*UN SIGLO DEL TENAMPA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

La cantina más popular de México cumple un siglo de su fundación en la mítica plaza Garibaldi de la Ciudad de México. Refugio de genios y panteón de la memoria de las más grande figuras de la música popular mexicana, cuyas efigies se estampan en sus centenarias paredes que, también han albergado a lo largo de su centenario a célebres estrellas del cine de la época de oro que inmortalizaron su barra, sus mesas, su ambiente. Sede también de las vivencias que a continuación se narran.

Los tres jóvenes, amigos desde la universidad, decidieron ir a disfrutar de un mágico concierto en el palacio de los deportes, animados por la ronca voz de Bill Gibbons, invitando al primer espectáculo en México de la banda tejana ZZ Top. Al concluir decidieron ir a tomar un par de cervezas y a cenar, la noche era aún joven y sus pasos se dirigieron a Garibaldi; el letrero de “Aquí es Jalisco” actuó como imán y procedieron a ocupar una mesa, pidieron una botella de fría cerveza y una orden de tacos de bistec para cenar.

Del par de cervezas se pasaron a una botella, gracias a la música de mariachi que inundaba el amplio local y sobre todo por la charla iniciada sobre las canciones bravías de Lucha Reyes y las letras de José Alfredo sobre las que uno de los jóvenes comenzó a disertar: “cuántas luces dejaste encendidas” decía, encierra una reflexión muy profunda. “Muchachos ya vamos a cerrar”, se escuchó al camarero y enseguida las luces se apagaron ¿Pues qué horas son? Preguntó otro. Antes de abandonar el local, las bebidas fueron cambiadas de los vasos de cristal a vasos desechables. Afuera la plaza hervía de actividad y un mariachi dedicaba: “Ah cuántas veces me han sacado del Tenampa, ya bien borracho y con un nudo en la garganta, voy por la calle cantando mis canciones y los mariachis van pisando mis talones.”

“Llegan mis primos del otro lado. Vienen a pasar la navidad con mis abuelitos, pero antes quieren que los lleve a Garibaldi. Vamos, para cotorrear en bola ¿No?” Dijo y repitió aquella voz por la vía telefónica una y otra vez. Se formó un grupo amplio de amigas y amigos que, el día de la cita gradualmente fueron llegando al Tenampa. Uno de ellos dijo que para comenzar pedirían unos muppets, se reían de él porque, eran tragos de adolescente; las bebidas fueron servidas y degustadas, en eso llegaron los primos procedentes de Chicago y después de las presentaciones quisieron probar el tequila y el ponche de granada. Una botella de cuervo tradicional adornó la mesa y más rápido de lo que canta un gallo desapareció; llegó otra botella con una charola de comida, tortillas y salsas que mexicanos y mexicoamericanos degustaron, cantando y gozando de la música de mariachi: “Háblame río de Tenampa, cántame canciones de valor, que en este rincón del cielo, dejé mi cariño y amor.”

Aquellos muchachos se fueron el viernes a las luchas en la arena México, en la estelar un par de grandes luchadores exponían máscara contra cabellera. Ya no encontraron boletos, pero los organizadores fueron previsores y colocaron una gran pantalla en la entrada del inmueble para que el público no se perdiera la lucha. Gozaron como nunca y entre los puestos compraron sus máscaras de Blue Demon, el Santo, el Mil Máscaras, el huracán Ramírez y otros héroes clásicos más del pancracio mexicano. Tomaron camino hacia la plaza Garibaldi, portando sus máscaras que, llamaban la atención de los transeúntes y hasta de los usuarios del transporte público, lo que les causaba risa porque sus físicos eran muy delgados, bastante alejados de las corpulencias de los legendarios gladiadores.

Se despojaron de las máscaras antes de entrar al estacionamiento y las dejaron en el auto antes de caminar hacia el Tenampa. Se instalaron en una mesa y pidieron una de Cuervo y una charola de botana, al paso de los tragos gozaban de los mariachis: “¿Cuál cariño es el que dices, que te di con toda el alma? Cuando abriste tú conmigo las persianas del Tenampa.” Una de las muchachas del grupo les compartía su emoción por hallarse en tan mítico lugar, en el que se reunieron Chavela Vargas y Pedro Almodóvar después de su primer concierto en Bellas Artes en 1995, al que también habían acudido meses atrás; todos brindaron por ello y siguieron gozando de la música popular mexicana, en su catedral, con las letras que José Alfredo le compuso: “Parranda y Tenampa, mariachi y canciones, así es como vivo yo”. *NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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