La responsabilidad de no dejar de juzgar: Arendt y Venezuela 2026

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Hace cincuenta años murió Hannah Arendt. Lo escribo no como efeméride académica. Es una oportunidad para volver a una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando dejamos de pensar y nos limitamos a cumplir?

Arendt nació en 1906, en Hannover, Alemania, en una familia judía. Vivió el ascenso del nazismo, la persecución y el exilio. No pensó el siglo XX desde la teoría pura, sino desde la experiencia de haber visto cómo un Estado puede convertir la obediencia en una forma de violencia.

En 1961 viajó a Jerusalén como enviada especial de The New Yorker para cubrir el juicio de Adolf Eichmann, uno de los responsables de la logística que hizo posible el Holocausto. Arendt no observó el juicio desde lejos: estuvo en la sala, escuchó los interrogatorios, miró los gestos y atendió el lenguaje.

De esa experiencia nació el libro Eichmann en Jerusalén. Arendt esperaba encontrarse con un fanático o un criminal excepcional. Lo que vio fue un hombre común, torpe al hablar, obsesionado con justificar su carrera como funcionario. Eichmann no decía que odiara a los judíos. Decía algo más inquietante: “yo cumplía órdenes, respetaba la ley”.

Ahí surge una de las ideas más conocidas —y más incómodas— de Arendt: la banalidad del mal. El mal extremo, advirtió, no siempre viene de monstruos, sino de personas ordinarias que dejan de pensar y sustituyen el juicio moral por reglas, procedimientos y obediencia.

Eichmann no parecía actuar por odio personal ni por sadismo. Su problema era otro: nunca se preguntó si lo que hacía estaba bien o mal, ni qué significaba para los demás. Solo se preguntaba si estaba cumpliendo correctamente con su tarea.

Para Arendt, pensar no es acumular ideas ni citar teorías. Pensar es detenerse, examinar consecuencias y preguntarse qué estamos haciendo. Cuando ese diálogo interno desaparece, cualquier cosa puede volverse normal.

Arendt no justificó a Eichmann. Lo consideró culpable. Pero rompió con una explicación cómoda: no basta con decir que el mal lo hacen “otros”. El riesgo real aparece cuando personas comunes renuncian a juzgar y se refugian en el lenguaje administrativo de la normalidad.

Esta reflexión se vuelve especialmente pertinente hoy frente a lo que ocurre en Venezuela. Por un lado, se afirma que cualquier acción externa —como la extracción del presidente Nicolás Maduro— constituye una violación al derecho internacional, y que, por tanto, debe considerarse inaceptable. Por otro lado, aparece una postura que descalifica cualquier opinión externa bajo el argumento de que solo los venezolanos pueden hablar, porque solo ellos han vivido el deterioro institucional, la represión y el desgaste cotidiano de estos años.

Entre esas dos posiciones no hay respuestas limpias ni certezas absolutas. Hay zonas grises, claras y oscuras. Hay decisiones que parecen correctas, pero no del todo; y acciones que parecen injustificables, pero tampoco se agotan en una simple condena. Justamente ahí es donde probablemente el pensamiento de Hannah Arendt resulta más actual: lo verdaderamente peligroso no es equivocarse al juzgar, sino renunciar a juzgar, dejar de pensar por comodidad, por miedo o por obediencia a una consigna. En tiempos así, pensar —aunque incomode y no ofrezca respuestas claras— sigue siendo la única forma de no normalizar lo que no debería volverse normal.

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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