*Acompañando a un enfermo
Sistemas de salud desde la narrativa
Por Martín Israel Campuzano Aguilar
A un lado de la cama, mal acomodado en una silla rasgada por el uso constante de los familiares de pacientes que una y otra vez tienen la desfortuna de caer víctimas de enfermedades, acompaño a mi padre, el señor Jacinto Díaz, un obrero retirado desde hace cinco años. Trabajó toda su vida en una fábrica que hacía loseta cerámica, platos, tazas, vaya, toda la vajilla. Él siempre decía que le hubiera encantado comer en El Pujol, un restaurante al que la mayor parte de la loseta que día con día fabricaba iba a parar.
Hoy, mientras recorría las calles buscando un medicamento que el seguro público no tenía para el cáncer que aqueja a mi padre, vi a lo lejos un letrero que, con letra cursiva y dentro de un marco iluminado, decía: El Pujol. Me acerqué, pues me habían hablado tanto de aquel lugar que las prisas por comprar la medicina pasaron por un momento a segundo término. Tal como lo describió mi padre, ese sitio no era para todo público: era exclusivo. A la entrada, un hombre de tez morena pero sumamente arreglado recibía los autos, mismos que acomodaba en un lote aledaño donde, además de resguardarlos para que no sufrieran robos o daños estéticos, unos muchachos se encargaban de lavarlos y encerarlos si el cliente así lo deseaba.
Me paré cerca del ventanal que da hacia la calle y pude ver personas, todas de traje, comiendo platillos que solo había visto en las películas: de esos que vienen en charolas cubiertas y son destapadas frente a los ojos del comensal cual regalos. Al fondo del lugar había un piano color negro y un hombre con camisa blanca y moño tocaba mientras una mujer cantaba: “Solamente una vez amé en la vida, solamente una vez y nada más”. Había también una barra al fondo, iluminada con candelabros que hacían brillar las botellas acomodadas de tal manera que se podían ver formas geométricas.
Así permanecí un momento, solo mirando lo que a mi padre le hubiera encantado conocer. Seguí mi camino en busca del medicamento que el doctor mencionó ayudaría con los dolores fortísimos que sufre mi padre, pues según el mismo galeno el hospital ya no podía costear esos medicamentos, ya que hace apenas unas semanas el organismo que regula el presupuesto de los hospitales había sacado del cuadro básico todos los medicamentos que se usan para mitigar el dolor en los pacientes terminales.
Por fin llegué a una farmacia donde tenían el medicamento. Al preguntar por el precio me fui de espaldas: tres mil pesos, y esa presentación solo alcanzaría para una semana de tratamiento. Decidí comprarlo, pues no sé si mi padre tenga siete días más. De regreso al hospital no paraba de pensar cuántas personas, en una situación igual a la de mi padre, por no tener dinero pasan los últimos días de su vida con dolor. Solo pensarlo me hizo un hueco en el estómago.
Al llegar a la habitación del hospital —si es que se puede llamar así a un lugar que comparten seis enfermos, donde solo hay un baño y literalmente huele mal— encontré a mi padre sentado a la orilla de la cama. Traía puesta su bata de exhibicionista, así la bautizamos, pues si te descuidas un poco muestras la espalda y lo que la acompaña. Miraba hacia la ventana donde se podían ver los edificios altos de la ciudad y las luces de las casas que a lo lejos se distorsionan. Me acerqué lentamente y noté que lloraba en silencio; las lágrimas le escurrían por las mejillas. Puse mi mano sobre su hombro y solo me miró, hizo un intento de sonrisa y continuó contemplando los edificios.
Después de unos minutos dijo:
—Hijo, ¿tú crees que pueda salir de esta?
Por primera vez en muchos años percibí miedo en la persona que nunca mostró debilidad o temor alguno. De momento no supe qué contestar y solo comenté:
—De esta, y las que nos faltan.
Aunque por dentro sabía que su enfermedad estaba ya en fase terminal y solo un milagro podría salvarlo.
Esa noche su compañera de “habitación”, la señora Encarnación Jiménez, una mujer de unos 60 años que había sido trasladada de un hospital en la sierra de Puebla por complicaciones de un tumor en la matriz, sufrió un paro cardíaco. Fue caótico. Su hija, la más chica, gritaba:
—¡Mi mamá no respira! ¡Mi mamá no contesta! ¡Mi mamá se me muere, ayúdenme!
