*Con fe, sacrificio y recursos propios, vecinos mantienen viva una tradición que por casi cinco décadas ha conmovido a generaciones enteras.
*La invitación sigue abierta para quienes deseen sumarse a este acto de fe y respeto a la vida de Jesucristo.
Por Jesús García
Hay escenas que no se olvidan. El llanto de una mujer al pie de la cruz. El silencio que se apodera de la calle cuando Jesús cae por tercera vez. Los niños que miran sin parpadear y los adultos que, sin darse cuenta, se secan las lágrimas. En Tula, el Viacrucis viviente no es una obra de teatro: es un acto de fe que ha resistido el paso del tiempo desde 1978.

Todo comenzó en el atrio de la catedral. Con el paso de los años, la representación salió a las calles y se convirtió en una tradición que recorre el corazón del municipio. Alejandro —quien ha sido soldado, verdugo y hoy da vida a Poncio Pilatos— recuerda que participó por primera vez a inicios de los años ochenta. “Si te sale bien, ya sales a la calle”, le dijo entonces el padre Alfonso Moreno. Y salió bien. Desde entonces no se ha ido.
Cada año, la preparación inicia con una convocatoria lanzada en febrero. Hoy son alrededor de 35 participantes, aunque en la recta final suelen sumarse más. En otras épocas llegaron a ser más de 60, incluso con caballos y burritos en escena. “La juventud ya no se acerca tanto”, lamentan, pero no pierden la esperanza de que nuevas generaciones se integren.
Quien este año representa a Jesucristo lleva ocho años participando. Habla con serenidad, pero con una emoción que se percibe en cada palabra. “No se puede explicar… es algo que te mueve”, confiesa. La preparación no es solo física —caminar, hacer ejercicio, resistir el peso de la cruz—, también es espiritual. Retiros, pláticas con el sacerdote y sacramentos forman parte del proceso. “Es fe, es entrega”, resume.
El libreto que utilizan es el mismo que se elaboró en 1978 por el padre Rigoberto Pintor. Cuando fue trasladado a otra parroquia, dejó en manos del grupo no solo el texto, sino la música y la responsabilidad de continuar. Desde entonces, generación tras generación ha sostenido la tradición.
Pero mantenerla no es sencillo. No cuentan con patrocinadores fijos ni recursos institucionales. El vestuario se presta, se recicla o se compra con cooperaciones voluntarias. Durante años pagaron de su bolsa renta de templetes y sonido. Este año buscan trasladar la representación al teatro al aire libre para reducir gastos. “Aquí nadie cobra, todo es por amor a Cristo”, enfatiza Adelina Mira Navarrete, parte del comité organizador.
El recorrido parte del centro de Tula: 5 de Mayo, Guerrero, la capilla del Huerto, Emilio Carranza, General Anaya y Emiliano Zapata, donde culmina con la crucifixión. Además, el 2 de abril, Jueves Santo, realizarán la representación de la Última Cena y el prendimiento de Jesús en el parque ecológico.
Más que diálogos memorizados, lo que buscan es evangelizar. “No queremos quedar bien con la gente, queremos que vivan el amor que Jesús nos tuvo”, explica Adelina. Por eso la invitación está abierta: niños, jóvenes, adultos. Solo se necesita disposición. El vestuario está; la fe, dicen, también puede encontrarse en el camino.
A casi cinco décadas de su inicio, el Viacrucis viviente de Tula sigue de pie gracias a la convicción de quienes creen que esta tradición no debe desaparecer. “Aquí estaremos hasta que Dios diga”, afirma Alejandro.
Y mientras haya alguien dispuesto a cargar la cruz, a ponerse una túnica prestada o a llorar al pie de una representación que se siente real, el Viacrucis seguirá caminando por las calles de Tula, recordando que la fe también se vive en comunidad.NI
