*Medicina tradicional Tolteca: un legado
Hace unos días realicé una breve visita a la Zona Arqueológica de Tula (Tollan–Xicocotitlán, “lugar de tules”, cerca del cerro del Xicuco). Sobra decir que para un servidor es uno de mis sitios favoritos.
Desde niño, cuando la recorrí por primera vez, me despertaba infinidad de preguntas. Imaginaba aquellos edificios iluminados con sus colores originales; la gente navegando en canoas sobre un río Tula limpio, con márgenes verdes y llenas de vida; la luna reflejada en los espejos de agua de los templos y el sonido de los tambores resonando en el centro de la plaza.
Con cada visita surge una nueva interrogante, y en esta ocasión no fue la excepción. Al llegar nos encontramos con un guía hábil para la conversación, un hombre de unos 70 años con una energía sorprendente. Mientras caminábamos, tomaba plantas que crecen a la brava en el monte, sin mayores cuidados y con muy poca agua. Ese gesto, aparentemente sencillo, me llevó a pensar en los antiguos pobladores de México y en el vasto conocimiento que tenían sobre las propiedades curativas de diversas plantas.
Hoy, pese a los grandes avances farmacéuticos, los remedios herbolarios continúan siendo una alternativa para mitigar enfermedades, principalmente en zonas vulnerables donde los servicios de salud y los medicamentos no están al alcance de todos. El uso de plantas medicinales sigue siendo una práctica común en países en desarrollo. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos originarios ya conocían y aplicaban las propiedades de numerosas especies. Ese saber ha pasado de generación en generación y perdura hasta hoy como parte de la medicina tradicional mexicana y de nuestra identidad cultural.
En el caso tolteca, la medicina se sustentaba en un enfoque holístico, mágico-religioso y energético, donde la salud era entendida como el equilibrio entre el ser humano, la naturaleza y el cosmos. Los toltecas, reconocidos como “hombres y mujeres de conocimiento”, desarrollaron técnicas para armonizar la energía, sanar heridas emocionales y liberar creencias limitantes.
El uso de plantas medicinales es ampliamente aceptado, con variantes regionales en su preparación y aplicación. Algunos ejemplos:
El árnica se recomienda para tratar inflamaciones y como antimicrobiana, con efectos frente a bacterias como Staphylococcus aureus y Escherichia coli, además de sus propiedades antioxidantes. Es común su empleo en contusiones, esguinces, heridas, hematomas, dolores reumáticos e incluso anginas.
El epazote —del náhuatl epatl (hierba fétida) y tzotl (dulce), en alusión a su aroma intenso— es conocido también como yerba del zorrillo, paico o caa-ne. Las infusiones de sus hojas, raíces e inflorescencias se han utilizado durante siglos en México y el Caribe tanto como condimento como en la medicina tradicional. Su aceite esencial se empleó como antihelmíntico (contra lombrices) y también se le atribuye efecto emenagogo, al estimular el flujo sanguíneo y favorecer la menstruación.
La manzanilla es una de las plantas medicinales más antiguas conocidas. Sus preparaciones se usan para tratar fiebre, inflamación, espasmos musculares, trastornos menstruales, insomnio, úlceras, heridas, padecimientos gastrointestinales, dolor reumático y hemorroides.
La sábila, por su parte, también figura entre las especies más antiguamente registradas por sus propiedades biológicas. Se le reconocen efectos antifúngicos, antisépticos, antivirales, antibacterianos, antiinflamatorios y antioxidantes, además de su utilidad para cicatrizar heridas.
El amplio conocimiento de los pueblos mesoamericanos, entre ellos los toltecas, evidencia la estrecha relación que mantenían con la tierra, complementada por la sabiduría ancestral y el chamanismo, que dieron sustento al desarrollo de la medicina herbolaria.
Seguramente, en tu hogar y con tu familia, más de una vez has recurrido a esta medicina que, pese al paso del tiempo, se niega a desaparecer. *NI*
