El fin del liberalismo panista y la encrucijada de la oposición
Por Esteban Ángeles
El relanzamiento del Partido Acción Nacional no es un hecho menor. Marca el cierre de un ciclo histórico y el inicio de otro que, más que renovación, parece una renuncia. Todo indica que el liberalismo cívico que alguna vez dio sentido al panismo clásico ha muerto.
El cambio de lema no es una simple estrategia de marketing: es el acta de defunción de una tradición política que, con todas sus limitaciones, representó —como bien observa Macario
Schettino— una alternativa ética frente al autoritarismo del viejo régimen. En su momento, el PAN fue la voz de la decencia pública, el refugio de quienes creían que la política podía hacerse sin clientelismo, sin demagogia y sin sumisión al poder presidencial.
La sustitución de “patria ordenada y generosa” por “patria, familia, libertad” simboliza un viraje profundo. No se trata de un mero cambio retórico, sino del abandono del pensamiento racionalista, del humanismo liberal y de la educación cívica que inspiraron a Gómez Morin y a los fundadores del partido. El PAN parece inclinarse ahora hacia una narrativa identitaria, más emocional que programática, donde la fe sustituye a la razón, y el dogma reemplaza al debate.
Lo preocupante no es el regreso a las raíces religiosas o morales del panismo —eso siempre formó parte de su ADN—, sino la pérdida de un horizonte ciudadano. El nuevo discurso abdica de la idea del ciudadano como sujeto político central y vuelve a refugiarse en las certezas morales de la comunidad, no en los derechos y libertades del individuo.
Olvida que el verdadero enemigo del poder autoritario no es otro partido, sino el ciudadano libre, informado y responsable. México, lamentablemente, no ha logrado consolidar una cultura cívica capaz de sostener instituciones democráticas sin tutelas corporativas ni caudillismos. La mitad del electorado sigue actuando bajo impulsos emocionales o clientelares, y los partidos, en vez de elevar el nivel del debate público, lo siguen degradando para sobrevivir.
En ese contexto, el PAN, como el PRI y Morena, ha caído en la trampa del pragmatismo electoral. Renuncia al esfuerzo de formar ciudadanos críticos y autónomos, y se adapta al mercado político dominado por el populismo y el resentimiento. Así, su relanzamiento no representa sólo un reacomodo ideológico, sino una claudicación estratégica.
La apuesta por un discurso de “identidad conservadora” puede parecer rentable a corto plazo, sobre todo en regiones donde la religiosidad popular aún tiene fuerza cultural. Pero a largo plazo, esa estrategia sólo perpetuará la crisis de representación que asfixia a la democracia mexicana. Un país que no educa ciudadanos, sino creyentes o seguidores, está condenado a repetir sus viejos ciclos de dominación.
La gran pregunta no es si el PAN podrá ganar elecciones con su nuevo lema, sino si podrá volver a representar una opción moderna, republicana y ciudadana frente al populismo hegemónico. ¿Podrá recuperar su vocación como escuela de civismo y contrapeso moral del poder, o terminará siendo un actor más en el teatro de las apariencias democráticas?
Con esta renovación, el PAN se ha colocado frente al riesgo de convertirse en un partido más del sistema —religioso o moralista, pero igualmente subordinado al pragmatismo del poder—.
Si eso ocurre, el país perderá una de las pocas fuerzas políticas que alguna vez aspiraron a representar la ética de la responsabilidad frente a la ética de la conveniencia.
Es lamentable el fin del liberalismo panista, porque con él muere también una forma de entender la política como servicio público y no como empresa de intereses. Puede ser cierto, como dice Schettino, que la política se hace en la vida real y no en la república de las letras; pero también es cierto que los pueblos que renuncian a las ideas terminan sometidos por quienes las manipulan.
EI PAN tiene ante sí una oportunidad y un riesgo. Puede redefinir su papel como conciencia moral y cívica de la nación, o resignarse a ser una fuerza testimonial más, útil al poder que dice combatir. En su dilema se refleja el drama de toda la oposición mexicana: sobrevivir adaptándose o recuperar la dignidad resistiendo.
La historia enseña que los pueblos no se regeneran desde el poder, sino desde la conciencia.
Si Acción Nacional traiciona su vocación ética y cívica, dejará vacante el espacio de la ciudadanía responsable, y con ello, el país perderá no sólo un partido, sino un principio de esperanza.
