Que octubre sea rosa, porque en la vida nada es de ese color.

Por Martin Israel Campuzano Aguilar

A lo largo de la práctica médica me he encontrado un sinnúmero de casos impactantes, donde personas con una vida aparentemente normal, es decir, sin hábitos o conductas que aumenten el riesgo de enfermedades, tuvieron la desfortuna de recibir la noticia de padecer cáncer. Es una realidad que solo escuchar la palabra eriza la piel.

Algunas veces me tocó ser el mensajero, y ciertamente nadie te prepara para eso, porque nunca es fácil decirle a otro que en su ser crece algo que tiene el potencial de quitarle la vida.

Así fue con ella. Un día, de pronto, después de años de una vida plena —donde tuvo la familia que siempre soñó, donde formó unos hijos a los que les dio todo lo que pudo, incluso más, donde logró jubilarse del trabajo al que religiosamente asistió casi treinta años como parte de la administración de un hospital— ahora le tocaba a ella enfrentarse a ese tremendo balde de agua fría.

Días antes, apenas entrando a los 60 años, un dolor casi imperceptible en el seno la llevó, con la intuición que solo tienen las mujeres, a sospechar que algo no estaba bien. No se equivocó. Un tumor de menos de dos centímetros crecía con una velocidad impresionante, amenazando su integridad. Pero se mantuvo fuerte.

Como es habitual, cuando nos dicen algo malo, los humanos buscamos que no sea real. Ella buscó distintos médicos, que terminaron de confirmar lo que la esperanza buscaba negar: carcinoma ductal infiltrante, dijeron.

Como era de esperar, ella se quería atender en esa institución de salud donde había trabajado. Allí buscaba el refugio y el apoyo médico, para darse cuenta de que las citas con los especialistas son tardadas y los tratamientos, como las quimioterapias, tienen falta de insumos. Ella no podía esperar; a veces no aplica el término “paciente”.

El paso siguiente era fundamental: la cirugía, que consiste básicamente en retirar una o las dos mamas dependiendo del tipo y la extensión de los tumores. Ella se sometió a una mastectomía total, es decir, un seno y los ganglios cercanos del lado derecho le fueron retirados.

En la teoría suena sencillo, pero las mujeres no solo pierden un seno: para ellas es la feminidad, la belleza, un recuerdo del alimento en la lactancia. Y sin romantizarlo tanto, es la pérdida de una parte de su cuerpo. Es verse al espejo distinta, es sentirse desnuda, es creer que no las volverán a ver igual.

Después, y por si fuera poco, viene la quimioterapia, y pierden su cabello: otro choque anímico, uno tras otro. Las quimioterapias desgastan, causan náuseas, duelen, y duele fuerte: la piel, los huesos, el alma. Recuerdo que ella decía que nada le sabía, ni el dulce ni el amargo. Qué forma tan puntual de describir ese momento.

Sin duda, para ella fueron malos ratos, pero, a decir verdad, nunca la vi más fuerte, más hermosa y con más fe.

Hoy, el cabello empezó a crecer, el desayuno sabe diferente, la vida también.

En México, alrededor de 22 mujeres pierden la vida cada día a causa de cáncer de mama. Sin embargo, la prevención y la detección temprana pueden marcar la diferencia: incrementan las posibilidades de tratamiento exitoso y mejoran de manera significativa la supervivencia y la calidad de vida de las mujeres.

Dedicado a Sara, Liliana, Bere, Macrina.
Por todas, su lucha nos inspira… *NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

Medio de comunicación impreso que nació en 1988 y con el correr de los años se convirtió en un referente en la región de Tula del estado de Hidalgo. Se publica en formato PDF los miércoles y a diario la página web se alimenta con información de política, policíaca, deportes, sociales y toda aquella información de interés para la población.

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