¿Y tú cómo viviste el 19 de septiembre de 2017?

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

La mañana del 19 de septiembre de 2017 comenzó como tantas otras. Desde que tengo memoria, mi rutina matutina incluye revisar las noticias. Ese día, como era de esperarse, se recordaban las escenas de 1985: edificios colapsados, polvo en el aire, el miedo incrustado en la memoria colectiva de la ciudad. También había artículos que explicaban los distintos tipos de sismos —oscilatorios, cuando el movimiento es de un lado a otro, y trepidatorios, cuando el suelo parece sacudirse con saltos bruscos—. Incluso recuerdo haber leído una nota curiosa que explicaba por qué los edificios nunca caen “hacia adelante”, como si fueran fichas de dominó.

Ya en la oficina tocó el simulacro. Como cada año, me parecía más un trámite que una medida útil; lo vivía sin miedo, casi con fastidio, como una pérdida de tiempo. Incluso notaba que algunas personas, sobre todo adultos mayores, se asustaban más de lo “normal”. Yo no. Equivocadamente pensaba que los temblores eran lejanos, improbables, parte de un pasado que ya había quedado atrás.

Un par de horas después estaba en mi escritorio junto con Jéssica, una compañera. De pronto, sentí cómo el escritorio se movía. No sólo se mecía: parecía dar pequeños brincos. Era un sismo trepidatorio. “¡Jéssica, está temblando!”, le grité.

Llevaba unos tacones muy altos y por un segundo pensé en cambiármelos para bajar las escaleras, pero el movimiento era tan fuerte que decidí salir así. Estábamos en el quinto piso. Todos corrían. Recuerdo a los compañeros saliendo apresurados del baño, aún vistiéndose. En el último tramo de las escaleras se me cayó el celular. Dudé entre recogerlo o dejarlo ahí, pero pensé en mi familia: si no sabían de mí, la angustia sería insoportable. Lo recogí y seguí corriendo.

Ya en la planta baja, sobre la calle Hamburgo, la escena era desconcertante. En dirección al Centro todo estaba cubierto de polvo, como una nube espesa que no dejaba ver mucho. Era como la “humareda” de las imágenes del 11 de septiembre en Nueva York. El edificio frente a nosotros se balanceaba como si fuera de papel.

No sabía qué hacer. Nunca me había tomado en serio un simulacro y ahora estaba en medio de una realidad que no sabía cómo enfrentar. Decidí que debíamos caminar hacia Reforma. Mi papá siempre decía que en los momentos de peligro había que ubicarse en lugares abiertos, visibles. Pensé que allí, en la avenida más amplia de la ciudad, estaríamos más seguros.

En el trayecto comprendí que TODOS estábamos igual. Nadie era líder, nadie sabía a dónde dirigirse. Recordé entonces Ensayo sobre la ceguera, de Saramago: multitudes caminando sin entender qué pasaba, avanzando a tientas, cada uno en su propia confusión.

El olor a gas empezó a impregnar las calles. A lo lejos, hacia Chapultepec, se levantaban columnas de humo y pequeños incendios. Helicópteros sobrevolaban la ciudad mientras las redes sociales se inundaban de fotos y mensajes. Mi hermano me llamó y permaneció en la línea conmigo varios minutos, sin colgar, como si al escucharme pudiera no perderme de vista.

Cuando llegamos a la glorieta de la Diana, la escena era surrealista: los coches estaban detenidos, inmóviles, como si también se hubieran quedado ciegos en medio del tráfico. Después supe que alguien había pasado la indicación, de voz en voz, de apagar los autos ante las fugas de gas. Una medida sensata, pero que al mismo tiempo impedía que las ambulancias avanzaran entre las calles atascadas. Las sirenas sonaban, pero se quedaban atrapadas en la inmovilidad.

Continuará… 

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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