Rápidamente llegaron los médicos y las enfermeras; consigo traían un cochecito repleto de ampolletas y un aparato que usaron en tres ocasiones en el cuerpo de doña Encarnación. Previo a eso, un médico joven —yo le calculo unos 26 años— colocó las manos en el pecho de la señora y contaba en voz alta, como si fuese una especie de número mágico para revivir a la gente. El médico sudaba intensamente y no se movió de allí hasta que alguien gritó:
—¡Vamos a usar el desfibrilador, todos para atrás!
Pero nada funcionó. La mujer que por la mañana platicaba con mi padre, que al salir del hospital lo invitaría a su casa para que probara el mole rojo y unas cemitas, había dejado de existir. Así, tan fácil, en unos minutos, había dejado el barco del sufrimiento. Su hija, por otra parte, estaba en el pasillo tratando de teclear en el teléfono móvil para avisarle a sus siete hermanos en Puebla que su madre había muerto.
Llegaron entonces unas enfermeras con unas sábanas limpias que envolverían el cuerpo de aquella mujer. Mi padre estaba impresionado; no paraba de decir:
—Si apenas en la mañana estaba re bien, hijo, te lo juro, pero este cáncer es un maldito, nos come poco a poquito.
Como pude lo tranquilicé y bajé por un cigarro, pues yo también estaba confundido. Frente al hospital había puestos que cerraban hasta muy tarde y en uno de ellos vendían café y un pan realmente sabroso, o al menos en ese momento así me pareció, pues en ocasiones era lo único que comía. A lo lejos pude ver al joven médico que apenas unos minutos antes intentó con todas sus ganas resucitar a la señora Encarnación.
Pedí un café para él y un pan. Me dirigí hasta donde estaba y le pregunté:
—¿Ya cenaste?
Al voltear noté que sus ojos estaban enrojecidos; no sé si por el esfuerzo que hizo o porque llevaba, según me dijo, viéndolo en el hospital desde hace tres noches. Entonces extendió la mano diciendo:
—Gracias, sí que lo necesito. Tuve que salir a tomar aire fresco.
Mientras bebía el café y se comía la concha con una velocidad impresionante, me dijo que llevaba tres días de guardia de castigo porque un médico de mayor rango le había hecho una pregunta que no supo responder, y eso le valió tres noches en el hospital. Yo estaba asombrado de cómo alguien podía resistir tantos días de desvelo y aun así trabajar con tanto esmero por salvar a alguien.
El médico me dio las gracias y dijo:
—Me voy, tengo que terminar unas notas, si no mañana me dejan guardado otro día más.
Le dije, mientras se marchaba:
—¿Cómo haces para tener fuerzas y no sentirte mal?
Él volteó por encima del hombro y dijo algo que no olvidaré:
—Amigo mío, cada que muere uno de mis pacientes necesito salir a tomar aire fresco y ver desde afuera el hospital, para saber que dentro hay cientos de personas que buscan vivir.
Ese chico, casi de la misma edad que yo, me dio una lección.
Por la mañana mi padre comenzó con ataques de tos. El médico que todas las mañanas me daba un informe de la salud de mi padre me pidió que charláramos en privado. Me explicó que por el cáncer se había colapsado un pulmón y debía colocarle un tubo para apoyar su respiración. Le marqué a mi madre, que por cuestiones económicas y de salud no podía venir desde el pueblo a la Ciudad de México, y aunque prácticamente la decisión la tomaría yo, consideré importante que ella formara parte de todo.
Al plantearle la situación comenzó a llorar y no paraba de decir:
—Ay, mijo, ¿cómo está mi viejito?, ¿cómo está?, dile que lo amo, dile que todo estará bien, dile que ya pronto nos vamos a ver.
No pude más y al colgar el teléfono comencé a llorar como nunca lo había hecho. Lloré como cuando eres niño y se entrecorta la voz, lloré como para que no hubiera más lágrimas para después. Pensé en todas las veces que mi padre jugó conmigo futbol en el patio de la casa cuando hacíamos porterías con las sillas; recordé cuando me enseñó a andar en bicicleta. Vaya, recordé cada uno de los momentos que él me había regalado y ahora lo único que lo haría vivir sería un tubo conectado a un ventilador.
