¿Y tú cómo viviste el 19 de septiembre de 2017?
2a parte.
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
En la primera parte conté cómo el sismo me sorprendió en la oficina, en pleno quinto piso de un edificio en la calle de Hamburgo. Bajamos corriendo por las escaleras, el polvo cubría el Centro, los helicópteros sobrevolaban y las redes sociales empezaban a llenarse de imágenes que parecían irreales. Entre el caos, lo único que pensé fue en salir, caminar hacia
Reforma y buscar un espacio abierto donde sentirme a salvo.
Estábamos parados frente al St. Regis, a un costado de la Diana. Reforma, tan amplia y luminosa en otros días, se había convertido en un río de autos apagados y cuerpos inmóviles. Las sirenas se escuchaban, pero no avanzaban: atrapadas, como nosotros, en medio de la parálisis.
De pronto, algo insólito ocurrió: entre peatones y conductores comenzamos a levantar los coches a mano limpia para despejar la avenida. Hoy me parece inverosímil, pero en ese instante era la única lógica posible. Un impulso colectivo, casi animal, que nos empujaba a abrir un camino entre el caos.
La noticia corría de boca en boca: había edificios derrumbados. Alguien señaló el St. Regis con temor, como si pudiera venirse abajo sobre nosotros. Recordé la nota que había leído esa misma mañana: los edificios no caen como fichas de dominó. Traté de explicarlo, pero mis palabras no alcanzaban a convencer ni a convencerme.
Pasamos lista con nuestras familias. El teléfono se volvió una línea de vida. Sólo Jéssica tardó en dar con su mamá, y cada segundo sin respuesta parecía una eternidad. Cuando finalmente lo logró, respiramos todos un poco más tranquilos.
El sol empezaba a filtrarse entre la nube de polvo, y poco a poco la avenida volvió a latir: los motores encendieron, las ambulancias avanzaron a vuelta de rueda, y nosotros emprendimos el camino a pie.
Me quité los tacones; avancé descalza sobre el asfalto, recogiendo polvo y vidrios a cada paso. Al regresar al edificio donde trabajábamos, la entrada estaba destrozada. Vidrios rotos, puertas torcidas. Quisimos subir por las llaves, por lo esencial, por un pedazo de normalidad. Dudé, pero Brenda insistió en ayudarme. La vi desaparecer escaleras arriba y sentí que el tiempo se detenía. En esos minutos eternos pensé lo peor… hasta que apareció de nuevo, con mi bolsa verde, mis llaves y mis zapatos bajos.
Decidimos ir a mi departamento. Los coches se quedaron atrás, olvidados en el estacionamiento. Caminábamos entre multitudes, como si la ciudad hubiera cambiado de piel: ya no éramos oficinistas, conductores o transeúntes; éramos un río de personas avanzando sin rumbo claro.
De nuevo las imágenes de Ensayo sobre la Ceguera, de Saramago.
En el trayecto, la duda se instaló como una sombra: ¿y mi colonia? ¿y mi edificio? ¿y mi perrita Leia? La vi en mi mente, sola, asustada, quizá atrapada bajo los escombros. El nudo en la garganta me impidió hablar.
Ese 19 de septiembre no solo se movió la tierra: también se rompió la ilusión de que nuestra rutina diaria estaba a salvo.
Continuará…
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