*“En política, la forma es fondo”: una lección vigente para el poder contemporáneo.
Por Magda Olguín
La célebre frase “en política, la forma es fondo”, atribuida al ideólogo priista Jesús Reyes Heroles, expresa que los aspectos externos como las maneras, gestos, actitudes, comportamientos y palabras tienen un peso significativo en la política, al punto de impactar directamente en decisiones importantes dentro de la carrera de un funcionario o político.
Un ejemplo que ilustra bien esta idea es la anécdota de Javier García Paniagua, entonces dirigente nacional del PRI, quien le informó a Óscar Ramírez Mijares, líder de la CNC, que sería el candidato del partido a la gubernatura de Coahuila en 1981. Sin embargo, poco después, el presidente José López Portillo lo mandó llamar y, al preguntarle si sabía por qué estaba ahí, Ramírez Mijares respondió con seguridad que sí: porque sería el próximo candidato, según le había dicho García Paniagua. Ante esto, López Portillo, visiblemente molesto, le contestó que entonces fuera con él a que lo hiciera candidato, y finalmente le otorgó la candidatura a José de las Fuentes Rodríguez.
Este episodio evidencia que Ramírez Mijares no actuó con la discreción y prudencia que exige la política, ya que no respetó los protocolos ni las formas esperadas en aquel tiempo. Olvidó que, en ese contexto, el presidente —el “gran Tlatoani”, como se le decía en tono reverencial— era quien tenía la palabra final y absoluta sobre decisiones como las candidaturas. La falta de forma, en este caso, le costó el fondo: la oportunidad de ser gobernador.
En el ejercicio del poder, hay frases que, aunque breves, encierran una profundidad estratégica y ética que trasciende generaciones. “En política, la forma es fondo” es una expresión que lejos de ser una sentencia estilística, es una advertencia sobre la naturaleza simbólica, mediática y estructural de la política. En tiempos donde la comunicación digital, la transparencia y la exigencia ciudadana han elevado los estándares del servicio público, comprender esta frase se vuelve imprescindible para quienes ocupan cargos de decisión.
Decir que la forma es fondo implica reconocer que “los modos en los que se ejerce el poder tienen consecuencias tan profundas como el contenido de las acciones mismas”. La manera en la que un político habla, se viste, se comporta en público, responde a una crisis o elige a sus interlocutores, dice tanto —o más— que su programa de gobierno. La política no se limita al fondo técnico de las decisiones, sino que vive y se valida en el terreno de la percepción, la narrativa y la legitimidad pública.
En la política contemporánea, marcada por la velocidad de las redes sociales y la constante vigilancia de la opinión pública, descuidar la forma puede ser tan peligroso como equivocarse en el fondo. Un buen ejemplo son los líderes que toman decisiones adecuadas, pero que, por comunicar con arrogancia, falta de empatía o poca sensibilidad social, terminan perdiendo respaldo popular. Al contrario, otros gobernantes construyen poder y credibilidad incluso en contextos difíciles, gracias a una forma impecable de transmitir sus decisiones: con claridad, humildad, empatía y simbolismo eficaz.
Este principio también actúa como freno a la improvisación, al egocentrismo y a la informalidad en el ejercicio del poder. La forma obliga al político a pensar en el impacto público de cada palabra, de cada gesto, de cada protocolo. Respetar la forma no significa actuar de manera falsa o superficial, sino dotar de coherencia y respeto a las estructuras institucionales y a los ciudadanos a los que se sirve. En este sentido, la forma es una manifestación de fondo democrático.
Aplicar esta idea en la política actual implica, entre otras cosas, cuidar la manera en que se nombran funcionarios, cómo se explican las reformas, en qué tono se enfrenta la crítica, y de qué forma se dialoga con sectores diversos de la población. También significa rechazar la tentación del espectáculo o el uso del poder para fines personalistas. “La forma correcta refuerza la credibilidad del fondo; la forma torpe o soberbia lo debilita”.
Hoy, más que nunca, los ciudadanos no solo exigen buenos resultados, sino también gobernantes que “sean congruentes entre lo que dicen, lo que hacen y cómo lo hacen”. Por ello, “en política, la forma es fondo” no es una frase del pasado, sino un principio rector para quienes quieran ejercer el poder con responsabilidad, visión institucional y sensibilidad social.
En el mundo político actual, “la forma no es un adorno ni un simple envoltorio: es sustancia, mensaje, poder y ética”. Ignorarla es gobernar a ciegas. Adoptarla como guía es ejercer un liderazgo consciente, legítimo y cercano a la ciudadanía. Como bien enseñó Reyes Heroles, la política es también un arte de formas, y saber usarlas puede ser la clave entre el éxito y el fracaso…
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