*MI MAESTRA LULIS DE LA UAMI.
Por José Antonio Trejo Rodríguez.
La clase de Estadística III era parte del plan de estudios de las carreras de Economía, Sociología y Psicología Social; siendo una institución flexible, el alumnado se podía inscribir en el grupo y horario que mejor le conviniera y lo hice en la clase del mediodía con la profesora Rosa Obdulia González Robles, quien, con expresión seria, con un café en una mano y un cigarrillo en la otra llegó al salón en el que una veintena de alumnos de las tres carreras aguardamos la primera sesión de tres horas, la primera de tres a la semana.
La profesora se presentó y pidió que se le llamara “Lulis”, contó al total de alumnos y enseguida, con voz fuerte y de mando que contrastaba con su menuda figura dijo: “Tengo la fama de ser una vieja jija” y subiendo el tono de voz remató: “Y sí ¡Soy una vieja jija!” El rostro de la mayoría de los alumnos estaba lívido, con ganas de huir del salón. La maestra pasó a explicar la ecuación de la recta y preguntó al grupo: “Capisci”. Antes de concluir la clase se despidió y recomendó a quien así gustara, llevar a cabo su respectivo trámite de cambio de grupo.
Para la siguiente clase ya éramos menos, la maestra Lulis nos contó y siguió con su clase, de manera excelsa explicaba fórmulas y brindaba ejemplos prácticos. Enseguida ponía ejercicios y determinaba la fecha para el primer examen parcial que la mayoría reprobamos; la regañiza no se hizo esperar, incrementó sus exigencias y los ejercicios numéricos. “Así no recibo trabajos” me dijo y me regresó mis hojas. “Hágalo a máquina” y allí me tienen haciéndolo en mi fiel Olivetti “¿Ah verdad. Verdad que sí se puede? Ustedes los economistas bailan solos.” Me espetó al recibirlos.
Aunque en ese tiempo no existían las computadoras personales, la UAMI contaba con un poderoso centro de cómputo con terminales HP en la que los alumnos de ingeniería programaban escribiendo interminables códigos, contaban que apenas un par de años atrás perforaban tarjetas. Y la maestra Lulis allí nos envió, armados con un programa que debía ser cuidadosamente escrito, el mínimo error haría fracasar el ejercicio y obligarnos a reescribirlo. El siguiente paso fue armar los propios ejemplos, ejecutarlos y entregarlos como investigación.
Llegó el momento del examen final y la maestra Lulis ordenó que nadie le molestara con preguntas, que más bien se le debía agradecer que el examen estuviera tan fácil. Realmente faltaba el dato de una variable que resultaba imposible calcular con la información brindada. Intenté comentarlo y me devolvió a mi butaca. Me puse a buscar la solución numérica y cansado de no hallarla lo expresé en el examen, se lo entregué y me fui. Horas después, encontré a mis compañeros de grupo y al comentar el examen me dijeron que la maestra se dio cuenta del dato faltante y se los proporcionó, raudo y veloz me dirigí a su cubículo a reclamar que a mí no me hubiera permitido presentar el examen en igualdad de circunstancias.
La maestra Lulis estaba pegando una hoja en su puerta, me vio llegar y riendo socarronamente me preguntó: “¿Qué, viene a reclamar?” Intenté explicar que mi ejercicio estaba incompleto por el dato faltante y me respondió: “¿Ya vio las calificaciones?” Estupefacto caí en la cuenta de que, la hoja que la maestra pegaba en la puerta era la lista con calificaciones. La revisé hasta hallar mi nombre casi al final de la hoja: “Trejo Rodríguez José Antonio: MB.” El rostro me cambió, estaba feliz por tener la máxima calificación, mientras la maestra reía a pierna suelta y me decía “Ya váyase a preparar sus siguientes materias. Ya sabe: cuando se quiere se puede.”
Pasaron algunos años y me encontré la convocatoria de un diplomado en diseño y realización de encuestas coordinado por, sí, por mi maestra Lulis. Rápido me comuniqué por teléfono para pedir más informes, la voz del otro lado del aparato me dijo: “Ya lo reconocí, señor, es usted el economista.” “Soy su alumno consentido” le respondí. Ambos reímos y procedí a inscribirme al programa sabatino. Tomábamos clases en el edificio de posgrado de la universidad, entonces flamante. La maestra Lulis era igual de exigente como en la licenciatura y preguntaba a diestra y siniestra. Yo pedía la palabra y respondía. Volteaba a ver al resto y decía “¿Nada más este señor viene a clase?”
Cierto sábado encontré a otro egresado, muchos años antes que yo, dando un curso de bolsa de valores, nos saludamos con gusto y me preguntó qué andaba haciendo, le dije que estudiaba un diplomado con la maestra Lulis. Puso cara de espanto al solo escuchar su nombre y me atajó diciéndome: “Estás bien loco.” Reí de muy buena gana y le expliqué que la maestra Lulis era la mejor profesora de estadística para aplicación en las ciencias sociales. Reaccionó positivamente, proponiéndose ir a alguna clase.
Los conocimientos adquiridos en el diplomado los aplicaba en mi trabajo y le mostraba a la maestra Lulis mis avances; ella los analizaba y me daba recomendaciones. Concluir el diplomado no fue obstáculo para que, en muchas ocasiones, le consultara respecto alguna duda; solo bastaba escribirle o llamarle por teléfono con mi tarjeta de presentación por delante: “Soy su alumno consentido.” De excelente humor me respondía: “Si. Usted es mi alumno consentido” antes de dar respuesta generosa a mis consultas.
A principios del 2021 la UAMI daba a conocer el deceso de la maestra Lulis, quedé estupefacto y lloré de tristeza por la pérdida de la profesora fundadora de la casa abierta al tiempo. El año pasado, en el marco del medio siglo de vida de la universidad saludé a la doctora Verónica Medina, rectora de la UAMI, le pregunté si era de CBI y al responder afirmativamente le dije que me había dolido mucho la partida de la maestra Lulis; ella gentilmente me compartió su pesar y concluimos que las maestras y maestros que se adelantaron en el camino trascienden, mediante los conocimientos e inquietudes académicas inculcadas a sus alumnos ¡Feliz día de las maestras y de los maestros! *NI*
