*Hoy desperté y era 3 de septiembre de 1980.
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
Hoy desperté buscando mi celular. Extendí la mano al buró, pero en lugar de la pantalla luminosa encontré un teléfono beige, de disco giratorio. Me sobresalté, y al girar la vista vi un calendario de libreta abrochado con un broche baco: miércoles 3 de septiembre de 1980.
No tuve tiempo de preguntarme por qué buscaba un aparato inexistente. Ya eran las 7:30 y debía llegar a la oficina.
En la regadera, un champú de manzanilla Vanart me envolvió en espuma. La ropa me esperaba colgada: pantalones acampanados azul marino y blusa blanca satinada con un lazo al cuello. Frente al espejo, reconocí unas arrugas incipientes en los ojos y en la comisura de los labios. Me acomodé el cabello con volumen en la parte superior y raya al centro, como dictaba la moda.
El sótano me recibió con mi Datsun beige, impecable, asientos de vinil que olían a nuevo. Al encenderlo, la radio sintonizó sola Éxitos 790 AM: la voz desgarrada de Amanda Miguel me anunció que “él me mintió”. Sobre Insurgentes, los autos metálicos despedían humo espeso. Un voceador agitaba los periódicos: “¡Excélsior, El Universal, Novedades!”. Todos llevaban la misma portada: José López Portillo, rodeado de multitudes en San Lázaro. Las letras en tinta gruesa repetían sus palabras: “Defenderé el peso como un perro”. Y detrás de todo, la promesa infinita del petróleo como abundancia.
En la Secretaría de Programación y Presupuesto me recibieron con un “buenos días, señorita”. La sonrisa era cortés, pero detrás escuché el murmullo ineludible: “ya tiene cuarenta y sigue sola”. Las palabras no dolían, confirmaban un destino que otros habían decidido por mí.
Por la tarde, me refugié con mis amigas, Claudia e Ixhel, en un café de chinos: mesas de fórmica, manteles de plástico y salsa de soya en botellitas pegajosas. Pedimos café con leche, arroz frito y pan dulce. El ruido de platos y voces se mezclaba con la certeza de que algo en ese mundo no terminaba de encajar.
Al llegar a casa, encendí la televisión. Colorina desbordaba lágrimas: Lucía Méndez sufría por amar fuera del molde. En los cortes comerciales, las lavadoras prometían que la felicidad femenina cabía en la cocina.
Me quedé dormida y entonces lo vi: en Palacio Nacional no estaba López Portillo, sino una presidenta. Una mujer con banda tricolor, voz firme y gesto sereno. Los periódicos, de pronto, eran del 3 de septiembre de 2025. Sus titulares repetían: “Vamos bien y vamos a ir mejor”.
Ya no sonaban las baladas dolientes, sino canciones de fuerza: “puedo comprarme flores, escribir mi nombre en la arena, hablar conmigo misma por horas…”. Ya no era “la señorita quedada”, sino una mujer empoderada. Las arrugas se habían borrado con bótox y Radiesse.
Y lo más extraño era que algunas cosas habían cambiado demasiado: el poder judicial se elegía por voto popular. Mientras que otras parecían inmutables: el petróleo seguía siendo un pilar de riqueza, el partido hegemónico, con diferente color, conservaba muchos rostros de siempre, sólo con unos años más. Y en un canal de clásicos, Colorina seguía transmitiéndose como si el tiempo fuera un espejo repetido.
Desperté sin certeza de en qué año estaba. Afuera, los periódicos hablaban de los pobres, adentro la televisión repetía promesas. El teléfono podía ser de disco o un celular brillante, y el poder podía llevar corbata o blusa satinada. Todo parecía distinto y, al mismo tiempo, igual.
Me miré al espejo y sonreí con incredulidad. El país —como yo— se debatía entre lo que permanece y lo que cambia. Y entonces me pregunté: ¿será que estoy soñando con el pasado, o que el presente es un sueño del que todavía no despertamos?
Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com. *NI*
