Un trazo verde sobre la oscuridad
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
Hay momentos en los que una no escribe porque no quiere decir nada, sino porque tiene demasiadas cosas dando vueltas al mismo tiempo. La cabeza ocupada, el ánimo disperso. Y entonces aparecen ciertos recuerdos —no como anécdota, sino como refugio— que regresan para recordarte que el mundo, incluso cuando parece en pausa, sigue siendo extraordinario.
Eso me pasó al pensar en las auroras boreales. Febrero de 2022. Cinco días en el norte de Finlandia.
Llegué a Rovaniemi, una ciudad ubicada prácticamente en el Círculo Polar Ártico. En invierno, la noche se extiende durante horas interminables; el sol apenas aparece —cuando aparece— y la oscuridad se vuelve parte del paisaje. Las temperaturas rondan entre los menos diez y menos veinte grados, y su población es reducida: poco más de sesenta mil habitantes. Tal vez por eso, al caminar por sus calles, se siente como un pueblo suspendido en el tiempo, casi fantasma, donde el silencio domina todo.
La finalidad del viaje era clara: ver auroras boreales.
Ese fenómeno ocurre cuando partículas cargadas provenientes del Sol chocan con la atmósfera terrestre y liberan energía en forma de luz. Suena técnico. Pero en realidad es algo más sencillo y extraño: el cielo reaccionando. El espacio tocando la Tierra. Una conversación que no siempre se deja ver.
Mientras esperábamos ese encuentro, los días se llenaron de recorridos que parecían escenas cuidadosamente diseñadas. Visitamos la casa de Santa Claus —literalmente ahí vive, ahí trabaja, ahí existe toda una villa que parece salida de un libro infantil—, un lugar donde el invierno se vuelve cuento y la lógica adulta se suspende.
Por la noche, hicimos un recorrido en moto sobre un lago completamente congelado. Fue ahí donde entendí la inmensidad del cielo. Un cielo negro, profundo, cubierto de nieve suspendida, con pinos blancos recortándose en la oscuridad. Todo parecía una escena cinematográfica: perfecta, silenciosa, irreal.
Al día siguiente, por la mañana, el paisaje cambió. Paseamos en trineos jalados por perros
—no lobos, aunque por momentos lo parecían— corriendo felices sobre la nieve. El cielo era azul intenso, la luz limpia, y el blanco lo cubría todo. Era otra postal, igual de contundente.
Llegó entonces el día del tour de caza de auroras. Nos explicaron con más detalle el fenómeno y nos advirtieron caminar con cuidado: bajo la nieve podían formarse huecos invisibles, hundimientos profundos. Ese día el silencio fue distinto. Más denso. Más consciente. Como si todo el paisaje estuviera esperando junto con nosotros.
Y así llegamos al quinto día. La última oportunidad.
Hasta ese momento no habíamos visto nada. Ninguna señal. Esa noche fuimos a un sitio apartado, con cabañas de techo de cristal. Cenamos salmón —en Rovaniemi el salmón es casi una constante— y hasta los guías hablaban con una resignación suave, como si ya asumieran el desenlace.
De pronto, sonó una alarma. No sísmica. Celestial.
La alerta de auroras.
Salimos. Y ahí estaban. Líneas verdes suspendidas en un cielo negro e infinito. No fue una explosión, fue un trazo. Una escritura lenta sobre la noche. Todos gritamos, brincamos, nos miramos como niños que acaban de descubrir que el mundo todavía guarda secretos. Durante horas, las luces aparecieron y desaparecieron, como si el cielo respirara.
No fue una experiencia de posesión, sino de contacto. No de privilegio, sino de coincidencia.
Estar ahí, justo en ese punto del planeta, en ese instante preciso, y poder mirar.
A veces la maravilla no consiste en ir lejos, sino en que nuestros ojos sigan siendo capaces de asombrarse.
Tal vez por eso, cuando todo se siente un poco desordenado, conviene recordar que hay cosas que no se fuerzan. Que se esperan. Que llegan cuando quieren. Como las auroras. Como ciertas palabras. Como la calma.
Y entonces, una vuelve a escribir.
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