*La extraña comodidad del desorden.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Hay momentos históricos en los que no ocurre una gran explosión ni existe una fecha exacta que marque un antes y un después, pero aun así algo se rompe. No de golpe, sino por desgaste. Las reglas que durante décadas ordenaron el mundo dejan de explicar lo que vemos; las instituciones pierden autoridad moral y las certezas que parecían inamovibles se vuelven frágiles. A eso solemos llamarle crisis, aunque quizá sea algo más profundo: el rompimiento de un orden.

Ese rompimiento viene acompañado de una sensación difícil de nombrar, pero muy reconocible: el desencanto. No se trata solo de desilusión política o hartazgo social, sino de la percepción de que las promesas que sostuvieron al mundo contemporáneo —democracia liberal, cooperación internacional, respeto a reglas compartidas— ya no alcanzan para contener la realidad. El siglo XXI avanzó más rápido que las estructuras que pretendían gobernarlo.

En ese contexto empiezan a aparecer hechos que nos resultan “extraordinarios”. No porque sean inexplicables, sino porque rompen con aquello que dábamos por normal. Decisiones políticas que habrían parecido impensables hace unos años, el abandono abierto de acuerdos internacionales, la amenaza como herramienta legítima de política exterior, la idea de que el poder puede ejercerse sin mediaciones ni pudor. Hoy, todo eso ocurre a plena luz del día.

Y México no está fuera de ese temblor. La decisión de elegir al Poder Judicial por voto popular —más allá de la postura que cada uno tenga sobre ella— es uno de esos hechos que “rompen la cabeza” porque altera una pieza central de la arquitectura institucional moderna: la forma en que se concibe la independencia judicial, los contrapesos y la legitimidad del árbitro. No es un detalle técnico: es un síntoma de época.

Estos hechos no son anomalías aisladas ni simples excesos de ciertos liderazgos. Son respuestas —a veces torpes, a veces agresivas— al desencanto. Cuando las reglas dejan de funcionar, el poder comienza a mostrarse sin disimulo; cuando los consensos se agotan, la fuerza sustituye al argumento. No es que el mundo se haya vuelto irracional de repente, sino que el marco que lo contenía se ha debilitado.

Es en medio de este escenario que aparece el Foro Económico Mundial, celebrado cada año en Davos. Davos no gobierna al mundo ni decide leyes, pero funciona como un espejo incómodo: ahí se reflejan las tensiones, los miedos y las fracturas del sistema internacional. No es el origen del problema, sino el lugar donde el desorden se hace visible y, a veces, se nombra.

En ese escenario, el discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, llamó particularmente la atención. No porque ofreciera soluciones inmediatas, sino porque se atrevió a decir lo que muchos intuyen: que el orden internacional basado en reglas está llegando a su límite y que, en este nuevo mundo, quien no ocupa un lugar en la mesa corre el riesgo de convertirse en parte del menú. Más que un desafío directo a Donald Trump, fue un diagnóstico crudo de la época que estamos atravesando.

Incluso desde México, la lectura fue clara. La presidenta Claudia Sheinbaum calificó la intervención como un “muy buen discurso, muy a tono con los momentos actuales”. No fue una toma de partido ni una confrontación abierta, sino el reconocimiento de que lo dicho en Davos ponía en palabras algo que ya estaba ocurriendo: un mundo donde las reglas que parecían firmes han comenzado a resquebrajarse y donde el lenguaje político intenta, a veces con dificultad, ponerse al día con la realidad.

La conclusión, entonces, no tendría por qué ser el miedo. Los cambios de orden no son anomalías históricas; son parte de la evolución de las sociedades. Comprenderlos permite dejar atrás el desconcierto y asumir que estamos atravesando un reajuste profundo, no el colapso definitivo del mundo que conocemos.

Pero tampoco se trata de perder el miedo por completo. Un cierto grado de inquietud es útil para no dar todo por sentado, para seguir haciendo preguntas y no acostumbrarnos demasiado rápido a lo que cambia. Entender un cambio de época no implica celebrarlo todo ni rechazarlo de inmediato, sino observarlo con atención, con distancia y con la capacidad de distinguir lo que vale la pena cuidar.

Tal vez de eso se trata este momento histórico: de aprender a vivir sin el miedo paralizante, pero también sin la tranquilidad ingenua. De aceptar que el orden se transforma, sin dejar de preguntarnos —una y otra vez— hacia dónde.

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Por Nueva Imagen de Hidalgo

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