*El huachicol fiscal y el descrédito de Morena

Por Esteban Angeles

Los recientes escándalos del huachicol fiscal de gasolina y diésel han dejado al descubierto no sólo un fraude monumental contra el Estado, sino también la forma en que ese dinero sucio lubricó la maquinaria electoral que permitió a Morena conquistar gubernaturas y espacios de poder.

Cada buque tanque de 50 millones de litros significaba ganancias ilícitas por 350 millones de pesos. Esas cifras multiplicadas por decenas de operaciones, representan miles de millones que corrieron como ríos de lodo hacia campañas, sobornos y favores en los más altos niveles.

Fue el pacto entre el crimen organizado y el poder político el que manchó las urnas de sangre y de dinero, y el que hizo que el voto dejara de ser libre.

No se trata sólo de corrupción. Estamos ante un mecanismo de captura del Estado por parte de la delincuencia organizada, en colusión con quienes hoy gobiernan. El crimen organizado se convirtió en actor electoral, inclinó la balanza en estados clave y contaminó la legitimidad de los triunfos morenistas.

La ciudadanía lo sabe, lo repudia y lo comenta en las calles. Ese repudio es, paradójicamente, la mayor oportunidad política de los últimos años. El PRI debe asumir la voz de los millones que exigen que nunca más se permita que el crimen organizado decida elecciones. Se impone una agenda mínima: fiscalización estricta de campañas, blindaje electoral real y la creación de un sistema autónomo contra la corrupción fiscal y electoral. Sólo así podrá reconquistarse la confianza ciudadana.

En este momento de inflexión, la oposición debe provocar un repudio social amplio y sostenido frente a la connivencia, la corrupción y la impunidad. Capitalizar el hartazgo ciudadano y convertirlo en fuerza política requiere honestidad autocrítica, compromiso con la rendición de cuentas y un discurso que rompa de tajo con las complicidades. Esa será la clave de la recuperación opositora, particularmente del PRI, que tiene la oportunidad de alzarse con la bandera de la legalidad y la transparencia.

Morena nunca fue —ni es— un partido político en sentido estricto. Es un movimiento construido en torno a un solo hombre, a la suerte de su figura mesiánica. Hoy, ese modelo muestra sus límites: los escándalos del huachicol fiscal golpean no sólo a operadores y gobernadores, sino al núcleo mismo del relato lopezobradorista.

La dependencia absoluta de su líder convierte cualquier desenlace extremo —judicial, político o incluso biológico— en una crisis existencial para el movimiento. Sin institucionalidad, sin vida interna democrática, Morena enfrenta la fragilidad de quien confundió poder con permanencia.

El PRI tiene aquí una ventana de oportunidad histórica. Frente al desgaste de un movimiento que se desmorona, puede presentarse como partido de Estado, con experiencia, estructura y capacidad de recomponer la República. Pero no bastan las denuncias: debe proponer reformas profundas, construir alianzas amplias y encabezar un discurso de rescate institucional que devuelva certidumbre, orden y futuro al país.

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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