*T-MEC: negociación clave.

Por Magda Olguín

La primera ronda de revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no debe entenderse como un procedimiento rutinario ni como un simple requisito pactado entre socios comerciales. Se trata, en realidad, de un momento clave que pondrá a prueba la capacidad de México para defender sus intereses económicos en un entorno internacional cada vez más competitivo, incierto y, sobre todo, estratégico.

De acuerdo con la información publicada en medios nacionales esta etapa inicial —llevada a cabo entre México y Estados Unidos— aborda temas fundamentales como las reglas de origen, el fortalecimiento de la producción regional, la relocalización de cadenas de suministro (nearshoring) y la seguridad económica de América del Norte. A primera vista, estos puntos podrían parecer técnicos o incluso lejanos al ciudadano común, pero en el fondo definen aspectos esenciales: qué se produce en la región, quién lo produce y en qué condiciones se compite frente a potencias globales.

Estados Unidos ha dejado ver con claridad su postura: busca reforzar las reglas del juego para asegurar que una mayor proporción de los insumos y procesos productivos se queden dentro de la región. Esta visión responde a un contexto global marcado por tensiones comerciales, crisis logísticas y la creciente rivalidad con economías asiáticas, particularmente China. En este sentido, el T-MEC se convierte no solo en un tratado comercial, sino en un instrumento geopolítico.

Para México, esta postura representa tanto una oportunidad como un desafío. Por un lado, el fenómeno del nearshoring abre la puerta para atraer inversión extranjera, generar empleo y fortalecer su industria. El país cuenta con ventajas importantes: ubicación geográfica estratégica, mano de obra competitiva y una red de tratados comerciales que lo posicionan como un puente entre mercados. Sin embargo, también enfrenta limitaciones estructurales que no pueden ignorarse: rezagos en infraestructura, incertidumbre jurídica en algunos sectores y una dependencia significativa de decisiones externas.

Uno de los puntos más sensibles dentro de la revisión es, sin duda, el tema energético. Las diferencias entre México y sus socios han sido constantes en los últimos años, particularmente en torno a las políticas que privilegian a las empresas del Estado. Este tema no es menor, ya que la energía es un componente clave para la competitividad industrial. Si no se logra un equilibrio entre soberanía energética y cumplimiento de compromisos internacionales, México podría enfrentar presiones que impacten directamente su atractivo como destino de inversión.

Otro elemento que llama la atención es que esta primera ronda se haya desarrollado de manera bilateral entre México y Estados Unidos, dejando a Canadá en una etapa posterior. Este hecho pone en evidencia una realidad histórica: la relación económica con Estados Unidos sigue siendo determinante para México. Más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino ese país, lo que limita el margen de maniobra en cualquier negociación. La interdependencia es profunda, pero también asimétrica.

A esto se suma el contexto político. La revisión del T-MEC ocurre en un momento en el que el proteccionismo ha ganado terreno en diversas partes del mundo, y donde los discursos económicos se han vuelto cada vez más nacionalistas. En este escenario, los acuerdos comerciales ya no se discuten únicamente en términos de eficiencia económica, sino también de seguridad nacional y control estratégico de sectores clave.

Frente a este panorama, México no puede darse el lujo de asumir un papel pasivo. La revisión del T-MEC debería ser vista como una oportunidad para replantear su modelo de desarrollo. No basta con ser un país exportador; es necesario avanzar hacia una economía que genere mayor valor agregado, que invierta en innovación y que fortalezca su mercado interno.

Asimismo, el país debe apostar por una política industrial clara, que articule al sector público, privado y académico. La relocalización de empresas puede ser una gran oportunidad, pero solo si se acompaña de condiciones adecuadas: infraestructura moderna, certeza jurídica, capital humano capacitado y una visión de largo plazo.

En este sentido, la pregunta central no es qué cambios tendrá el T-MEC, sino qué tan preparado está México para adaptarse y aprovecharlos. La historia ha demostrado que los tratados comerciales, por sí solos, no garantizan el desarrollo. Son las decisiones internas las que determinan si un país logra beneficiarse de ellos o queda rezagado.

La revisión en curso no es, entonces, un asunto lejano ni exclusivo de negociadores y especialistas. Es un momento definitorio para el futuro económico del país. Lo que se acuerde —y, sobre todo, lo que México decida hacer con ello— marcará el rumbo de su competitividad en los próximos años.

Porque al final, más allá de cláusulas y porcentajes, el verdadero reto es claro: dejar de ser un actor dependiente y convertirse en un socio estratégico con capacidad de decisión propia. Esa es la verdadera prueba que hoy enfrenta México.

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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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