*Hay canciones que no solo se escuchan: se viven, se recuerdan y nos reconstruyen.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Hay algo que me ronda desde hace tiempo: el misterio del placer que produce la música.

No cualquier música, sino esa que nos atraviesa sin permiso y se queda a vivir dentro. No creo que el gusto musical se hereda ni se aprende; simplemente ocurre. Un día escuchas una canción, y algo en ti se enciende. No sabes por qué, pero sabes que ya no vas a ser igual.

La música tiene ese poder de reconocernos antes de que nosotros mismos sepamos quiénes somos. Te gusta, la disfrutas, la sientes, la habitas. Te da consuelo en los días duros y euforia en los días luminosos. Te acompaña cuando no encuentras palabras y, de pronto, las notas dicen todo lo que tú no podías decir.

En mi caso fue Guns N’ Roses. Llegaron a mi vida por casualidad, cuando ya no estaban de moda, cuando parecían una banda del pasado. Los conocí a través de amigos —Jaime, Julio-, pero después los descubrí por mí misma, canción por canción. No fue una lección, fue un encuentro.

Con el tiempo entendí que no era la única. En el camino me he cruzado con muchas personas que sienten lo mismo: que vibran con el solo de Slash, que se conmueven con la voz de Axi, que guardan recuerdos marcados por una melodía que los hace volver a sí mismos. A veces ni siquiera nos conocemos, pero basta una mirada, una letra coreada al unísono, para saber que compartimos algo invisible pero profundo.

He estado en conciertos donde miles de personas cantan al mismo tiempo Sweet Child O’ Mine o November Rain, y lo que ocurre ahí es más que un espectáculo: es una comunión.

El sábado volví a vivirlo. Cuando suena ese solo de Slash en November Rain —largo, melódico, casi cinematográfico—, el tiempo se detiene. Es imposible no sentir que algo se expande adentro, que la música toca fibras que no sabías que estaban ahí.

Guns N’ Roses nació en Los Ángeles en 1985, y con su mezcla de rebeldía, virtuosismo y energía cruda, cambió la historia del rock. Su álbum Appetite for Destruction (1987) se convirtió en uno de los discos debut más vendidos de todos los tiempos, con más de 30 millones de copias. Canciones como Welcome to the Jungle, Paradise City y Sweet Child O’

Mine marcaron una era.

Han vendido más de 100 millones de discos en todo el mundo y fueron incluidos en el Rock and Roll Hall of Fame en 2012. La revista Rolling Stone los reconoce entre las 100 mejores bandas de todos los tiempos, y Sweet Child O’ Mine forma parte del listado de las 500 mejores canciones de la historia.

Pero más allá de los números, su permanencia tiene que ver con otra cosa: con la capacidad de emocionar, de hacer que quien los escuche se sienta vivo, libre, conectado con algo más grande.

Porque, en el fondo, escuchar una canción que amamos no es un acto de nostalgia, sino de reconocimiento. Es volver a lo que fuimos, a lo que somos y a lo que aún podemos ser.

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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