*Gisèle Pelicot: lo que viene después del horror

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Marzo nos recuerda el Día Internacional de la Mujer. Una fecha que, más allá de discursos o consignas, suele traer de vuelta historias que obligan a pensar.

Como la de Gisèle Pelicot. Hace algunos meses escribí sobre esta mujer francesa que decidió enfrentar públicamente el juicio contra su esposo y más de cincuenta agresores, después de descubrir que durante años fue drogada para ser violada mientras permanecía inconsciente. Su decisión de no esconderse y de permitir que el juicio fuera público dio la vuelta al mundo y dejó una frase que se volvió símbolo de resistencia: la vergüenza no debía pertenecer a la víctima.

Recientemente, el periodista Daniel Verdú publicó en El País Semanal una extensa entrevista con Pelicot, con motivo de la aparición de su libro Un himno a la vida. Es una conversación dura, pero profundamente luminosa. Más que relatar el horror, revela algo mucho más difícil de explicar: la capacidad humana de levantarse después de haber conocido lo peor.

Durante cincuenta años —cuenta— creyó haber vivido una vida tranquila. Una vida común: con su esposo, sus hijos, sus nietos. Navidades, cumpleaños, celebraciones familiares. Recuerdos de una existencia que parecía en paz. Incluso hoy, al mirar hacia atrás, dice que aún hay momentos de esa vida que le producen nostalgia.

Todo cambió cuando el suboficial Perret, el policía que condujo la investigación y a quien ella dice deberle la vida, le contó lo que estaba por descubrir. Su esposo había publicado anuncios para que otros hombres mantuvieran relaciones sexuales con su esposa. Durante una década la drogó, la violó y permitió que más de cincuenta desconocidos hicieran lomismo.

Pelicot afirma que no recuerda nada de aquello. Ni siquiera tiene memoria corporal. Los estudios médicos no encontraron señales físicas que explicaran lo ocurrido. Lo único que recuerda con claridad es la vida cotidiana con el hombre que tenía enfrente cada mañana, mirándola a los ojos mientras desayunaban.

“Es imposible imaginar que alguien a quien amas pueda hacerte algo así”, dice en la entrevista.



Hubo un momento —confiesa— en el que pensó en la muerte, justo después de enterarse de lo que su marido le había hecho. Diez segundos. Solo diez. Pero decidió seguir viviendo.

Dice que siempre ha combatido a la muerte y que, incluso ahora, quiere seguir haciéndolo. Hay un instante en la entrevista en el que su voz se quiebra. Pero, no ocurre cuando habla del juicio ni cuando recuerda lo ocurrido. Ocurre cuando menciona a su perro, que la acompañó durante todo el proceso y que falleció recientemente.

Decidió conservar el apellido Pelicot. No por su exesposo, sino por su familia. Quería que ese apellido dejara de asociarse únicamente con el crimen y pudiera también ser recordado por la valentía con la que ella lo enfrentó. Que, cuando se hablara de Pelicot, también se hablara de la mujer que cambió el lugar de la vergüenza.

Aún hay heridas abiertas. En los archivos del caso aparecieron indicios que sugieren que su hija también pudo haber sido víctima. Es una verdad que la familia todavía intenta procesar.

En medio de este proceso conoció a una nueva pareja. Dice que se enamoró mientras reconstruía su vida y que esa relación le devolvió algo que parecía perdido: la alegría. Incluso afirma que hoy puede bromear sobre el juicio, porque no ha perdido el deseo de vivir ni la esperanza.

No ha perdonado. Pero tampoco quiere vivir en el odio.

Ahora ofrece conferencias, participa en encuentros universitarios y quiere viajar. Sobre todo, dice que quiere vivir tranquila.

En un mundo donde tantas mujeres siguen cargando con culpas que no les pertenecen, la historia de Gisèle Pelicot nos recuerda algo esencial: incluso después del dolor más profundo, todavía es posible ponerse de pie… y convertir la propia historia en una forma de esperanza.

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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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