*Cuando el amor muerde.
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
Hay momentos en los que uno cree que todo está bien. Que la confianza es absoluta, que los límites ya no hacen falta y que el cariño lo justifica todo. Hasta que algo ocurre. Algo pequeño, pero lo suficientemente claro como para obligarte a mirar con atención. Porque incluso en las relaciones más cercanas, las señales existen. El problema es que casi nunca las tomamos en serio… hasta que dejan marca.
El sábado, como cualquier sábado que se respete, decidí levantarme un poco más tarde.
Como todas las mañanas, lo primero que hice fue salir a saludar a los perritos: taparlos, darles besitos y hacerles cosquillas, una rutina que hasta ahora había sido completamente segura para mi integridad facial.
Con Leia, la perrita, los límites son claros. Si tuvo pesadillas o amaneció de malas, me lanza un mini gruñido perfectamente inteligible que significa: no hoy, gracias. Con Luke, en cambio, las cosas son distintas. Luke y yo no tenemos límites de privacidad. Somos una relación de absoluta confianza, de esas que creen que ya nada malo puede pasar.
Le hice cosquillas en la panza y lo saludé como siempre: ¿cómo amaneciste, pancita? Le acaricié los bigotes, me incliné sobre su cómoda y acolchada cama —que, por cierto, terminé ocupando en dos terceras partes— y le di besitos en la cabeza con la tranquilidad de quien se sabe en terreno seguro. Todo iba muy bien, o al menos eso creía, cuando sentí una pequeña mordida. Tan leve que pensé que había sido un error de percepción, una ilusión táctil causada por el sueño o por el exceso de confianza.
Así que seguí. Craso error.
Ocho segundos después, Luke me pescó la nariz. Pero bien pescada. No fue simbólico, no fue metafórico, fue un acto claro y contundente. El tiempo se me hizo eterno. Me toqué la nariz, había un poco de sangre, y lo único que pude decir fue: Luke, me mordiste. No lo regañé. Estaba demasiado sorprendida. ¿Cómo era posible, si Luke y yo somos prácticamente uno mismo?
Me vi en el espejo: dos marcas perfectas y una nariz que comenzaba a hincharse con dignidad. Luke, por su parte, no se apenó en lo absoluto, lo que me lleva a pensar que, desde su punto de vista, no había pasado nada fuera de lo normal. Tal vez se molestó porque le dije panzas. Tal vez porque invadí su cama. Tal vez porque me encimé. Porque le agarré los bigotes. Porque le di besos. O tal vez porque, sencillamente, incluso el amor necesita pausas y advertencias que uno decide ignorar.
Desde entonces, Luke no ha dejado de seguirme todo el día. No creo que esté arrepentido
—no creo que piense que hizo algo mal—, pero sí parece intuir que algo cambió. Tal vez porque los perros, sin proponérselo, suelen recordarnos cosas básicas: que incluso el cariño necesita espacio, que la confianza no cancela los límites y que, a veces, quienes más queremos son los primeros en avisarnos cuando ya nos estamos pasando.
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