*Se dice mucho sobre… la crisis mundial.

Por Javier Alejandro Maldonado Cedillo

La crisis mundial derivada del deterioro de las relaciones entre diversas potencias y de los conflictos armados registrados en los últimos años, tendrá efectos directos en la economía global y en el funcionamiento de empresas y hogares. Uno de los primeros impactos se observa en el incremento del precio de los energéticos, particularmente del petróleo y la gasolina. A ello se suma la incertidumbre generada por posibles interrupciones en rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, por donde transitan diariamente cerca de veinte millones de barriles de petróleo. La inestabilidad en esta zona ha provocado que los precios alcancen niveles no registrados en los últimos cuatro años, con efectos inmediatos en el costo del gas natural y de otros insumos básicos.

En este contexto, Rusia podría convertirse en uno de los principales beneficiarios indirectos del conflicto con Irán, debido a su capacidad para suministrar petróleo y gas en grandes volúmenes al mercado europeo. Al mismo tiempo, China tendría que fortalecer sus acuerdos energéticos con Moscú, lo que podría acelerar proyectos de infraestructura, como los gasoductos que conectan Siberia con territorio chino. De manera similar, India, ante las limitaciones para adquirir crudo iraní, podría recurrir con mayor intensidad al suministro ruso, lo que incrementaría los ingresos del Kremlin y contribuiría a financiar su gasto militar en el conflicto con Ucrania.

El Fondo Monetario Internacional ha señalado que un incremento del 10 % en el precio del petróleo, sostenido durante varios meses, podría reducir entre 0.3 % y 0.5 % el crecimiento del producto interno bruto mundial. Un escenario de esta naturaleza implicaría mayores costos en la energía, presiones inflacionarias adicionales, reducción en la actividad turística y alteraciones en el comercio internacional. En consecuencia, los mercados financieros tenderían a mostrar mayor volatilidad, lo que limitaría la inversión y aumentaría la cautela entre los inversionistas.

La combinación de inflación elevada, incertidumbre en el suministro de alimentos y energéticos, así como disrupciones en las cadenas de suministro, podría traducirse en un incremento sostenido de costos durante los próximos meses. De mantenerse estas condiciones, el resultado sería una desaceleración del crecimiento, menor estabilidad financiera y un periodo prolongado de bajo dinamismo económico a escala global.

En este escenario, no puede descartarse un ajuste significativo en los mercados bursátiles entre 2026 y 2027. Algunos indicadores sugieren un comportamiento similar al observado a finales de la década de 1990, cuando el valor de las acciones de empresas pequeñas creció de forma desproporcionada respecto al de las grandes corporaciones, situación que precedió a la corrección registrada en el año 2000. La actual sobrevaloración en ciertos sectores, combinada con la incertidumbre geopolítica, incrementa la vulnerabilidad de los mercados financieros.

En México, los efectos de la desaceleración comienzan a reflejarse en distintos indicadores. Durante 2025, cerca de 25 mil empresas fueron dadas de baja del registro del Instituto Mexicano del Seguro Social, la cifra más alta en las últimas dos décadas. Este comportamiento sugiere un debilitamiento del aparato productivo y señales de desindustrialización. A ello se suma la incertidumbre previa a la revisión del T-MEC con Estados Unidos, las tensiones en Medio Oriente, la inseguridad interna y la percepción de inestabilidad jurídica, factores que influyen de manera negativa en las decisiones de inversión.

En este contexto, la Copa Mundial de Futbol de 2026 podría generar un efecto temporal positivo debido a la derrama económica asociada al turismo y a la organización del evento. Sin embargo, su impacto será limitado y no modificará las tendencias estructurales de la economía. Un crecimiento estimado entre 0.3 % y 0.5 % refleja un escenario cercano al estancamiento. A ello se añade la reducción aproximada del 14 % en el gasto destinado a infraestructura dentro del Paquete Económico 2026, medida que ha sido interpretada por el sector privado como una señal poco favorable para la inversión.

La pérdida de más de 41 mil patrones en los últimos veinticuatro meses supera los registros observados en crisis anteriores, como la de finales de la década de 1990, y ha afectado principalmente a las micro, pequeñas y medianas empresas. Ante este entorno, algunas grandes corporaciones han comenzado a explorar alternativas que les ofrezcan mayor certidumbre jurídica y mejores condiciones de seguridad para operar.

Frente a este panorama, el gobierno federal enfrenta el reto de reducir los costos de contratación, mejorar los incentivos fiscales y fortalecer el estado de derecho. Resulta igualmente necesario disminuir los niveles de inseguridad y extorsión, generar mayor estabilidad regulatoria y mantener una relación económica predecible con Estados Unidos, especialmente ante la próxima revisión del T-MEC. Asimismo, será indispensable promover una mejor planeación financiera, fortalecer los mecanismos de gestión de riesgos e incrementar la liquidez en el sector productivo.

Aunque el entorno internacional continúa siendo complejo y los efectos económicos de la pandemia aún no se han disipado por completo, los signos de desaceleración y los cambios en los procesos de relocalización industrial son cada vez más evidentes. Esta situación obliga a replantear las estrategias económicas tanto a nivel nacional como internacional.

A partir de este análisis surgen preguntas fundamentales para la reflexión:
¿Consideras que México está en una crisis económica? ¿Consideras que México cuenta con los elementos necesarios para hacer frente a la problemática financiera y económica que se avecina? y, ¿Los efectos de la guerra entre Estados Unidos e Irán afectarán directa o indirectamente a México?

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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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