación mejor informada, más conectada y más consciente de la historia reciente. Saben que la violencia no empezó ayer, pero también saben que este gobierno prometió paz y entregó más sangre. Prometió oportunidades y entregó estancamiento. Prometió futuro y entregó incertidumbre.

Marcharon porque están cansados de habitar un país en el que la normalidad es el miedo.

Porque rechazan un sistema que les niega movilidad social y les exige conformismo. Porque se hartaron de que les pidan paciencia cuando lo que falta es voluntad, capacidad y respeto desde el poder.

La marcha del 15 de noviembre no fue un final: fue un inicio. Y fue también un parteaguas. Después de ayer, el gobierno ya no puede fingir que los jóvenes son indiferentes a la política.

Tampoco puede seguir presumiendo que “todo va bien” cuando una generación entera está diciendo lo contrario en las calles.

Ya basta.

Es el grito que los une y que debería alarmar al poder. No es un eslogan electoral; es un reclamo moral. Es la advertencia de una juventud que no está dispuesta a heredar un país roto.

México merece un mejor destino, y la Generación Z acaba de recordarnos, con valentía y claridad, que si el gobierno no puede construirlo, ellos están listos para exigirlo. Y para luchar por él.

Por Nueva Imagen de Hidalgo

Medio de comunicación impreso que nació en 1988 y con el correr de los años se convirtió en un referente en la región de Tula del estado de Hidalgo. Se publica en formato PDF los miércoles y a diario la página web se alimenta con información de política, policíaca, deportes, sociales y toda aquella información de interés para la población.

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