*Tailandia: el capítulo que nadie vio venir

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Hay historias que una recuerda con demasiados detalles.
Esta es una de ellas.
No sé en qué punto dejó de ser un viaje y empezó a sentirse distinto, ni cuándo la lógica empezó a volverse menos confiable. Lo único cierto es que todo comenzó al regresar de Tailandia, cuando creíamos que lo extraordinario ya había quedado atrás.
Parte | – El retraso
Papá, mamá, Angie, Pepe y yo, estábamos regresando de un viaje extraordinario por Tailandia, donde la experiencia más mágica fue convivir con elefantes en un santuario.
Alimentarlos, bañarlos y caminar junto a ellos en un entorno natural nos llenó de una paz indescriptible. Pero, tras días llenos de descubrimientos, el trayecto de regreso a casa nos llevó de Tailandia a Dubái, luego a Barcelona, acumulando ya 16 horas de vuelo cuando aterrizamos en España. Con escalas interminables y horas de viaje, estábamos totalmente exhaustos.
La fila para abordar el vuelo de Barcelona a México serpenteaba lentamente. Cada rostro llevaba el peso de un cansancio acumulado por horas de trayecto, y la espera se tornaba casi insoportable. Pepe, con su sándwich en mano, se unió a nosotros con esa despreocupación que logra reconfortarme. Fue justo en ese instante, al verlo dar un mordisco sin prisa, cuando una idea absurda pero insistente cruzó mi mente: «¿Por qué no nos quedamos aquí?».
Barcelona, con su arquitectura que parece susurrar historias de siglos, estaba tan cerca.
Podríamos haber bajado las maletas, haber tomado unos días para perdernos en sus calles, comer paella frente al mar o simplemente no tener que enfrentar las 12 horas de vuelo que nos esperaban. Lo había pensado durante todo el viaje, pero fue en ese momento, rodeada del murmullo de los pasajeros y con el olor del sándwich de Pepe impregnando el aire, cuando el pensamiento se volvió insoportable.
—¿Qué demonios hacemos regresando tan rápido? —murmuré.
Nadie contestó. Quizá porque no lo dije lo suficientemente alto, o quizá porque todos compartían la misma pregunta en silencio. Miré a Pepe y no entendía cómo había rechazado el desayuno del vuelo anterior si ahora estaba desayunando ahí.
Fue entonces cuando la voz del altavoz resonó, primero en catalán, luego en inglés y finalmente en español:
—Señores pasajeros, por favor, presten atención a este comunicado urgente. Les pedimos permanecer en el área de abordaje. No se permitirá el ingreso al avión hasta nuevo aviso.
Un murmullo se extendió como una ola entre la fila. Miré a mi papá, con su postura serena pero alerta, observaba a su alrededor, intentando captar alguna señal que explicara la situación. Angie alzó las cejas en un gesto de desconcierto. Su condición de médica parecía ponerle una presión invisible pero palpable. Mi mamá, en cambio, miró hacia el techo como si estuviera en una breve oración silenciosa, buscando claridad, pero sin alarmismo.
Fue Pepe quien rompió el silencio, con la boca medio llena:
—Algo raro está pasando, ¿no creen?
Entonces, el altavoz volvió a hablar:
—Se informa que un brote de un virus desconocido se ha detectado en China, con posibles repercusiones globales. Se recomienda que todos los pasajeros permanezcan donde estén hasta que se tenga mayor información sobre el alcance de este evento.
Continuará…
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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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