Y así fue: mi padre entró al área de terapia intensiva. Lo vi pasar en su camilla, empujada por dos enfermeros, y no pude decirle nada, no pude ayudarle.
Las cosas cambiaron. Si bien la “habitación” no era cómoda y la silla me había dejado con dolor en la espalda, en la nueva suite que ocupaba mi padre no podían entrar familiares, solo esperar informes tres veces al día. El primer día fue horrible. Dormí en un cartón en el piso junto con otras personas de todas partes de la República.
A un lado mío dormía Esteban, un joven de 18 años que llegó una noche anterior porque su esposa fue diagnosticada con preeclampsia. Los doctores le explicaron que se debía a que la presión se le había disparado por encima de una cifra que ponía en peligro la vida tanto del bebé como la de su esposa. Noté su angustia al platicar del asunto, ya que esperaba con mucho gusto a su primogénito. En algún momento de la charla me platicó que se dedicaba a la carpintería y que desde que se enteró que sería padre hizo la cuna con la madera más fina que tenía en su taller.
Finalmente, alrededor de las cuatro de la mañana, sonó por el altavoz:
—Señor Esteban López, favor de pasar al área de informes.
Un médico, con una cara de pocos amigos, le dio la noticia:
—Tuvo usted un varón, afortunadamente está bien, pero su esposa se encuentra grave; será trasladada al Hospital de la Mujer, ya que debido al recorte de presupuesto no tenemos médicos ni aparatos para asegurar la vida de su esposa.
Aquel joven vivía en ese momento una encrucijada: por un lado era profundamente feliz porque era padre por primera vez, pero a su vez la mujer que amaba desde que la conoció en la primaria podía morir. Se despidió de mí y me regaló un llavero:
—Mira, estos los hago con pedacitos de la madera que me sobra.
Curiosamente, el llavero tenía tallada una virgen del pueblo donde nací.
Por la mañana, a la hora de recibir informes, el médico me dijo que consideraba prudente avisar a mis familiares que mi padre posiblemente no pasaría el día. Yo sospechaba algo, pues ese médico era quien comúnmente daba las malas noticias. Mi madre llegó horas después acompañada de mi tía y de mi única hermana. Debíamos esperar a la tarde para conseguir un pase especial. Mi madre no dijo nada gran parte del día; se limitaba a estar sentada, como preparándose para despedirse del amor de su vida.
Yo platiqué con mi hermana cuestiones para cuando el momento llegara y trasladáramos a mi padre al pueblo, a unas seis horas de la capital. Era una cuestión complicada, ya que mi hermana había perdido su empleo y yo ganaba poco. En fin, hice algunas llamadas y logré conseguir dinero.
Por fin hablamos con la trabajadora social y pudimos entrar a despedirnos de mi padre. Mi madre se sentó a un lado del cuerpo adelgazado y pálido de su esposo y, con un amor que pocas veces vi, le dijo al oído que en esta y en todas las vidas estarían juntos. Nunca había oído hablar a mi madre de esa manera, mucho menos conocía esa fortaleza en aquellos momentos. Mi hermana no paraba de llorar y de acariciar la mano de su Chinto, como le decía de cariño a papá.
Finalmente ellas salieron del cuarto y me quedé solo con él. Fue un momento que nunca olvidaré. Solo pude decirle que en el restaurante El Pujol la gente era muy feliz con las vajillas tan hermosas que él había hecho, así de felices como fuimos mi madre, mi hermana y yo de haberlo conocido. El médico responsable me dijo que el tiempo había terminado y que era pertinente que saliera del cuarto.
Mi padre murió un 28 de mayo de 2015, víctima de cáncer en el pulmón. Los médicos escribieron en el reporte final que seguramente los factores determinantes fueron la sílice y los químicos que manipuló durante tantos años en la fábrica de porcelana.
Mi madre vive modestamente con la pensión de mi padre: tres mil pesos, para ser exactos, quién lo diría, la misma cantidad que le quitó el dolor a mi padre en sus últimos días.
Y yo solo puedo decir que me volví un hombre acompañando a un enfermo. *NI*
