*El espejismo del triunfo.
Por Magda Olguín
La captura de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, ha sido presentada como una victoria histórica del Estado mexicano. Los discursos oficiales hablan de eficacia, cooperación internacional y fortaleza institucional. Pero detrás del espectáculo mediático hay preguntas incómodas que el poder preferiría no responder.
La primera es inevitable: ¿de quién es realmente esta victoria? La participación de Estados Unidos en la localización, inteligencia y presión operativa vuelve a colocar a México en una posición incómoda de dependencia. No es un secreto que Washington ha seguido de cerca cada movimiento del narcotráfico mexicano, no solo por razones de seguridad, sino por intereses geopolíticos. Cuando un capo de este nivel cae, la línea entre cooperación y tutela se vuelve peligrosamente delgada. Celebrar sin matices equivale a aceptar que México no puede resolver sus crisis de seguridad sin la mirada y la intervención del vecino del norte.
En medio del discurso triunfalista, las Fuerzas Armadas mexicanas son presentadas como los héroes de la jornada, y con razón: fueron ellas quienes enfrentaron a una de las organizaciones criminales más violentas del país. Sin embargo, el costo humano vuelve a ser el gran ausente en los discursos políticos. Los soldados, policías y civiles que perdieron la vida en los ataques derivados del operativo no son cifras en una conferencia de prensa. Son la evidencia brutal de que el Estado sigue librando una guerra que consume a sus propios ciudadanos, mientras las decisiones estratégicas se toman en escritorios lejanos al campo de batalla.
Políticamente, la captura del Mencho es oro puro. Para el gobierno en turno es una narrativa perfecta de éxito; para la oposición, una oportunidad de cuestionar la estrategia de seguridad y el costo humano. Pero ambos bandos suelen coincidir en lo esencial: convertir la seguridad en un botín discursivo. La lucha contra el narcotráfico se administra como propaganda, no como política pública de largo plazo.
En lo social, la historia ya la conocemos. La caída de un capo no desmantela al cártel; lo fragmenta. Y la fragmentación suele ser más violenta. Nuevos liderazgos, guerras internas, expansión de delitos de bajo perfil pero alto impacto social, como la extorsión y el cobro de piso. La captura del Mencho puede ser el inicio de un reacomodo que pagarán, como siempre, las comunidades más vulnerables.
Lo que sigue es la pregunta que ningún gobierno ha respondido con claridad. ¿Habrá una estrategia integral o solo un cambio de nombres en la lista de objetivos prioritarios? Sin inteligencia financiera, sin policías locales profesionalizadas, sin un sistema judicial que no libere a criminales por fallas procesales y sin políticas sociales que rompan el ciclo de reclutamiento criminal, la captura de un líder es apenas una victoria simbólica.
El Mencho cae, pero el sistema que lo hizo posible sigue intacto. Mientras no se desmonte esa estructura de corrupción, impunidad y desigualdad, México seguirá celebrando capturas como si fueran finales, cuando en realidad son solo pausas en una guerra sin estrategia de salida.
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