*Barbie Land y lo que falta todavía.
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
El domingo 23 de noviembre de 2025 se llevó a cabo la Barbie Run CDMX, un evento masivo con recorridos de 3, 5 y 10 kilómetros. Más que una carrera, aquello parecía otro país: un territorio rosado, luminoso, lleno de mujeres de todas las edades, cuerpos y estilos, todas unidas por un mismo código rosa.
Había faldas de tul, moños enormes, leotardos multicolores, trajes vaqueros rosas, mallas fosforescentes y glitter en el cabello y en la cara. Mujeres jóvenes y mayores, altas y bajas, morenas y blancas, delgadas y no delgadas. Una diversidad que no buscaba uniformarse, sino hacer visible la alegría de estar ahí sin necesidad de encajar en un molde. Y al mismo tiempo, un ambiente que se sentía vivo, libre, ligero.
Lo que más me sorprendió fue esa energía colectiva que surge cuando muchas mujeres coinciden en un mismo propósito. Ya lo he contado otras veces: ocurre en los conciertos, cuando una multitud vibra con la misma canción. Aquí sucedía con el deporte y con algo más difícil de nombrar: esa chispa que Barbie ha encendido por décadas en muchas de nosotras.
Y entonces pensé en la película.
La versión de 2023 dividió opiniones: entusiasmo, críticas, debates, incomodidades. Para unas fue un espejo; para otras, una exageración. Pero, más allá de la discusión, Barbie volvió a recordarnos algo que formaba parte de su ADN desde el inicio: la posibilidad de imaginar futuros que no conocíamos. De jugar a ser doctora, enfermera, abogada, arquitecta, maestra, patinadora, cantante, presidenta. De pensar que se podía ser -y hacer- algo distinto.
Pero ese catálogo de futuros siempre se ha topado con un mundo sobrecargado de exigencias. Lo que en la película se expresa en aquel monólogo inolvidable —no lo repito aquí, pero todas sabemos cuál es-: ese recuento implacable de contradicciones que vivimos desde niñas. Ser suficiente pero no demasiado. Ser fuerte pero no dura. Ser cuidadosa pero no obsesiva. Ser bonita pero no provocativa. Ser madre, pero también profesional, pero también paciente, pero también infalible. Ser todo, sin romperse nunca.
Un sistema que exige tanto y ofrece tan poco espacio para equivocarse.
En ese sentido, Barbieland —ese mundo donde las mujeres lo gobiernan todo- no es el objetivo. La vida real no necesita supremacías nuevas. Lo que buscamos es otra cosa: una igualdad que sea de verdad, sin dobles varas, sin culpas añadidas, sin tener que justificar quiénes somos o por qué elegimos lo que elegimos. Igualdad como trato justo, no como homogeneidad.
Por eso, estar ahí, rodeada de mujeres corriendo, brillando, riendo, existiendo sin permiso, fue más que una escena bonita. Fue un recordatorio de lo que ya estamos construyendo.
Un pequeño Barbie Land real: imperfecto, no completamente rosa, pero nuestro. Hecho de cuerpos distintos, ritmos distintos y ese impulso común de avanzar, de ocupar el espacio sin pedir disculpas.
Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

Medio de comunicación impreso que nació en 1988 y con el correr de los años se convirtió en un referente en la región de Tula del estado de Hidalgo. Se publica en formato PDF los miércoles y a diario la página web se alimenta con información de política, policíaca, deportes, sociales y toda aquella información de interés para la población.

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