* Entre rechazo, largas jornadas y sacrificios, Leticia construyó su propio camino en un trabajo dominado por hombres.
Por Jesús García
Todos los días, antes de salir a trabajar, Leticia Guerrero repite el mismo ritual: se levanta alrededor de las cinco de la mañana, se persigna y enciende su taxi con la esperanza de que el día le permita llevar el sustento a casa.
Lleva 18 años trabajando como taxista en Tula de Allende, un oficio donde la presencia femenina todavía es poco común y donde, según relata, tuvo que abrirse paso entre el rechazo, el machismo y las dificultades propias de la vida en la calle.
Su llegada a este trabajo no fue por gusto, sino por necesidad. Antes era comerciante, pero la artritis en sus manos le impidió continuar con esa actividad. Fue entonces cuando decidió tomar el volante y buscar otra forma de salir adelante.
Sus primeros días no fueron fáciles.
Leticia recuerda que comenzó a trabajar en la zona de San Marcos, donde muchos de sus propios compañeros taxistas intentaron impedir que trabajara. Cuenta que le cerraban el paso con los vehículos, uno adelante, otro atrás o a un lado, mientras la insultaban o incluso golpeaban su automóvil, un pequeño Tsuru 2013 con el que inició en el oficio.
“Es feo el rechazo… el simple hecho de que por ser mujer no te dejen crecer o te minimicen”, recuerda.
Con el paso de los años aprendió a resistir ese ambiente. Dice que en ocasiones tuvo que cuidarse no sólo de la inseguridad de la región, sino incluso de los mismos compañeros del gremio o de situaciones injustas que enfrentaba en la calle.
A pesar de todo, nunca se rindió.
Hoy su taxi es suyo. Después de muchos años de jornadas largas y trabajo constante, logró tener su propio vehículo y ser su propia jefa.
Para ella, manejar un taxi no es necesariamente complicado, aunque reconoce que es un trabajo que desgasta. “Mucha gente piensa que el taxista es un flojo, pero aquí uno se enferma de todo”, comenta.
La convivencia con los pasajeros también forma parte del día a día. En sus recorridos se ha encontrado con todo tipo de personas: desde usuarios amables hasta otros que llegan molestos, arrojan las monedas al pagar o azotan la puerta del vehículo.
Aun así, Leticia prefiere quedarse con lo positivo.
Lo que más le gusta de su trabajo, dice, es la libertad.
“Uno anda libre, puede andar para donde quiera”.
El taxi también cambió su vida familiar. Sin embargo, reconoce que el oficio exige sacrificios: largas jornadas y poco tiempo para la vida social.
“Aquí no hay amigos, sólo conocidos”, explica.
A pesar de las dificultades, Leticia sigue creyendo en la capacidad de las mujeres para abrirse camino en cualquier trabajo. Considera que en el gremio del transporte aún existe mucho machismo, lo que provoca que muchas mujeres que intentan entrar al oficio terminen abandonándolo.
A quienes están pensando en dedicarse a algo tradicionalmente considerado “de hombres”, les da un consejo sencillo: no dudar.
“Que no lo piense, que simplemente lo haga”.
Después de casi dos décadas al volante, Leticia Guerrero se siente orgullosa de lo que ha logrado. Para ella, cada jornada representa una forma de demostrar que las mujeres también pueden salir adelante en cualquier camino.
“Es un orgullo… porque les he demostrado que como mujer he salido adelante”. *NI*
