*UNA LEYENDA FERROCARRILERA.
Por José Antonio Trejo Rodríguez.
Trabajaban en los campamentos ferrocarrileros por todo el país. Tenían por vivienda unas tiendas formadas por gruesas lonas, asentadas en algún sitio contiguo a las vías. Las jornadas laborales eran extenuantes: recorrer algunos kilómetros caminando para cambiar los dañados durmientes de madera, alinear las vías apoyándose de un escantillón, regresar al campamento, guardar herramientas, colaborar con la familia partiendo leña, desgranando mazorcas para preparar el nixtamal que sería la materia prima del lonche del día siguiente.
Entrada la noche, los muchachos y los viejos, reunidos alrededor de una fogata, digerían los modestos alimentos jugando a las cartas, compartiendo las historias de sus lugares de origen, fumando cigarrillos sin filtro cuando alcanzaba para ello. En una de esas noches se terminaron los cigarros, justo cuando aquel viejo pedía que le regalaran uno. Nadie tenía dinero para ir a la tienda y el viejo pidió que le prestaran la envoltura de la agotada cajetilla; sacó el papel brilloso que envolvía a los cigarrillos y haciendo un acto de ilusión lo convirtió en un billete que, sin hacer caso al asombro despertado entre sus compañeros, sin perder el tiempo entregó a uno de sus compañeros para que comprar otra cajetilla.
Las preguntas se sucedieron una tras otra, no era la primera vez que aquel rielero despertaba la curiosidad entre sus compañeros, se notaba que no era como el resto: hombres modestos, movidos por el afán de ganar el sustento; en cambio él no, él iba por la vida sin mayor pesadumbre, vivía solo y solía quedarse quieto solo por algún tiempo y después continuaba su andar.
Pacientemente les explicó que él era un ilusionista, que tenía licencia de utilizar ciertos trucos para darse un pequeño gusto junto a sus compañeros, pero no más allá; por ejemplo, no podía utilizar sus artes para enriquecerse. Pero si alguien, armado de mucho valor, quisiera hacerlo, él podría guiarles hacia tesoros descomunales, recalcando que se necesitaría de mucho valor para enfrentar el reto.
Los más bragados preguntaron de qué se trataba el asunto y él respondió que durante la revolución, muchas personas encumbradas y otros tantos grupos armados escondieron tesoros compuestos por monedas de oro y que, pasado el tiempo esperaban quien los descubriera y se apropiara de ellos. Él conocía su ubicación, pero la empresa no sería sencilla, pues eran custodiados por las almas en pena de quienes los habían ocultado.
Muchos de sus compañeros escuchaban asombrados sus narraciones. El juego de cartas había pasado a segundo plano desde hacía rato, absortos daban largas bocanadas a sus cigarrillos sin filtro y preguntaban más a aquel ilusionista. Un grupo se animó a seguir sus indicaciones y un par de noches después fueron guiados hacía un sitio cercano. Iban armados con picos, palas, barretas, lámparas de petróleo y fortalecidos por su experiencia y trabajo duro desempeñado a lo largo de las vías.
Comenzaron a cavar con enjundia y alegría. Si todo salía bien, esa misma noche se despedirían de una vida difícil, marcada por el esfuerzo. No bien llevaban excavado medio metro sintieron que alguien les apedreaba; intuyeron que algunos traviesos compañeros del campamento les habían seguido y les hacían blanco de una broma. Entre más escarbaban, aumentaban los ataques e improperios. El ilusionista rezaba y les pedía aguantar. Avanzaron un poco más y las pedradas pasaron a ser tronidos y cascos, fuetazos y mentadas. La luz de las lámparas no permitía distinguir qué ocurría a su alrededor, pero no era algo normal. Los hombres flaquearon y salieron del agujero alejándose rápido, de regreso a su campamento.
En los subsecuentes días no pararon de platicar su atroz experiencia, incluso lo hicieron con renovados bríos ante la llegada de una nueva cuadrilla de peones. Uno de ellos escuchó con atención y les dijo que él conoció al ilusionista en un anterior campamento. También había participado en una incursión a un tesoro enterrado. Agregó que, el sitio era una larga cerca de piedra construida en una colina cerca del campamento y que buscando el tesoro les había ocurrido algo similar.
Los rieleros callaron, a partir de ese momento ninguno se atrevió a acompañar, nunca más, al ilusionista en busca de un tesoro enterrado. Al paso de un par de meses, los trabajos los llevaron hasta Tampico, allí el ilusionista se despidió del campamento y de sus compañeros; les dijo que quería conocer el mundo y que se embarcaría en algún barco mercante. Nunca más volvieron a saber de él. *NI*
