*Tailandia: el capítulo que nadie vio venir
Parte III — La aparición

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

La semana pasada dejé la historia suspendida en una imagen difícil de explicar: Paul McCartney corriendo en una caminadora, en un hotel de Barcelona, como si fuera el hombre más ordinario del mundo.

No sé si fue el cansancio acumulado del viaje, la espera en el aeropuerto o esa extraña forma en que las coincidencias se acomodan cuando uno menos lo espera. Pero ahí estaba.

Al llegar al área de la alberca, una escena completamente surrealista me dejó sin aliento: justo al lado del gimnasio que daba a la piscina, ahí estaba él, Paul McCartney, corriendo en la caminadora junto a su esposa. Justo como lo describió otro fan en Argentina apenas hace unos meses en el Hotel Four Seasons, el exbeatle estaba haciendo ejercicio. Era increíble y algo inesperado. Y ahora, esta vez era yo quien vivía ese instante extraordinario. En Barcelona, en un hotel que estaba lejos de ser el Four Seasons, me encontraba frente a Paul McCartney. La escena era mágica, casi cómica, y me quedé petrificada. No, seguro estoy soñando. ¿Qué hago? ¿Me despierto? O mejor sigo soñando este sueño tan bonito, tratando de prolongarlo tanto como pueda.

Así que, buscando calmar mi mente, preferí seguir leyendo La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada, la lectura de esa semana en mi clase de Literatura Hispanoamericana, que había intentado, sin éxito, leer durante todas las vacaciones. En clase habíamos hablado de cuentos que contienen elementos de la realidad y del sueño, y no podía evitar preguntarme: ¿estaba en la realidad, en mi sueño, o estaba viviendo un realismo mágico “real”? ¿Por qué nadie parecía darse cuenta de que Paul McCartney estaba allí? ¿Por qué nadie lo perseguía o intentaba acercarse? ¿Y por qué yo, teniéndolo a unos metros, decidí quedarme quieta, siguiendo con mi lectura? Era como si todo conspirara para mantener el equilibrio entre lo real, lo mágico y lo soñado.

Mientras mi mamá seguía nadando, decidí tomar valor y comentarle a Angie lo que estaba pasando. Fue a verificarlo —porque, por supuesto, no me creyó— y cuando lo confirmó, las dos estábamos muertas de emoción. Ante mi inglés inseguro, la convencí de que fuéramos juntas a hablar con él. En el camino, que me pareció eterno, me preguntaba si sería tan amable como se veía en Instagram y como yo siempre he imaginado a los “superhumanos”: cercanos, cálidos, atentos. Cuando llegamos, le pedimos un autógrafo, disculpándonos por interrumpirlo. Nos escuchó con atención mientras le contábamos del retraso, del viaje y del sueño de verlo en Londres. Sonrió y nos dijo que vería la manera de ayudarnos. Con la voz y la mano temblorosas regresamos a la alberca. Horas después, en recepción, nos entregaron cinco boletos para el concierto y cinco vuelos redondos Barcelona-Londres. Al día siguiente volamos. No sé qué pensaban los demás, pero yo no pude dormir esa noche. Pensaba en la increíble casualidad de no haber podido regresar a México, de haberlo encontrado en ese hotel y de ahora estar rumbo a Londres. El jueves ya estábamos en la Arena, a unos metros del escenario. Afuera, el frío cortaba la piel. Adentro, el calor de miles de personas reunidas por las mismas canciones parecía borrar cualquier duda.

Cuando comenzó “A Hard Day’s Night”, pensé que no había nada duro en ese día. El repertorio avanzó entre luces, recuerdos y generaciones cantando juntas. Mi papá sonreía. Angie cantaba a todo pulmón. Pepe grababa con incredulidad. Mi mamá observaba con una felicidad serena. Y yo sentía que el mundo se había detenido en ese instante.

Luego apareció Ringo Starr.

La euforia fue total.

El bajo Hofner volvió a sonar.

Las luces explotaron.

Y todo parecía demasiado perfecto.

Después regresamos al hotel. El silencio tenía otra textura. Las maletas seguían ahí, intactas. El cansancio también. Pero algo no terminaba de acomodarse.

¿Habíamos vivido todo exactamente así? ¿O el deseo de quedarnos en Barcelona había tejido una versión más extraordinaria de los hechos? Me acosté mirando el techo, dejando que la euforia se disolviera lentamente. Cerré los ojos por un instante, y la duda seguía latente: ¿había vivido el mejor día de mi vida, o solo había soñado con él?

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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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