*Las joyas del Imperio
Claudia Patricia Rodriguez Dorantes
En la mañana del 19 de octubre de 2025, entraron al Museo del Louvre y sustrajeron varias joyas. Los ladrones subieron con ayuda de una grúa mecánica, forzaron una ventana, rompieron vitrinas y huyeron con un botín que parece sacado de una pelicula: las joyas napoleónicas de principios del siglo XIX.
El fiscal de París estimó que el costo de las piezas robadas supera los mil 880 millones de pesos, sin considerar su valor histórico o simbólico. Para dimensionarlo: esa cantidad equivale a cinco años completos del presupuesto de nuestro municipio de Tula, Hidalgo, incluyendo obras, servicios, nómina y programas sociales.
Entre los objetos sustraídos se encontraba la corona de la emperatriz Eugenia de Montijo, hallada después, dañada. Una pieza única, con 1,353 diamantes y 56 esmeraldas, testigo de una historia de brillo, política y exilio.
A reserva de conocer los detalles del robo — que supera la ficción-, me gustaría detenerme un momento en quién fue Eugenia de Montijo, la mujer detrás de esa corona. Justo el sábado, releía su historia en Reinas Malditas, de Cristina Morató.
Eugenia de Montijo nació en Granada, España, en 1826. Hija de una familia noble y cosmopolita, fue educada en Francia e Inglaterra, en una época en la que pocas mujeres podían aspirar a una formación internacional. Su padre fue considerado “afrancesado” por su admiración al pensamiento napoleónico, algo mal visto en la España de entonces.
Tras la muerte de su padre, Eugenia creció junto a su madre y su hermana, quienes —entre viajes y deudas— se integraron a los círculos más altos de la sociedad parisina. Fue así como conoció a Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del célebre Napoleón I, quien en 1848 fue elegido presidente de la Segunda República Francesa.
En 1851, al no poder reelegirse, Napoleón dio un golpe de Estado y al año siguiente se proclamó Emperador de los Franceses, instaurando el Segundo Imperio Francés. Al poco tiempo, se casó con Eugenia —catorce años menor que él—, quien se convertiría en la última emperatriz de Francia.
A pesar de su elegancia y popularidad, Eugenia fue vista por muchos franceses como una extranjera ambiciosa. Le decían despectivamente la española, y la acusaban de superficial, del mismo modo en que siglos antes se había señalado a María Antonieta. Sin embargo, su influencia fue profunda: fue regente del imperio en tres ocasiones, cuando Napoleón III se ausentó del país, y tuvo una participación activa en la vida política y cultural.
Desde su papel de emperatriz, impulsó la alta costura francesa, apoyando al diseñador Charles Frederick Worth, considerado el primer modisto moderno. Su gusto definió la moda de toda una era. También promovió la educación femenina y obras de caridad; fundó hospitales y escuelas, incluyendo programas para mujeres trabajadoras y reclusas. No hay registro formal de que haya impulsado el voto femenino, pero sí es cierto que defendió la instrucción y la independencia económica de las mujeres, algo inusual para su tiempo.
Eugenia fue amiga de la Reina Victoria de Inglaterra, y su círculo de amistades se extendió por toda Europa. Su influencia también llegó a América: tuvo simpatías con el proyecto del Segundo Imperio Mexicano, encabezado por Maximiliano de Habsburgo y Carlota, con quienes compartía afinidades religiosas y familiares lejanas. Francia, bajo Napoleón III, buscó instaurar en México un imperio católico y aliado de Europa, una aventura que
terminaría en tragedia.
El Segundo Imperio Francés cayó en 1870, tras la derrota de Francia frente a Prusia. Napoleón III fue capturado y Eugenia escapó al exilio en Inglaterra. Su único hijo, el príncipe imperial Napoleón Eugenio Luis, murió años después en combate en Sudáfrica, lo que marcó para ella el final de su linaje y de su historia pública. Murió en 1920, en Madrid, anciana y sola, mucho tiempo después de haber perdido su corona, su esposo y a su hijo.
La corona dañada, hallada entre los escombros tras la huida de los ladrones y ya de regreso en el Louvre, se convirtió en una metáfora del esplendor y la caída de una época: la de un imperio que creyó en el brillo perpetuo y terminó en el exilio. Quizá por eso nos sigue fascinando, porque las joyas —como la historia – siempre encuentran la forma de volver a brillar, aunque sea desde sus ruinas.
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