*LA LUCIÉRNAGA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

La doña estaba concluyendo sus labores, la vendimia diaria se había agotado, ella y sus ayudantes comieron, losacompañaron dos hermanas y los yernos de la patrona y entre la charla de sobremesa, llevada al alimón con las labores de limpieza de la cocina económica ubicada en el centro del Montecillo, decidieron ir a caminar un rato entre las milpas, para bajar la comida, argumentaron.

Convencieron a tres de las nietas que los acompañaran, su mejor argumento fue pasar a la tienda a comprar una buena dotación de golosinas, prevaleciendo las bolsas de frituras, las pequeñas eligieron las que pican. Atardecía y tomaron el camino de las milpas con rumbo al canal, como si fueran hacia las antenas, pero se desviaron cerca del camposanto de San Pedrito Alpuyeca, pues querían comprar una rebanada de pastel en “La Cereza” que se halla rumbo al puente roto.

Recargado en la esquina del cementerio de San Pedrito miraron a un viejecito taciturno, bondadosas enviaron a una de las pequeñas a convidarle una bolsa de rufles, “para que no se enchile” razonaron. El viejito, con el rostro cubierto por un viejo sombrero, sin mediar palabra alargó el delgado brazo y tomó las papas. El grupo continuó con su andar hasta el centro de San Pedrito; al llegar a la pastelería eligieron una gruesa rebanada del pastel de tres leches, las chiquillas prefirieron una paleta refrescante y cayendo en la cuenta de que comenzaba a oscurecer, emprendieron el regreso a su comunidad.

Caminaban quitados de la pena, acercándose a la zona de milpas del ejido de San Lorenzo y una luciérnaga las cruzó rauda y veloz. Se alegraron al verla y se admiraron al mirar que un grupo grande revoloteaba sobre unos sembradíos. No perdieron la oportunidad de acercarse y disfrutar de los también llamados “trenecitos”, en verdad quien los mira, queda maravillado con su peculiar luz. La noche estaba sobre sus cabezas y emprendieron el regreso comentando su aventura.

Ya en casita, las pequeñas les presumieron las golosinas, las paletas, el pastel a los hermanos y primos más grandes que, venían regresando de la secundaria y del CETIS. Poco caso les hicieron, entretenidos en servirse la cena, reír de sus vivencias escolares, responder mensajes en sus teléfonos, compartir memes y pasarse la tarea con sus cuates.

Seguían encerrados en su mundo adolescente hasta que una de sus tías mencionó a las luciérnagas. En su corta vida nunca habían visto una y su atención fue llamada poderosamente. Rogaron, patalearon, se comprometieron, juraron, prometieron mil una cosas con tal de que, sus padres, abues, tías y tíos los llevaran a ver a las luciérnagas. Por fin los convencieron y acordaron esperar al resto de los jóvenes de la familia que llegarían de la UT y de trabajar. Con gran algarabía cenaron y se calzaron tenis cómodos, alistaron sus teléfonos para grabar a los trenecitos y después de cenar salieron en montón. Varias tías ya mayores, arrojaron la toalla y se excusaron de ir, solo las más jóvenes se ofrecieron como guías, al cabo eran las más consentidoras.

Caminaron por la oscuridad alumbrada débilmente por las lámparas de sus teléfonos, llegaron a las milpas en donde horas antes se manifestaron las luciérnagas y ya no las encontraron. A lo lejos vieron una y fue todo. Emprendieron el regreso, caminando hacia el puente roto, bromeando, riendo, cantando. Los tíos mayores encabezaban al grupo en la travesía. De repente, una gruesa llamarada se hizo presente a lo lejos, los chamacos dijeron que era una luciérnaga, los mayores sabían perfectamente que no era así.

La llama pasó velozmente, zumbando encima de sus cabezas y un escalofrío recorrió la espalda de los adultos; mientras los jóvenes bromistas pedían a gritos y entre carcajadas que “la luciérnagota” volviera a volar. La tía y las sobrinas más grandes no paraban de rezar y apretaban el paso, arreando al resto de la familia. Desesperadamente ordenaban a los chamacos que no llamaran a la luz que a lo lejos miraban parpadear.

Por fin alcanzaron a llegar al libramiento y enseguida a la avenida principal del Montecillo; las personas mayores respiraron aliviadas, el alumbrado público les brindaba seguridad. No aflojaron el paso hasta llegar a casa, entregando a cada uno de los muchachos que losacompañaron ¿Cómo les fue? preguntó la abuelita y remató: “se tardaron mucho, ya casi es la una de la madrugada” Todos contaron su aventura y la abue ordenó que se fueran todos a dormir. Jamás han vuelto a ir a las milpas a buscar luciérnagas. NI

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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